viernes, 6 de febrero de 2015

Centuria - Giorgio Manganelli


Título: Centuria
Autor: Giorgio Manganelli
 

Páginas: 208

Editorial: Anagrama
 

Precio: 17,90 euros
 

Año: 2011

Este libro, subtitulado «Cien novelas río», es eso en realidad, cien historias enhebradas en un sólo volumen, cortitas, de entre una y dos páginas cada una, que ofrecen un abigarrado conjunto de narraciones y producen un efecto curiosísimo al leerlas una detrás de otra. Con minicuentos de una intensidad dramática muy potente, concentrada, hasta el punto de que de cada uno de ellos se podría sacar con facilidad un relato de veinte o treinta páginas. 

Pero el autor juega a no desarrollar ninguna de ellas del todo, a dejarnos una especie de guión, lleno de posibilidades que hacen que la imaginación del lector trabaje y pasemos a cada capítulo pensando lo bueno que podría llegar a ser un cuento basado en el capítulo anterior. Pero Manganelli no se detiene, sigue generando frenéticamente un caleidoscopio de tramas, situaciones y personajes que se combinan entre sí de cien maneras hasta producir cien historias, todas interesantes, poéticas, que parecen primigenias y mágicas.

Uno de los libro más raros y mejores que he podido leer, que me ha deslumbrado por su originalidad y su belleza. Con este libro ganó este escritor italiano el prestigioso Premio Vareggio en 1979. Manganelli siempre fué un escritor experimental, alejado de modas e ismos, que jugaba con la literatura exprimiéndola y retorciéndola hasta sacarle obras excentricas, Objetos Literarios No Identificados con los que se divertía y, de paso, divertía a sus lectores. Según decía «Digamos que lo que hago es divagar sólo cuando tengo algo esencial que decir».

Giorgio Manganelli (Milán, 1922-1990) fué un escritor italiano, extraño e inclasificable. Hijo de una maestra y de un procurador en la bolsa. Estudió Letras y se doctoró en la Universidad de Pavía. Dió clases de enseñanza secundaria y de inglés, pero lo que ñe hizo realmente conocido fué su labor de crítico literario y de lector paralas más prestigiosas editoriales italianas: Mondadori, Einaudi, Adelphi, Garzanti y Feltrinelli. 

Llegó a convertirse en un intelectual de una influencia enorme. Sus artículos en prensa son legendarios por su erudición, su profunda inteligencia y un humor sarcástico que no dejaba títere con cabeza. Tradujo casi toda la obra de Poe, fué un gran viaero que visitó el norte de Europa, China y Malasia.

Admiraba a Quevedo y a Calvino. Publicó crítica, ensayo, poesía y una decena de obras narrativas que nadie sabe a qué género pertenecen exactamente.

Giorgio Manganelli

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

jueves, 5 de febrero de 2015

El gran misterio de Bow - Israel Zangwill


Título: El gran misterio de Bow
Autor: Israel Zangwill
 
Páginas: 208

Editorial: Ardicia
 

Precio: 17,50 euros
 

Año: 2015

Hemos empezado muy bien el año. De la mano de la editorial Ardicia, ha salido al mercado en enero de este año 2015 esta antológica novela policiaca, un cóctel equlibrado y sofisticado de humor, misterio e inteligencia. Se trata de un caso de cuarto cerrado, publicado por entregas en 1892, comparable en ingenio y calidad a otros casos del mismo tipo, como «Los asesinatos de la calle Morgue» (1841) de Edgar A. Poe, al que se hace referencia en la obra, «El misterio de cuarto amarillo» (1907) de Gaston Leroux y «Matando en la sombra» (1933) de S. S. de Van Dine. Todos ellos tienen algo en común: ha habido un asesinato y se descubre al finado dentro de una habitación con las ventanas y la puerta cerradas por dentro e intactas. De manera que el enigma es doble, hay que averiguar quién es el asesino y cómo ha podido cometer el crimen.

En este delicioso libro lo primero que llama la atención es el fino humor y la ironía de las que hace gala el autor, un humor que no es exactamente el típico humor británico, sino que parece un humor más continental, pero que en cualquier caso hace que la lectura sea realmente divertida. Como muestra baste un botón: «Su cabello iba raleando en la coronilla, como si su cerebro luchara por acercarse todo lo posible a la esencia de las cosas».

Otra virtud del texto es el dibujo de los personajes,.Están bien caracterizados y resultan tan familiares que a las pocas páginas se convierten casi en amigos que nos acompañan por a lo largo de toda la historia: el famoso detective jubilado encantado de conocerse, el comisario no demasiado inteligente, un zapatero que todo lo compara con sus conocimientos sobre el cuero, el poeta de vida atrabiliaria y desordenada...

Y por último, esta novela también es, en buena medida, un alegato contra la pena de muerte, muy recomendable para los que puedan quedar por ahí pensando todavía que puede ser una buena idea. Plantea muy bien el dilema con el que puede encontrarse un jurado, antes o después, si hay pena capital en un caso en el que sólo hay pruebas circunstanciales: ¿Qué hacer, arriesgarse a enviar a un inocente a la horca o a que un asesino quede libre completamente y no pueda ser juzagado de nuevo por el mismo delito?

Hay un suave crítica social que hace más interesante todavía la novela y dos características más que la hacen especialmente atractiva. Es a la vez una novela en cierta medida epistolar, que incluye un capítulo buenísimo, con una cadena de cartas al director de un periódico sobre el caso, y una novela judicial, en la que durante bastante espacio se reproduce un juicio.

Un novela policiaca morrocotuda, que como véis ofrece muchas más cosas, muy bien escrita, amena, divertida, interesante y rematada con un desenlace magistral que encierra una doble sorpresa. Como propina se incluye un apéndice del autor (un texto, no os asustéis), opinando cuatro años depués sobre el libro, en el que cuenta que fué para él un reto muy notable, ya que tuvo que escribirlo sólo en quince días para publicarlo por entregas en un diario en otros tantos días consecutivos y en el que juega con la idea de haber tenido en cuenta las cartas de los lectores en el desarrollo de la trama.

Un libro muy recomendable para todo tipo de lectores, que se lee muy bien y muy apropiado para pasar, como ha sido mi caso, una mañana de gripe en casa.

Israel Zangwill (Londres, 1864-1926) fué un escritor británico, de origen judío y descendiente de emigrantes rusos. Estudió en Bristol, en Plymouth y en la escuela judía del  East End de Londres, donde luego sería profesor. Dejó la enseñanza para dedicarse por completo a escribir, su verdadera pasión.


Fué uno de los defensores del humanitarismo democrático e hizo propaganda para el nuevo Estado de Israel. Sus novelas fueron auténticos superventas de la época.

Israel Zangwill

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Anaconda - Horacio Quiroga


Título: Anaconda
Autor: Hiracio Quiroga 

Páginas: 200
 
Editorial: Alianza
 

Precio: 11,90 euros
 

Año: 1996

Este libro, aparecido en 1921, se compone de 19 relatos estupendos, publicados en varias revistas porteñas entre 1906 y 1919. En la segunda edición se suprimieron 9 para darle más unidad al conjunto, pero en esta edición, creo que con buen criterio, se incluyen esos relatos suprimidos, que muestran a un Quiroga mucho más versátil y rico. En la mayoría de ellos, la protagonista indiscutible es la selva, misteriosa e impenetrable, cuya fuerza arrolladora puede manifestarse en un río desbocado, en una fiera salvaje o en el desierto abrasador.

Frente a una naturaleza tan poderosa, el ser humano poco puede hacer, salvo tratar de sobrevivir en cada momento. El relato que da título al libro resulta muy curioso. Recuerda vagamente a Kipling y sus relatos de animales, y cuenta la terrible lucha que se entabla entre las víboras y serpientes de una zona de la selva y un grupo de científicos herpetólogos.

El estilo es realista, al mismo tiempo que muestra ya influencias modernistas. Cuenta las cosas de manera directa, rodeándolas de un lenguaje exuberante como la floresta, denso y rico en matices. Este autor es realmente un maestro del relato y merece un lugar entre los grandes del género.
 
Con la publicación de este libro, Quiroga alcanzó la fama y se consagró como un autor que gustaba a todos los públicos y a la crítica más exigente. Creo que es su libro más representativo y leerlo permite hacerse una idea muy cabal de su autor. Os lo recomiendo, primero porque es una lectura muy agradecida, uno se lo pasa muy bien, y segundo porque permite conocer a un autor muy interesante

Horacio Quiroga (Salto, 1878-1937) fué un novelista, poeta y dramaturgo uruguayo. desde muy jovern destacaba por su belleza. Muy pronto mostró una gran afición a la mecánica y las bicicletas. Con una de ellas y menos de 20 años, fundó el Club Ciclista de Salto y organizó un viaje de 120 km en bici. Comenzó a escribir y publicar poesía, con cierto éxito entre la crítica especializada.

Fué testigo del suicidio de su padrastro y la herencia que recibió se la gastó hasta el último centavo en un viaje a París de cuatro meses. A los 23 años vivió otra tragedia. Actuando como padrino en un duelo de su mejor amigo, al revisar una de las pistolas se le disparó accidentamente y mató a su amigo. Muerto de remordimiento y para olvidar, emigró a Buenos Aires y allí vivió hasta su muerte, se casó dos veces tuvo tres hijos y alcanzó la madurez literaria.

Allí encontró su lugar en el mundo, el Territorio de Misiones, una zona llena de selva en la que hay unas doce misiones de los jesuitas que datan de siglo XVII. Esa zona le fascinó y le sirviò de inspiraciòn para sus mejores cuentos, que tienen como escenario la selva tropical.

Se suicidó bebiendo un vaso de cianuro a los 58 años, al enterarse de que tenía un cáncer de próstata. Sus cenizas fueron esparcidas en la selva que tanto amó.

Horacio Quiroga
     
Firmado por Antonio F. Rodríguez.

martes, 3 de febrero de 2015

A diestra y siniestra - Joseph Roth


Título: A diestra y siniestra
Autor: Joseph Roth 

Páginas: 287
 
Editorial: Ediciones Ulises
 

Precio: 15 euros
 

Año: 2014
   
Esta edición nos ofrece una de las primeras novelas de Joseph Roth, creo que la novena. Data de 1929, apareció en España al año siguiente y esta edición recupera la estupenda portada original, de Ramón Puyol (Algeciras, 1907-1981), de estilo expresionista, y la espléndida traducción del germanista Luis López-Ballesteros (Madrid, 1896-1938), gran traductor de las obras completas de Sigmund Feud.

Es una obra expresionista, muy atractiva, escrita con un ritmo muy vivo y un lenguaje conciso y denso. Una novela moderna, inteligente, que no ha perdido ni un ápice de frescura, que parece escrita ayer mismo y ratos se diría que parece algo posmoderna. Está redactada com mucho humor, llena de una ironía deliciosa, ligera y chispeante. Ejerce la crítica inteligente e indirecta contra la sociedad capitalista y la burguesía alemana. Las descripciones son mu rápidas, están hechas con nervio y precisión de cirujano.

El argumento despista al lector, que durante casi todo el libro no sabe bien de qué trata exactamente y sus expectativas se ven traicionadas capítulo a capítulo, lo que ya es un punto a favor de un texto poco previsible. Cuenta la peripecia de dos personajes, dos antagonistas, un aristócrata fracasado, Pablo Bernheim, y un empresario sin escrúpulos, Nikolái Brandeis, un personaje complejo y fascinante, símbolo del hombre desencantado de posguerra, que es de lo mejor de este libro.. 

Las vidas de los dos personajes se trenza y cruza hasta llegar a un final sorprendente y muy bien resuelto. Una novela que no parece en absoluto de juventud, escrita con sabiduría por un hombre que ha aprendido mucho de sus experiencias.

Una novela fenomenal, escrita con telento y un estilo preciso y penetrante, que se lee con placer y vuelve a demostrar lo que ya sabíamos, que Roth es uno de los grandes, uno de los mejores escritores de entreguerras. Ya hemos hablado en este blog de su obra maestra, «La marcha Radeztky», pero esta novela está también muy bien, no desmerece en absoluto el resto de su obra y si se ve de manera independiente, es fenomenal..

Joseph Roth (Brody, 1894-1939),el gran periodista y escritor judío, nació en Austria en una humilde familia de comerciantes. Su padré abandonó el hogar siendo él muy pequeño y pasó su infancia entre abuelos y parientes. Estudió Filosofía y LIteratura en las Universidades de Leópolis y Vina. Fué corresponsal del «Frankfurter Allgemeine» y viajó por toda Europa. 

La esquizofrenia de su mujer le afecto rofundamente, la caída del Imperio Austro-Húngaro le hizo sentirse toda su vida como un hombre sin patria y el nazismo le hizo huir a Amsterdam y luego a París, donde murió alcoholizado y con delirium tremens, a los 44 años. Vivía de hotel en hotel, escribía en los cafés, se hizo católico y mientras tanto, seguía escribiendo artículos y novelas.

Joseph Roth
      
Publicado por Antonio F. Rodríguez.

lunes, 2 de febrero de 2015

Palestina - Hubert Haddad

       
Título: Palestina
Autor: Hubert Haddad

Páginas: 187
 

Editorial: Demipage
 

Precio: 18 euros
 

Año: 2010

Esta novela, publicada en Francia en el año 2007, ha llegado a España gracias a la editorial Demipage, un sello con un olfato especial, que parece que convierte en oro todo lo que publica. Se trata de una novela muy notable, que se sale de lo normal, escrita con una sensibilidad intensa y con mucha sabiduría.

Nos cuenta la historia cotidiana, tremenda e increíble, que vive el pueblo palestino, ahora mismo, encerrado por muros, dividido por valles, sometido a controles y ocupado militarmente por Israel. Pero lo que podría ser una historia terrible, se convierte en manos de Haddad en una narración llena de poesía y sentimiento, emocionante, que no ahorra al lector la descripción de tragedias personales, pero que consigue envolverlas en una magia muy especial.

Bella y terrible, no podía ser de otra manera una historia que consigue encerrar en menos de 200 páginas, con asombrosa eficacia, una pintura rápida, a grandes trazos, de una situación tan compleja. Los personajes están dibujados con fuerza, tienen carácter. Se percibe la diferente manera de ser y ver el mundo de israelíes y palestinos. El día a día que viven las dos partes está muy bien contado, sin maniqueísmos y con compasión; la peripecia que lleva al protagonismo de un lado a otro de la frontera está bien armada, y en el desenlace, muy bueno, se evita con elegancia rematar la faena con una desgracia sobrecogedora, que hubiese sido lo más fácil.

Una novela extraordinaria, que permite acercarse a una situación de sobra conocida con nuevos ojos, llena de espresiones poéticas («un sol de tiza», «el odio no es más que grilletes...») y escrita por un autor, que es a la vez judío, árabe y pacifista, que sabe muy bien lo que hace. Muy recomendable para los buenos lectores que quieran conocer a un novelista excepcional.
     
Hubert Haddad (Túnez, 1947), de madre tunecina y padre argelino, emigró a Francia con sus padres a los cinco años de edad. Empezó a publicar poesía y poco a poco ha ido tocando casi todos los géneros, novela, novela corta, relato, ensayo y teatro. También es un pintor bien considerado por la crítica y ha realizado varias exposiciones.

Escribe en francés, pero no ha olvidado sus raíces judías y bereberes. Pionero en el campo de los talleres de escritura, ha dirigido varios y ha colaborado con psiquiatras organizando talleres de escritura como terapia. En este blog ya hemos hablado de este autor tunecino-francés a propósito de una novelita corta, titulada «Viento de primavera», que me encantó, sinceramente. Ha escrito más de 15 novelas, 10 novelas cortas y con esta su obra más conocida, «Palestina», consiguió el Premio Renaudot en el 2009 y el Premio de los Cinco Continentes de la Francofonía en el 2008, con lo que se convirtió en uno de los autores más importantes de la francofonía.

En toda su trayectoria ha demostrado su compromiso con la literatura de los países menos desarrollados, los derechos humanos, la paz y la democracia.
      
Hubert Haddad
      
Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 1 de febrero de 2015

Escribir - Juan José Millás

http://sebasnavarrete.blogspot.com.es/2012/01/juan-jose-millas-cafes-literarios-de.html
Foto CC-BY-NC-ND Sebas Navarrete (Blog Instantes)

Hace poco y en un comentario, Gregorio Camacho, uno de los colaboradores de este blog me recomendaba un emocionante artículo sobre la actividad de escribir publicado por Juan José Millás en «El País» el 5 de noviembre de 2000 y titulado de manera muy sencilla: «Escribir». 

Es un texto formidable, que no me resisto a reproducir aquí para que lo disfrutéis:


Escribir

13.15. Todos los tripulantes de los compartimientos sexto, séptimo y octavo pasaron al noveno. Hay 23 personas aquí. Tomamos esta decisión como consecuencia del accidente. Ninguno de nosotros puede subir a la superficie. Escribo a ciegas". Estas palabras, escritas por un oficial del Kursk en un pedazo de papel, tienen la turbadora exactitud que pedimos a un texto literario. El autor está rodeado de bocas que exhalan un pánico que ni siquiera nombra. Él mismo debe de encontrarse al borde de la desesperación, pero no tiene tiempo ni papel para recrearse en la suerte. Ha de hacer, pues, una selección rigurosa de los materiales narrativos, y el resultado es esa obra maestra en la que, sin embargo, sólo cuenta aquello a lo que se puede asignar un número: la hora y la cantidad de hombres. 

En situaciones extremas, la literatura sale a presión, como por la grieta de una tubería reventada. El documento del oficial del Kursk es bueno porque es necesario. Mientras la muerte trepaba por sus piernas, ese hombre se entregó con fría vehemencia a la literatura. Y de qué modo.Naturalmente, lo que no dice ocupa más de lo que dice, pero lo ausente ha de aportarlo el lector, que es tan responsable de lo que lee como el escritor de lo que escribe. Sería absurdo comenzar una novela afirmando de un frutero que es bípedo. El lector tiene la obligación de saber que los fruteros son bípedos y que están dotados de cuatro extremidades con cinco dedos en cada una de ellas. Sin estos sobreentendidos primordiales, la escritura resultaría imposible.

Lo curioso es que un billete con cuatro líneas aparecido en el bolsillo de un cadáver responda de súbito a la vieja pregunta de para qué sirve la literatura. Sirve para contarlo. Todos aquellos que aspiran a escribir deberían recitar el texto del Kursk como una oración. Ser escritor, al menos cierto tipo de escritor, significa vivir rodeado de pánico percibiendo a tu alrededor bultos que pasan de un compartimiento a otro con los calcetines mojados. Y tú eres uno de esos bultos: aquel que, por encima o por debajo del miedo, está poseído por la necesidad de contarlo, aunque las posibilidades de que alguien lo lea sean muy escasas. Escribo a ciegas.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

sábado, 31 de enero de 2015

Nuestra familia ha perdido la guerra - David Grossman


David Grossman, que hace poco ha visitado La antigua Biblos con motivo de su estupenda novela «Delirio», es además el autor de uno de los textos más conocidos y traducidos de los últimos años. No se trata de una novela, ni de un ensayo, sino de la carta que leyó en el funeral de su hijo Uri, muerto a los 20 años el 12 de agosto del año 2006, en el sur del Líbano, cuando el tanque en el que avanzaba fué alcanzado por un misil lanzado por Hezbolá.  
 
Sólo dos días antes, David Grossman, junto con Amos Oz, Abraham B. Yehoshúa y un grupo de intelectuales israelíes, había firmado un documento para pedir a su Primer Ministro que aceptase un alto el fuego en lugar de poner en marcha la ofensiva masiva aprobada por el Gobierno de Israel para que sus tropas se adentrarsen 32 km dentro del Líbano.
 
Grossman es uno de los israelíes más comprometidos con la causa palestina y con el derecho de los palestinos a tener un Estado viable. Ésta es la carta a su hijo:


Mi querido Uri:

Hace tres días que prácticamente todos nuestros pensamientos comienzan por una negación. No volverá a venir, no volveremos a hablar, no volveremos a reír. No volverá a estar ahí, el chico de mirada irónica y extraordinario sentido del humor. No volverá a estar ahí, el joven de sabiduría mucho más profunda que la propia de su edad, de sonrisa cálida, de apetito saludable. No volverá a estar ahí, esa rara combinación de determinación y delicadeza. Faltarán a partir de ahora su buen juicio y su buen corazón.

No volveremos a contar con la infinita ternura de Uri, la tranquilidad con la que apaciguaba todas las tormentas. No volveremos a ver juntos «Los Simpson» o «Seinfeld», no volveremos a escuchar contigo a Johnny Cash ni volveremos a sentir tu fuerte abrazo. No volveremos a verte andar y charlar con tu hermano mayor, Yonatan, gesticulando con ardor, ni volveremos a verte besar a tu hermana pequeña, Ruti, a la que tanto querías.

Uri, mi amor, durante tu breve existencia todos aprendimos de ti. De tu fuerza y tu empeño en seguir tu camino, incluso aunque no tuviera salida. Seguimos, estupefactos, tu lucha para que te admitieran en los cursillos de formación de jefes de carros de combate. No cediste a la opinión de tus superiores, porque sabías que podías ser un buen jefe y no estabas dispuesto a dar menos de lo que eras capaz. Y cuando lo lograste, pensé: he aquí un chico que conoce sus posibilidades de manera sencilla y lúcida. Sin pretensión, sin arrogancia. Que no se deja influir por lo que dicen los demás de él. Que saca la fuerza de sí mismo. Desde que eras niño, eras ya así. Vivías en armonía contigo mismo y con los que te rodeaban. Sabías cuál era tu sitio, eras consciente de ser querido, conocías tus limitaciones y tus cualidades. Y, la verdad, después de haber doblegado a todo el ejército y haber sido nombrado jefe de carros de combate, se vio claramente qué tipo de jefe y de hombre eras. Y hoy oímos hablar a tus amigos y tus soldados del jefe y el amigo, el que se levantaba antes que nadie para organizar todo y que sólo se iba a acostar cuando los otros ya dormían.

Y ayer, a medianoche, contemplaba la casa, que estaba más bien desordenada después de que cientos de personas vinieran a visitarnos para ofrecernos consuelo, y dije: tendría que estar Uri para ayudarnos a recoger.

Eras el izquierdista de tu batallón, pero te respetaban porque mantenías tus posiciones sin renunciar a ninguno de tus deberes militares. Recuerdo que me habías explicado tu «política de controles militares» porque tú también habías pasado bastante tiempo en esos controles. Decías que, si había un niño en el coche que acababas de detener, lo primero que hacías era tratar de tranquilizarle y hacerle reír. Y te acordabas de aquel niño, más o menos de la edad de Ruti, y del miedo que le dabas, y lo que él te odiaba, con razón. Pese a ello, hacías todo lo posible para facilitarle ese momento terrible, pero siempre cumpliendo tu deber, sin concesiones.

Cuando partiste hacia Líbano, tu madre dijo que lo que más temía era el «síndrome de Elifelet». Teníamos mucho miedo de que, como el Elifelet de la canción, te lanzases en medio de los disparos para salvar a un herido, de que fueras el primero en ofrecerse voluntario para el reabastecimiento de las municiones largo tiempo agotadas. Temíamos que allí en Líbano, en esta guerra tan dura, te comportases como lo habías hecho toda la vida en casa, en la escuela y en el servicio militar, que te ofrecieras a renunciar a un permiso porque otro soldado lo necesitaba más que tú, o porque aquel otro tenía una situación más difícil en su casa.

Para mí eras un hijo y un amigo. Y lo mismo para tu madre. Nuestra alma está unida a la tuya. Vivías en paz contigo mismo, eras de esas personas con las que uno se siente bien. No puedo ni decir en voz alta hasta qué punto eras para mí «alguien con el que correr» (título de una de las últimas novelas del autor).Cada vez que volvías de permiso, decías: ven, papá, vamos a hablar. Normalmente, íbamos a sentarnos y conversar a un restaurante. Me contabas un montón de cosas, Uri, y yo me enorgullecía y me sentía honrado de ser tu confidente, de que alguien como tú me hubiera escogido.

Recuerdo tu incertidumbre, una vez, por la idea de castigar a un soldado que había infringido la disciplina. Cuánto sufriste porque la decisión iba a indignar a los que estaban a tus órdenes y a los demás jefes, mucho más indulgentes que tú ante ciertas infracciones. Castigar a aquel soldado, efectivamente, te costó mucho desde el punto de vista de las relaciones humanas, pero aquel episodio concreto se transformó después en una de las historias fundamentales del batallón, porque estableció ciertas normas de conducta y respeto a las reglas. Y en tu primer permiso me contaste, con un tímido orgullo, que el comandante del batallón, durante una conversación con varios oficiales recién llegados, había citado tu decisión como ejemplo de comportamiento de un jefe.

Has iluminado nuestra vida, Uri. Tu madre y yo te criamos con amor. Fue muy fácil quererte con todo nuestro corazón, y sé que tú también viviste bien. Que tu breve vida fue bella. Espero haber sido un padre digno de un hijo como tú. Pero sé que ser el hijo de Michal quiere decir crecer con una generosidad, una gracia y un amor infinitos, y tú recibiste todo eso. Lo recibiste en abundancia y supiste apreciarlo, supiste agradecerlo, y no consideraste nada de lo que recibías como algo que te fuera debido.

En estos momentos no quiero decir nada de la guerra en la que has muerto. Nosotros, nuestra familia, ya la hemos perdido. Israel hará su examen de conciencia, y nosotros nos encerraremos en nuestro dolor, rodeado de nuestros buenos amigos, arropados en el amor inmenso de tanta gente a la que, en su mayoría, no conocemos, y a la que agradezco su apoyo ilimitado.

Me gustaría mucho que también supiéramos darnos unos a otros este amor y esta solidaridad en otros momentos. Ése es quizá nuestro recurso nacional más especial. Nuestra mayor riqueza natural. Me gustaría que pudiéramos mostrarnos más sensibles unos con otros. Que pudiéramos liberarnos de la violencia y la enemistad que se han infiltrado tan profundamente en todos los aspectos de nuestra vida. Que supiéramos cambiar de opinión y salvarnos ahora, justo en el último instante, porque nos aguardan tiempos muy duros.

Quiero decir alguna cosa más. Uri era un joven muy israelí. Su propio nombre es muy israelí y muy hebreo. Era un concentrado de lo que debería ser Israel. Lo que está ya casi olvidado. Lo que muchas veces se considera casi una curiosidad.

A veces, al observarle, pensaba que era un joven un poco anacrónico. Él, Yonatan y Ruti. Unos niños de los años cincuenta. Uri, con su absoluta honradez y su forma de asumir la responsabilidad de todo lo que sucedía a su alrededor. Uri, siempre «en primera línea», con el que se podía contar. Uri, con su profunda sensibilidad respecto a todos los sufrimientos, todos los males. Con su capacidad para la compasión. Una palabra que me hacía pensar en él cada vez que me venía a la mente.

Era un chico que tenía unos valores, ese término tan vilipendiado y ridiculizado en los últimos años. Porque en nuestro mundo loco, cruel y cínico, no es cool tener valores. O ser humanista. O sensible al malestar de los otros, aunque esos otros fueran el enemigo en el campo de batalla.

Pero de Uri aprendí que se puede y se debe ser todo eso a la vez. Que debemos defendernos, sin duda, pero en los dos sentidos: defender nuestras vidas, y también empeñarnos en proteger nuestra alma, empeñarnos en protegerla de la tentación de la fuerza y las ideas simplistas, la distorsión del cinismo, la contaminación del corazón y el desprecio del individuo que constituyen la auténtica y gran maldición de quienes viven en una zona de tragedia como la nuestra.

Uri tenía sencillamente el valor de ser él, siempre, en cualquier situación, de encontrar su voz exacta en todo lo que decía y hacía, y eso le protegía de la contaminación, la desfiguración y la degradación del alma.

Uri era además un chico divertido, de un humor y una sagacidad increíbles, y es imposible hablar de él sin mencionar algunos de sus «hallazgos». Por ejemplo, cuando tenía 13 años, le dije: imagínate que puedas ir con tus hijos un día al espacio, como vamos hoy a Europa. Y él me respondió sonriendo: «El espacio no me atrae demasiado, en la Tierra se encuentra de todo».

En otra ocasión, en el coche, Michal y yo hablábamos de un nuevo libro que había despertado gran interés y estábamos citando a escritores y críticos. Uri, que debía de tener nueve años, nos interpeló desde el asiento de atrás: «¡Eh, los elitistas, recordar que lleváis detrás a un inculto que no entiende nada de lo que decís!».

O, por ejemplo, una vez que tenía un higo seco en la mano (le encantaban los higos): «Dime, papá, ¿los higos secos son los que han cometido un pecado en su vida anterior?».
O cuando me resistía a aceptar una invitación a Japón: «¿Cómo puedes decir que no? ¿Tú sabes lo que es vivir en el único país en el que no hay turistas japoneses?».

En la noche del sábado al domingo, a las tres menos veinte, llamaron a nuestra puerta y por el interfono se oyó la voz de un oficial. Fui a abrir y pensé: ya está, la vida se ha terminado.

Pero cinco horas después, cuando Michal y yo entramos en la habitación de Ruti y la despertamos para darle la terrible noticia, ella, tras las primeras lágrimas, dijo: «Pero seguiremos viviendo, ¿verdad? Viviremos y nos pasearemos como antes. Quiero seguir cantando en el coro, riendo como siempre, aprender a tocar la guitarra». La abrazamos y le dijimos que íbamos a seguir viviendo, y Ruti continuó:«Qué trío tan extraordinario éramos, Yonatan, Uri y yo».

Y es verdad que sois extraordinarios. Yonatan, Uri y tú no erais sólo hermanos, sino amigos de corazón y de alma. Teníais un mundo propio, un lenguaje propio y un humor propio. Ruti, Uri te quería con toda su alma. Con qué ternura te hablaba. Recuerdo su última llamada de teléfono, después de expresar su alegría por el alto el fuego que había proclamado la ONU, insistió en hablar contigo. Y tú lloraste después. Como si ya lo supieras.

Nuestra vida no se ha terminado. Sólo hemos sufrido un golpe muy duro. Sacaremos la fuerza para soportarlo de nosotros mismos, del hecho de estar juntos, Michal y yo, nuestros hijos, y también el abuelo y las abuelas que querían a Uri con todo su corazón -le llamaban Neshumeh (mi pequeña alma)-, y los tíos, tías y primos, y todos sus amigos del colegio y el ejército, que están pendientes de nosotros con comprensión y afecto.

Y también sacaremos la fuerza de Uri. Poseía una fuerza que nos bastará para muchos años. La luz que proyectaba -de vida, de vigor, de inocencia y de amor- era tan intensa que seguirá iluminándonos incluso después de que el astro que la producía se haya apagado. Amor nuestro, hemos tenido el enorme privilegio de haber estado contigo, gracias por cada momento en el que estuviste con nosotros.

Papá, mamá, Yonatan y Ruti.
      
Publicado por Antonio F. Rodríguez.