viernes, 9 de enero de 2026

Las arenas de Marte - Arthur C.Clarke

Título: Las arenas de Marte
Autor: Arthur C. Clarke
 
Páginas: 416
 
Editorial: Edhasa
 
Precio: 14,90 euros 
 
Año de edición: 2013

El gran Arthur C. Clarke publicó Las arenas de Marte, una de sus primeras novelas, en el año 1951. En aquel tiempo los viajes interplanetarios eran efectivamente cosa de ciencia ficción; en la actualidad, son una realidad: se ha llegado a Marte, se están explorando los límites del sistema solar y los cacharros espaciales llegan cada vez más lejos. Aunque lo que conocemos es una minucia en relación con lo que ignoramos. Así que sigue existiendo un terreno inmenso para la fantasía, corregida por la divulgación científica. 

Arthur C. Clarke fue un maestro de la ciencia ficción. Sus novelas siguen tan lozanas y entretenidas como cuando fueron escritas. El Marte descubierto no es exactamente igual al Marte imaginado por Clarke. Pero esto no le resta ningún interés al libro. Al contrario, este futuro alternativo, no real, pero tampoco absurdo, es uno de de los mayores encantos de esta novela. La ciencia ficción es ante todo literatura. Puede ser precursora y acabará siendo superada por la realidad, pero si es buena nunca resultará ridícula. El sabor añejo, como a los buenos vinos, le añade valor. La ciencia ficción habla en el fondo de las pasiones humanas, que no cambian, vayan las personas a pie, en burro o en cohetes supersónicos. 

Estamos a fines del siglo XX. Los hombres han comenzado a explorar el espacio. Avanza la colonización del cosmos. Las luces de las primeras ciudades ya brillan en la Luna. Un cohete propulsado por energía atómica, el Ares, navega hacia Marte. Su tripulación está formada por individuos inteligentes con una gran formación científica. Se encuentra entre ellos un viajero inesperado. Gibson es un escritor de novelas de ciencia ficción. Después de veinte años especulando con la pluma se atreve a dar el salto al espacio. El flamante reportero galáctico quiere escribir una serie de reportajes sobre los inicios de la colonización de Marte.

La novela ironiza sobre la experiencia de un escritor que únicamente conocía de manera teórica el espacio. Ahora está como pez fuera del agua inmerso en las rutinas de una nave. Consigue aclimatarse poco a poco. Las relaciones con sus compañeros se van haciendo más íntimas. Gibson tiene dudas sobre su carrera literaria: las novelas que ha escrito son obsoletas, sus conocimientos científicos flaquean, en el pasado sufrió un desengaño amoroso que no ha conseguido superar. Es un tipo solitario. 

Llegan a Marte. La novela se muestra más dinámica y aventurera en esta segunda parte. Clarke describe la colonización del planeta rojo, formado por una sucesión fantasmal de tierras calcinadas no exentas de una desolada belleza. Por los alucinantes desiertos marcianos sopla un viento frío y muerto. Los cauces secos de antiguos ríos permiten adivinar que hace mucho allí existió agua, quizá incluso vida inteligente. Sobreviven extrañas plantas alienígenas. No se parecen en nada a las terrestres. Son verdes por casualidad, no hacen la fotosíntesis y se abren y cierran tímidamente. Grandes árboles petrificados, pero aún vivos, se yerguen aquí y allá (un misterio). Este es el panorama marciano: completamente ajeno, cuando no hostil al hombre. 

Pero los hombres han legado para quedarse. En Marte viven unos 2000 seres humanos. Sus asentamientos se podrían considerar ciudades de manera optimista. Se trata de enormes cúpulas de plástico transparente en las que se reproduce la atmósfera terrestre. Los pioneros del nuevo mundo trabajan protegidos dentro de esa especie de invernaderos. Van olvidando la Tierra que dejaron atrás. Quieren conocer su nuevo hogar para poder dominarlo y hacerlo habitable a escala humana. Gibson se entrevista con las fuerzas vivas de la colonia, se atreve a salir de la cúpula, manda sus crónicas, investiga, viaja a un observatorio astronómico situado en la nada y va convirtiéndose en un habitante más de Marte. La tierra queda muy lejos. Otro mundo alborea. De hecho, ya existe una nueva generación de marcianitos que desconoce el planeta originario de sus padres.

Las arenas de Marte es una magnífica novela de ciencia ficción atravesada por un misterio que ira desvelándose. Clarke plantea cuestiones interesantes, más allá de una trama que a veces se nos antoja un poco lenta (demasiadas páginas: más de 400). ¿En qué punto una colonia deja de ser una prolongación más o menos artificial del viejo mundo para transformarse en algo nuevo y genuino? ¿Es siempre capaz el hombre de superar los obstáculos de la naturaleza gracias a su ingenio técnico? ¿Por qué los hombres experimentan una reverencia casi religiosa ante la magnificencia de la naturaleza no comprendida? ¿Es lo mismo vivir una aventura que contarla? ¿Cómo debe organizarse una nueva sociedad que está naciendo? ¿Es posible empezar a vivir de nuevo en un mundo totalmente distinto, como si fuéramos el injerto de una planta? En fin, la lectura de la novela puede sugerir preguntas de esta naturaleza. Así que merece la pena disfrutar con Arthur C. Clarke 

Arthur C. Clarke

Arthur C. Clarke (1917-2008) fue un escritor y científico británico nacido en Minehead, condado de Somerset. Arthur estaba apasionado por la astronomía desde pequeño: con un telescopio casero consiguió dibujar un mapa de la Luna. Durante la Segunda Guerra Mundial sirvió en la RAF como especialista en radares. En 1945 publicó un famoso artículo que sentó las bases de los satélites artificiales, lo que le trajo honores, prebendas y sinecuras. Se graduó con nota en matemáticas y física en el King's College de Londres

Muy pronto comenzó a escribir novelas y cuentos que le convirtieron en un escritor conocido y reconocido en todo el mundo. Algunos títulos: Las arenas de Marte, El fin de la infancia, La ciudad y las estrellas, Cita con Rama o Cánticos de la lejana Tierra. Su cuento El centinela inspiró la gran película 2001: una odisea del espacio (1968) de Stanley Kubrick. Clarke escribió también ensayos de divulgación científica. Desde 1956 vivía en Sri Lanka y allí falleció con 90 años. Tercera ley de Clarke: «Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia». 

Publicado por Alberto. 

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