sábado, 6 de marzo de 2021

Antes del paraíso - Pedro Ugarte

  

Pedro Ugarte

Antes del paraíso

«No me reprocho no haberle querido lo bastante.

Me reprocho no haberle comprendido».

Jules Renard

 

Mi padre era católico e iba siempre a misa. Mi madre no iba mucho. Eso no quiere decir que ella no fuera católica. Tampoco quiere decir que sí lo fuera: bueno, estoy seguro de que el solo hecho de preguntárselo la pondría muy nerviosa.

En realidad, era mi padre el que mantenía vivo aquello en nuestra casa. Él era, de alguna forma, el encargado: de niños, nos acostaba por las noches y rezaba con nosotros, nos llevaba a misa los domingos y también, por Navidad, antes de la cena, nos ponía a rezar una oración delante de las figuras del belén. Sí, él se ocupaba. Mi madre se limitaba a oír su voz («Vamos a rezar») y a seguirlo dócilmente, con la inercia de esas cosas que se hacen sin ninguna resistencia, pero también sin ninguna convicción.

El dios personal. Esa era la expresión que Ramón nos había enseñado en clase; Ramón o, por mejor decir, el cura. Ahora los curas son así: jóvenes, malhablados; visten chamarra, vaqueros, deportivas. Hablan de un dios personal como si la alternativa fuera un dios impersonal. No se sabe, nadie sabe, exactamente, qué pretenden. Son tan inconcretos que no solo no parecen curas, sino que te enteras de que lo son por accidente, a mediados de curso. Esos curas modernos, cuando llegaba la adolescencia, se encargaban de la clase de religión. Intentaban parecer más jóvenes de lo que eran, tan jóvenes como nosotros, y en clase acometían el tema de la religión con tantos reparos, tanto pudor, tanta autocrítica, que acababan desembocando, sin que supiéramos muy bien cómo, en aquella cantinela del dios personal. Era inevitable concluir que esa cosa no existe.

–Papá, yo no creo en un dios personal.

Llegó un día en que creí que debía decirle aquello a mi padre, cara a cara. Fui al estudio donde escribía y le solté la frase, aquella frase que casi se parecía a las frases que decía Ramón. Yo sabía que, si Ramón me hubiera oído, casi me habría felicitado, pero a mí no me importaba la opinión de aquel cura en vaqueros: a mí me importaba la opinión de mi padre.

Cuando lo dije creí que él iba a abofetearme, a insultarme o a castigarme sin salir. De hecho, yo estaba preparado para que ocurriera cualquiera de esas cosas. Pero todo fue mucho más fácil, asombrosamente fácil. Mi padre me miró con detenimiento, como examinando cada uno de los rasgos de mi cara, como buscándose a sí mismo en el fondo de mis ojos. Entonces me abrazó. Me pareció que, más que escandalizado, él ya estaba esperando escuchar algo así. Quizás se había preparado desde hacía mucho tiempo; sí, quizás había preparado aquella escena tanto o más que yo.

Después de abrazarme, mi padre me dio un beso en la mejilla. Me dijo que pensara lo que quisiera, que yo tenía derecho a pensar lo que quisiera. También me dijo que rezaría por mí. A partir de entonces decidió ir a misa todos los días. Yo lo conocía y sabía por qué lo hacía. Cuando dijo que rezaría por mí no estaba bromeando: ahora iba a misa cada día para rezar por mí, para pedir a Dios que yo volviera a creer en Él, en el dios personal, el dios del que hablaba Ramón y que, de algún modo, también era el de mi padre, aunque él nunca lo llamaría dios personal, aunque él, de haber conocido a Ramón, le habría cruzado la cara por llenarnos la cabeza con tonterías.

Mi padre mantuvo su nueva costumbre de la misa diaria durante unas cuantas semanas. Luego se cansó y se limitó a ir los domingos, pero ya nunca volvió a pedirme que lo acompañara a la iglesia.

***

Mi padre y mi madre trabajaban muy duro, pero el fin de semana bebían, bebían hasta perder el sentido. Creo que no podría decirse de otro modo. Seguro que no les habría gustado que yo hablara de todo esto; les parecería injusto e innecesario. Pero decir que bebían demasiado era la verdad, o al menos parte de ella.

Todos los días, mi padre iba a la universidad. Se pasaba el día entero, en un campus del extrarradio, atado a un trabajo de oficinista que, por muchos años que pasaran, nunca dejó de ser eventual. No sé si le espantaba o le gustaba, porque a veces regresaba muy contento y a veces con una sombra de tristeza que oscurecía su frente inclinada. Por las noches, sobreponiéndose al agotamiento que había dejado una larga jornada de trabajo, nos preparaba la cena, cruzaba algunas frases con mi madre, nos acostaba y después se encerraba en su estudio y se ponía a escribir.

Mi madre también iba a la universidad, a una universidad distinta. Trabajaba solo por las mañanas. Pasaba las tardes con nuestra abuela, a bastantes kilómetros de casa. La abuela llevaba años postrada en la cama, con esa obstinación de la gente que no tiene ganas de vivir pero que parece dispuesta a no morirse nunca. Mi madre volvía a casa después de un largo viaje en metro y entonces, agotada, cuando ya era de noche, intentaba ayudarnos con los deberes. Yo creo que mi madre se sentía culpable de algo. Tendrían que pasar algunos años hasta que me diera cuenta de que todas las personas se sienten culpables de algo, de algo que solo ellas conocen, de algo que nunca dirán a nadie, quizás ni siquiera a sí mismas.

***

A mi padre, a mi madre, les faltaba alguna cosa. A lo mejor alguna cosa no iba exactamente bien, o a lo mejor iba bien, pero no tan bien como debía. Si a lo largo de la semana la nuestra era una familia organizada, los días de fiesta se producía una transformación: mis padres, que salían bastante poco, empezaban a beber. Cuando éramos pequeños, mi hermana y yo nos quedábamos jugando en nuestro cuarto, pero iban pasando las horas y nadie nos llamaba para cenar. De repente nos dábamos cuenta de que se había hecho muy tarde, teníamos hambre y no sabíamos qué hacer. El pasillo oscuro era un túnel que daba miedo. En el otro extremo, un punto de luz surgía de la sala. Era la luz parpadeante e irreal de los televisores, que envían fantasmas imaginarios por los pasillos oscuros de las casas, fantasmas que susurran con voces inconcretas, extraídas de películas antiguas o de canales prohibidos y nocturnos. Asustados, llamábamos en voz alta a nuestros padres, pero ellos no venían. Después de reunir valor, emprendíamos la marcha en su busca, mi hermana y yo, cogidos de la mano, gimoteando, atravesando aquel pasillo interminable, lleno de huecos negros y fantasmas. Y allá los encontrábamos, en el salón, tirado cada uno en un sofá, profundamente ausentes, silenciosamente aletargados.

Cuando me hice mayor llegué a la conclusión de que quedarse dormido es la forma más gentil, más honorable, de concluir una borrachera. No, ellos nunca incumplieron sus obligaciones diarias, pero creo que lo lograban gracias a la expectativa de que, allá donde la semana termina, les esperaba un refugio doméstico y tranquilo, un lugar en el que emborracharse metódicamente, premeditadamente, hasta olvidarlo todo. Nunca rompían nada, nunca se insultaban en voz alta, nunca uno de ellos salió dando un portazo. Ni se arañaban, ni se pegaban, ni se agredían. Yo creo que habían aprendido a hacerse daño en silencio.

***

Las obsesiones de mi padre. Si ibas a meter en la bolsa de basura algún envase vacío, antes debías llenarlo de más basura para aprovechar bien el espacio. Mi madre decía que aquello era ridículo. A veces discutían por cosas como esa: el uso de las bolsas de basura, el nivel del termostato, las funciones del horno o el microondas. Mi padre insistía en rellenar los envases antes de tirarlos. Mi madre se empeñaba en tirarlos aunque estuvieran vacíos. Nadie levantaba la voz, pero en esos momentos el ambiente en la cocina se volvía trémulo, convulso, electrizante. A mí me hubiera gustado tirar el envase a la basura vacío y lleno al mismo tiempo.

***

Mi padre escribía por las noches, pero arrastraba un lastre invisible que le impedía convertirse en escritor. No, no era escritor, aunque en casa pasara la mayor parte del tiempo leyendo y escribiendo. Se atareaba construyendo edificios de palabras o visitando los edificios que otros habían construido antes que él, unos años antes que él o muchos siglos antes que él. Y de aquellas laboriosas travesías, que emprendía a lo largo de la semana, descansaba también los días de fiesta, bebiendo en el salón, junto a mi madre, hasta caer rendido.

Cuando me convertí en adolescente, empecé a sentir curiosidad por las largas reclusiones de mi padre. A veces entraba en su despacho y lo veía sentado, de espaldas a la puerta, percutiendo furiosamente sobre el teclado del ordenador. Solo por la convicción con que lo hacía alguien podría imaginar, erróneamente, que allá se ventilaba algo importante.

Un día me sintió, sintió que habían entrado en su pequeño reino de palabras. Dejó de teclear y, sin darse la vuelta, sabiendo que yo estaba allí, pronunció lo siguiente:

–Llevo treinta años con esto, Jorge. Siempre escribo lo mismo, siempre son las mismas historias y siempre las escribo del mismo modo. Hubo un tiempo en que creí que tanto trabajo serviría para algo, pero no ha pasado nada, nunca ha pasado nada. Con suerte, me quedan veinte años por delante, veinte años más para escribir lo mismo, escribir las mismas historias, escribirlas del mismo modo. Ya no hay ni miedo ni esperanza: sé que no pasará nada bueno, pero al menos sé también que nada malo pasará por escribirlas.

***

Las obsesiones de mi padre. Que no comiera en su despacho, y menos aún en su mesa de trabajo, sobre el teclado del ordenador. Eso era lo que más le encolerizaba. En el planeta podía haber corrimientos de tierras, inundaciones, maremotos, epidemias, pero si mi padre veía una sola miga de pan sobre su mesa era capaz de crucificarme con la mirada y castigarme después. Cuando él estaba en el trabajo, yo utilizaba su ordenador, allí hacía los deberes o me distraía con juegos, pero también merendaba sobre la mesa. Y aunque luego trataba, con sumo cuidado, de limpiarlo todo, siempre quedaba alguna miga delatora, una miga microscópica, imperceptible, que en su diminuta blandura yo no había detectado, pero que más tarde mi padre localizaba, al percibir bajo el antebrazo una bola pequeña y endurecida.

Y se enfadaba.

***

Mi padre y mi madre nunca iban juntos a la cama. Era como si el ritmo de sus vidas lo marcaran relojes distintos y, ante las cosas que uno hiciera, el otro reaccionara a destiempo.

En los días laborables, mi padre escribía de madrugada, pero qué podía hacer. Era el momento que arrancaba a la vida para ocuparse de sus cosas. Y al mismo tiempo, mi madre, en la sala de estar, se iba quedando dormida, acunada por el rumor narcótico de la televisión, un artefacto atiborrado de productos iguales y previsibles: teleseries, telefilmes, teletiendas. Cuando ya era muy tarde, ella se despertaba, se levantaba y caminaba por el pasillo, tropezando, hasta el dormitorio.

Mi padre también leía en sus vigilias nocturnas, pero solía estar tan cansado que al día siguiente no se acordaba de nada. Yo jamás lo hubiera sospechado hasta que una vez, cuando ya había cumplido catorce o quince años, me habló de aquella íntima tragedia:

–No me acuerdo de nada, ¿sabes, Jorge? Es terrible. Ayer leí durante más de una hora y no me acuerdo de nada.

Sentí pena por él, esa pena que sienten los hijos, como la punción de un afilado acero, cuando ya han pasado unos años y las derrotas de sus padres se vuelven imposibles de ocultar. Cuando dijo aquello su voz asomó algo quebrada, conteniendo en la garganta una marea de líquido que pugnaba por salir. Años después, cuando era yo el que volvía a casa de madrugada, encontraba a mi padre dormido en su sofá, con un libro abierto sobre el pecho, y me lo imaginaba en las horas precedentes, intentando leer, parpadeando, cabeceando, luchando contra el sueño, contra el tiempo, contra todo.

***

Mi madre se parecía en esto a las anfitrionas señoriales de otro tiempo: le gustaba ver su casa llena de gente, agasajar a decenas de invitados con manjares exquisitos. Organizaba varias veces al año cenas espectaculares, que empezaba a preparar con días de antelación y sobre las que concentraba enormes esfuerzos de intendencia. Yo sabía que esa noche mis padres beberían como siempre, pero que al menos lo harían en compañía de más gente, lo cual borraría la sordidez de las otras veces. Antes se sucedían las compras en el supermercado y en la carnicería, o la consulta por internet en busca de fantásticas recetas: ella asumía el desafío de superarse y sorprender, una vez más, con nuevos platos a viejos invitados.

Mi padre aceptaba aquellas reuniones porque a menudo los agasajados eran sus propios amigos. Cuando llegaban, la casa experimentaba una detonación de voces altisonantes, risas compulsivas, espasmódicas reacciones en cadena y bromas que seguramente llevaban veinte o treinta años repitiendo, al tiempo que revivían, en charlas interminables, historias narradas, escuchadas, aplaudidas, jaleadas infinidad de veces a lo largo de los años, historias que rescataban viejas aventuras: aquellas borracheras, aquellos estropicios, aquellas novias perdidas, aquel amigo muerto. Entonces se hacía el silencio.

Las cenas en casa de mis padres eran expediciones más allá de las montañas, un viaje a lejanos continentes, una larga marcha hacia el pasado. La velada se prolongaba en los sofás, con copas que se llenaban y se vaciaban a velocidad de vértigo mientras ellos seguían hablando y derivaban, ahora, a recurrentes discusiones de política o de sexo, de historia o de religión. Las discusiones acababan, de puro agotamiento, a las cuatro o las cinco de la mañana. El ambiente se relajaba, alguien hacía un comentario melancólico, alguien mencionaba a aquel amigo muerto. Entonces, de nuevo, se hacía el silencio.

Y todo el mundo, exhausto, se iba a casa.

***

Las obsesiones de mi padre. El viernes por la tarde, cuando él consideraba que ya había cumplido con su duro trabajo y sus deberes familiares, bajaba al supermercado y compraba alcohol para el fin de semana. Compraba alcohol en grandes cantidades. Cuidaba de que no quedara estación del día sin su correspondiente dosis: vermú para la mañana, vino para la comida, licor para la sobremesa, más vino para la cena, ron y ginebra para la noche.

Venía del súper con su ingente cargamento y siempre lo acompañaba de otra cosa, algún producto insignificante que había comprado invadido por la culpa y que servía, en la censora cola del supermercado, para certificar su condición de padre de familia y acompañar aquella exposición de vidrios de distintos colores con algún aditamento alimenticio. Así, podía traer media docena de manzanas, o un paquete de espaguetis, o unos cuantos yogures.

–Te da vergüenza –le decía mi madre, con más sorna de la debida, mientras él sacaba de las bolsas, en silencio, todas las botellas que juntos, rabiosamente, beberían después.

***

Hace años que mis padres han muerto. Me cuesta traer a la memoria el color de su mirada, su modo de moverse o de llamarme. Hay gente que asegura acordarse del pasado y de aquellas personas que en él quedaron varadas para siempre. A mí no me parece tan fácil. Los rostros de mis padres se van desfigurando poco a poco. Las fotografías, si sirven para algo, debería ser para fijar la imagen de las personas que amaste y que ya no están aquí, pero en ellas anida una traición, como si fueran una muleta documental, un burocrático instrumento. Además, mi padre diría que, para saber algo de él, cualquiera de sus historias sería más importante que una fotografía, una grabación o una película. Por eso me esfuerzo en conservar, al margen de las fotos, el recuerdo de mis padres, porque ese recuerdo, por vago que sea, sí me pertenece. Ellos viven en mi memoria del mismo modo que viven en la sangre que les debo. Mi hermana y yo somos su verdadero legado. Lo más real que existe de ellos no son esas fotos, ni siquiera todos aquellos cuentos que construyó mi padre, infatigablemente, de madrugada, hasta que las fuerzas le faltaron: lo que de verdad queda de ellos somos mi hermana y yo.

Ahora he aprendido a quererlos tanto como ellos me quisieron. Eso tiene que ver con una de las frases favoritas de mi padre: cuando yo le desobedecía, o cuando hacía algo que no le gustaba, él siempre recurría a la misma sentencia, esa frase de cristiano que primero busca agrandar la culpa y persigue después la redención: «cuando me muera, solo cuando me muera, Jorge, me querrás tanto como ahora te quiero yo». Las frases de mi padre eran así de conmovedoras. O así de teatrales, quién sabe.

Espero que exista algún lugar donde mi padre y mi madre sigan bebiendo juntos, un lugar donde consigan amarse con algo menos de torpeza. Espero que ahora mismo se dirijan, tambaleándose, hacia algún tálamo celeste donde librarse del cansancio que cargaron a lo largo de esta vida. Espero que reproduzcan allá su admirable forma de beber, pacífica y cortés, que nunca intentó perturbar el orden divino.

–Los hombres rechazan a Dios recurriendo a argumentos racionales –decía mi padre–, pero lo que de verdad les anima es una vulgar superstición: la existencia de un lugar mejor les parece imposible porque eso sería demasiado bueno. Opinan que no puede haber nada mejor que esta miseria. ¿Te das cuenta? Se dicen racionales, pero solo son pesimistas.

Sin embargo hubo un día, cuando yo ya había decidido hablar con él de igual a igual, en que me atreví a contradecir sus ingeniosas paradojas:

–Y si es de esa manera, si crees tan firmemente, ¿por qué bebes así?

Los hijos arrastran en la conciencia una porción onerosa de sus padres, y los padres asumen una carga parecida, allá donde nada se ve. Los padres sostienen a sus hijos con una mano invisible, mientras con la otra se sostienen a sí mismos, y esa doble tarea, tan penosa, les ocupa hasta morir. Pero hay un momento en que la identidad de unos y de otros se confunde, un momento en que cambian los papeles, o que quizás se superponen. Escribo ahora para dejar constancia de todo lo que les quise y aún les quiero, para dejar constancia de que supe de sus debilidades y fracasos, y para dejar constancia de que ellos, ¿por qué ocultarlo?, lo sabían también.

Pedro Ugarte (Antes del paraíso, 2020)

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

viernes, 5 de marzo de 2021

¿Por quién doblan las campanas? - Ernest Hemingway

  

Título: ¿Por quién doblan las campanas?                                                                         Autor: Ernest Hemingway

Páginas: 624

Editorial:
Debolsillo

Precio: 11,95 euros

Año de edición: 2018

Esta novela, publicada en 1940, nada más acabada la Guerra Civil española, se basa en las experiencias que vivió durante esa contienda Hemingway, que estuvo destacado como corresponsal de guerra en nuestro país. El escritor se implicó de manera notable con el bando republicano, pero acabó bastante desengañado de todo el asunto, porque llegó a decir que «repudiaba el carnaval de traición y podredumbre de ambos bandos».

Parece ser que el escritor estadounidense estuvo acompañando a un instructor de saboteadores ruso, llamado Iliá Stárinov, en la retaguardia, cuando enseñaba a miembros del ejército republicano a manejar y colocar explosivos. Inspirándose en él y en un aprendiz de saboteador, un judío americano de las Brigadas Internacionales llamado Alex, Hemingway creó la figura del protagonista de su novela, Robert Jordan. Prácticamente toda la ambientación, el contexto y los hechos de guerra que aparecen en el libro están tomados de la realidad, incluyendo los terribles sucesos del pueblo de Ronda (Málaga), en los que unos 500 simpatizantes del bando nacional fueron despeñados.

Tomando ese marco como fondo, la obra cuenta las aventuras de un saboteador americano, el mencionado Robert Jordan, que, con un grupo de milicianos españoles, vuela un puente en la Sierra de Guadarrama, que sabe que es clave para la llegada de tropas enemigas. Aparecen personajes llenos de fuerza y bien dibujados, mi favorito es Pilar, una mujer gitana de mediana edad, latina, apasionada y con carácter, que es la líder de la partida. Las tensiones y disputas entre los miembros de grupo están bien planteadas y son muy creíbles. También aparecen en la narración personajes históricos de los dos bandos, lo que unido a que los escenarios son tan cercanos para mí como Segovia, La Granja, El Escorial, crean la extraña percepción de estar leyendo una novela de Hazañas bélicas casi en el vecindario.

En el curso de la narración se tratan temas como el compañerismo, la solidaridad, el fanatismo, la valentía y la cobardía, los ideales, la muerte y el sacrificio. El protagonista, Robert Jordan, se enamora de María, una muchacha de 19 años, pero pronto comprende que su amor va a tener muchas dificultades y que es más importante la lucha en la que están inmersos. El título alude al idealismo de los brigadistas internacionales y a lo que dijo el poeta isabelino John Donne (Londres, 1571-1642): «La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente, nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti».

Los diálogos son muy naturales, el estilo es sobrio y minimalista, a lo Hemingway, y priman la acción y al apunte rápido más que la descripción morosa y barroca. Se lee muy bien y el lector tiene siempre la sensación de estar asistiendo a sucesos reales, por lo que se trata de una novela, sí, pero sabiendo la manía de este autor por documentarse exhaustivamente y observar los detalles del mundo real, se puede leer también como un reportaje.

Hay una película, fiel reflejo de la novela, dirigida por Sam Wood en 1943 y protagonizada nada más y nada menos que por Gary Cooper y por Ingrid Bergman, que están estupendos.

Una gran novela, un clásico del siglo XX que moderniza las historias de aliento épico. Se lee a gran velocidad y su valor histórico es innegable. Hay que mencionar que la traducción, tersa y sin problemas, es la clásica de Lola Aguado.

Ernest Hemingway (Oak Park, Illinois, 1899-1961) fué un periodista y escritor estadounidense. Fué periodista, boxeador, cazador, conductor de ambulancias durante la Segunda Guerra Mundial, borracho, aficionado a los toros, gran pescador, suicida y unas cuantas cosas más. Circula la leyenda de que llevó una vida algo aventurera y parece que es verdad que lo fué.

Fué condecorado en la Primera Guerra Mundial como un héroe, estuvo como reportero en el Desembarco de Normandía y en la liberación de París. Y para celebrar el Premio Nobel de Literatura que le concedieron se fué a África de safari, tuvo dos accidentes aéreos casi seguidos y le quedaron dolores y secuelas el resto de su vida. Se dice que inventó el daiquiri charlando con el barman del «Floridita», en La Habana.

Su estilo minimalista y sencillo hasta la exageración influyó en toda la novela del siglo XX. Tenía la manía de escribir de pie frente a una vieja Underwood y se llamaba Ernest porque a su madre le encantó la obra de teatro «La importancia de llamarse Ernesto» del genial Oscar Wilde.

Ernest Hemingway

Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

jueves, 4 de marzo de 2021

La azotea - Fernanda Trías

  

Título: La azotea                                                                                                                Autora: Fernanda Trías

Páginas: 140

Editorial:
Tránsito

Precio: 16 euros

Año de edición: 2018 (3ªedición)

Esta es la terrible historia de una mujer, que vive encerrada y con las persianas bajadas en un piso con su padre, ya anciano, su hija y un canario. No es fácil entender el motivo de ese enclaustramiento, que ahora parece premonitorio, pero al lector le da igual. Página a página se disfruta lo bien armada que está esta narración kafkiana, surrealista y enfermiza, endogámica y cerrada, onírica y absurda, perturbadora y malsana.

Desde la frase con la que arranca, «Si llegaran en este momento me encontrarían sobre la cama boca arriba, en la misma posición en la que me dejé caer cerca de medianoche», el lector sabe que se va a sumergir en el submundo patológico de una familia fuera de la normalidad, condenada a una marginación psicológica. 

Poco a poco, se va desvelando la trama, con continuos flashbacks, vueltas al pasado que permiten reconstruir la peripecia de los tres protagonistas hasta el terrible y dramático final. Una historia grotesca y contundente, como ha dicho Sara Mesa, sobre los miedos, las amenazas, el abismo, la fragilidad de nuestro equilibrio y la oscuridad que todos llevamos dentro.

Y dentro de todo eso, la azotea, como símbolo de libertad y lugar al que la protagonista es capaz de subir de vez en cuando para encontrar algo que le recuerde a una felicidad ya imposible.

Un relato que no resulta agradable de leer por lo que cuenta, pero que está tan bien narrado, en primera persona y casi con el estilo de un diario, que resulta un verdadero placer leerlo, placer oscuro y contaminado por lo que se está contando.

El caso es que es una novelita magistral, un debut que cayó como un meteorito entre la crítica literaria y que ha consagrado a su autora como una de las voces más importantes de la nueva literatura hispanoamericana.

Fernanda Trías Patrón (Montevideo, 1976) es una escritora uruguaya, que además es profesora de inglés y traductora diplomada. En 2001 publicó esta su primera novela, La azotea, con la que consiguió varios premios y el reconocimiento de la crítica.

Ha publicado hasta ahora cinco novelas y un volumen de relatos. En 2005 consiguió una Beca Unesco-Aschberg, motivo por el cual se trasladó a Francia, donde estuvo viviendo durante cinco años. Ha residido en Londres, Buenos Aires, Berlín y Nueva York. En esa metrópoli estadounidense realizó un máster de escritura creativa.

No es una autora muy conocida en España todavía, pero creemos que dará mucho que hablar a partir de ahora. El título de su última novela, Mugre rosa (2020), promete.

Fernanda Trías Patrón

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

miércoles, 3 de marzo de 2021

El don de la vida - Fernando Vallejo

  

Título: El don de la vida                                                                                                      Autor: Fernando Vallejo

Páginas: 168

Editorial:
Alfaguara

Precio: 17 euros

Año de edición: 2010

Esta curiosa novela adopta la forma de un torrencial diálogo entre el autor, que se supone es un viejecito jubilado, y un contertulio casual que intercala algún que otro comentario, sentaditos en un banco del parque   

El orador resulta ser descarado, dicharachero, deslenguado, algo provocador, satírico, irreverente y en algunos momentos faltón, pero siempre divertido, extrovertido y con un sentido del humor muy especial. El tema de fondo de toda la perorata es la vejez, el paso del tiempo y la condición humana, pero sobre ese fondo se van hilvanando los más diversos temas, anécdotas y sucedidos. 

Pesimista y nihilista hasta la exageración, el autor es tan negativo que a veces mueve a risa con sus planteamientos, de lo exagerados que son. Menciona repetidamente la libreta de los muertos, un cuaderno en el que va recogiendo los fallecimientos de personas conocidas, como una manía compulsiva de un viejo algo chiflado. Para completar el cuadro, a veces se dirige al lector, a veces conversa con gente que pasa por el parque, como el profesor Chamberlain, el inspector Echeverri o el policía Caballero.

Vamos a hacer alguna cita representativa, con la que el posible lector pueda hacerse una idea del tono y contenido de esta obra, bastante fractal, por lo que examinando solo una parte, no es difícil hacerse una idea del todo: «A mí me engendró la ociosidad, me parió la demencia y me amamantó el delirio», «Hoy no está el palo pa cucharas», «¡Cuanto me hacen sufrir los muertos! Los odio casi tanto como a los vivos», «Marcianismo es la propiedad que tiene el mexicano de volver confuso lo que está claro», «La humanidad, sí, avanza, pero retrocediendo».

Para completar el cóctel, Vallejo intercala argumentos contra la existencia de Dios, recuerdos emocionados a su abuela y a su perrita, Bruja. y algún toque surrealista de cuando en cuando. Este libro tiene casi de todo.

Un libro original e irrepetible, que plantea un tour de force muy exigente, que el autor resuelve con brillantez y una sorpresa final; original, interesante, arrollador, ameno, cercano y algo salvaje. Un libro fascinante y creo que muy representativo de la literatura de este colombiano-mexicano.

Fernando Vallejo (Medellín, 1942) es un escritor y director de cine, nacido en Colombia y nacionalizado mexicano. Hijo del exministro y abogado conservador Aníbal Vallejo, tuvo una buena educación en su Medellín natal. Aprendió a tocar el piano y es un pianista notable. Estudió un año de FIlosofía en la Universidad Nacional de Colombia, se licenció en Biología en la Universidad Javeriana y cursó un año de cine en la Escuela experimental de Cinecittá.

En el 2007, unos compatriotas le denunciaron por ofensas a la Iglesia Católica en uno de sus libros y un juez le condenó por blasfemo a una pena de prisión. Como no estaba de acuerdo con la sentencia, se fué a México, renuncio a su nacionalidad colombiana y solicitó la mexicana.

Su nombre y sus novelas aparecen en todas las listas de los mejores autores y obras hispanoamericanas. Es homosexual y ateo declarado. A pesar de su irreverencia, o precisamente por ella, ha sido investido doctor honoris causa en la Universidad Nacional de Colombia y ha recibido varios premios de prestigio, como el Premio Ariel, el Rómulo Gallegos y el FIL
 
Fernando Vallejo

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

martes, 2 de marzo de 2021

Los llanos - Federico Falco

  

Título: Los llanos                                                                                                               Autor: Federico Falco

Páginas: 240

Editorial:
Anagrama

Precio: 18 euros

Año de edición: 2020

Pues mi opinión es que esta novela es una de las mejores aparecidas en el pasado año 2020, que tantas malas cosas nos ha traído en otros órdenes. Un relato formidable, que comienza en tono menor, minimalista y humilde, casi sin argumento, y para ir creciendo poco a poco, enamorando al lector, haciéndole disfrutar con su sencillez, hasta dejarle encantado cuando lo acaba.

Está escrito en primera persona y en forma de diario, un dietario que abarca nueve meses (cifra mágica) que van de enero a septiembre, probablemente de 2019, y es muy importante el ciclo estacional que arranca en verano, porque se trata de la historia de un escritor en crisis que alquila una casa aislada em medio de la pampa, en mitad de la nada y, a la vez, en un lugar de una belleza zen sobrecogedora.

Allí, en medio de una gran seca, trata de cultivar una huerta, con desigual fortuna y durante un buen número de páginas el autor desgrana un texto bellísimo, en el que se describe la serenidad de la naturaleza y el campo de los llanos. Parece que no va a pasar nada en la novela y, de pronto, empiezan a pasar cosas. Empezamos a saber por qué el protagonista está allí, retazos de su vida, recuerdos de la casa de los abuelos y por fin aparece la historia central, entre el pasado y mientras se mantiene el contrapunto continuo de las plantas, las flores, los amaneceres, el cuidado de la huerta...

Hay una descripción magistral de Zapiola, el pueblo más cercano, en un solo párrafo. Un apunte más nítido que una fotografía, citas que son como pozos en los que se hunde la mente y le cuesta salir («No puedo mirar el mar por demasiado tiempo o lo que sucede en la tierra deja de interesarme» Monica Vitti; «La vida está hecha de trivialidades» Barbara Pym), frases memorables («Escribir es una manera de expresar nuestra necesidad de contacto. O nuestro miedo al contacto», «Contar una historia cambia a quien la cuenta»), enumeraciones exhaustivas y borgianas, una situación descrita con delicadeza y la belleza de los espacios abiertos, su flora y su fauna.

Una obra que es como un haiku de 240 páginas, que transita de una cierta frialdad inicial a una honda melancolía, una novela de acción detenida que resulta apasionante, con un párrafo en la página 215 que describe la felicidad mejor que muchos tratados, una felicidad en la que el lector se reconoce.

Una novela redonda, que ha resultado finalista en el Premio Herralde de novela 2020 y que ahora se publica para tí. No te la pierdas.

Federico Falco (General Cabrera, Córdoba, 1977) es un escritor argentino. Nació en una familia de campesinos con cierto nivel económico. La influencia de su tía, profesora de Lengua y Literatura, y su gran biblioteca, le orientaron la lectura y luego, al oficio de escritor.

Fué un gran lector desde muy niño a pesar de tener un defecto de visión notable: con el ojo derecho ve solo sombras porque es muy miope. Siempre la ha intrigado si todos ven los colores del mismo modo. Estudió periodismo en la universidad privada Blas Pascal de Córdoba y, curiosamente, se alzó con un premio en la II Bienal de Arte Emergente de la Universidad Blas Pascal con una instalación titulada «Conserva».

Es un autor de cocción lenta, que elabora durante bastante tiempo sus textos. Ha publicado 6 volúmenes de cuentos, 2 novelas, 2 libros de poesía y una obra de teatro, con los que ha ganado varios premios y consiguió en 2009 una beca para hacer un curso de Escritura creativa en español en la Universidad de Nueva York. En ese mismo año, la revista británica Granta le incluyó en la lista de jóvenes promesas de la literatura hispanoamericana.

Actualmente coordina, porque según él, los alumnos se enseñan solos, talleres de escritura en Buenos Aires. Para él, escribir es asumir una mirada sobre el mundo, ser consciente de que la literatura nunca va a poder dar cuenta completa y veraz de lo que se ve y, aún así, tensar al máximo el lenguaje para intentarlo.

Federico Falco

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

lunes, 1 de marzo de 2021

Tigre blanco - Aravind Adiga

 

Título: Tigre blanco                                                                                                            Autor: Aravind Adiga

Páginas: 304

Editorial:
Rocabolsillo

Precio: 20 euros

Año de edición: 2009

Esta novela, ganadora del Premio Booker 2008, el año de su publicación, se convirtió rápidamente en un superventas en la India y en todo el mundo, y describió de manera sin igual algunas de las características más profundas de la sociedad india. En concreto, el modo de vida de los criados y el sistema de castas.

Se trata de la historia de Balram Halwai, llamado «Tigre blanco», un niño nacido en una pequeña aldea, hijo de un captador de clientes, que se ve forzado a trabajar para ayudar a pagar la dote de su primo, primero en una tienda de té y luego, como criado y chófer, manteniendo una relación de sumisión y amabilidad extrema con sus amos, que parece ser la normal. Pero por debajo de esa aparente docilidad, el joven Balram está dispuesto a hacer cualquier cosa para poder medrar. En un momento llega a preguntarse «¿Odiamos a nuestros amos detrás de una fachada de amor, o los amamos detrás de una fachada de odio?».

El caso es que hay cierto suspense cobre el misterio de cómo puede llegar a conseguir el protagonista convertirse en un empresario de éxito. El lector no se lo puede ni imaginar.

Varios son los temas de actualidad que se abordan en el texto: el caduco sistema de clases, la globalización, el individualismo a ultranza, la libertad, el clasismo más exagerado, la falta de oportunidades... Un cóctel muy atractivo, que retrata a toda una sociedad.

Está escrito en originalmente en inglés, la excelente traducción es obra de Rey Farrés y es un buen ejemplo de género epistolar, ya que toda la novela es una sucesión de correos electrónicos en los que el protagonista cuenta la historia de su vida. También puede considerarse que la obra tiene algo del género picaresco, ya que cuenta las peripecias de un joven, que lucha para labrarse un futuro y alcanzar el éxito social. Hay un un cierto humor negro y políticamente incorrecto, algo provocador, sobre todo en el desenlace, que le da añade un sabor agridulce a la novela.

El estilo es ágil, ameno y realista, tan torrencial y colorido que resulta fácil dejarse llevar y el libro se lee rápidamente. Por otro lado, el que esté narrado en primera persona facilita la sensación de inmersión en la cultura y el contexto de aquel país. Un libro extraordinario, que plantea de nuevo el viejo dilema de en qué circunstancias puede el fin justificar los medios y ofrece un fresco de gran viveza de la sociedad india actual. Muy recomendable.

Aravind Aviga (Chennai, 1974) es un periodista y escritor indio-australiano. Estudió Ingeniería Agrícola y completó sus estudios en Sidney cuando su familia y él mismo emigraron a Australia en los años 90. Después estudió Literatura inglesa en la Universidad de Columbia, en Nueva York.

Inició su carrera periodística como reportero financiero en el Financial Times y en el Wall Street Journal. También trabajó para Time, en el que fue corresponsal del Sudeste Asiático durante unos tres años, antes de convertirse en trabajador independiente. 

En esa época escribió Trige blanco, la novela que le dió éxito y fama. Después ha publicado cuatro novelas más y cuatro volúmenes de relatos. Actualmente vive en Bombay.

Aravind Adiga

Publicado por Antonio F. Rodríguez.