¡Ya está aquí el mes de agosto! Mes vacacional por excelencia, el momento de irse a la playa, a la montaña o donde sea. A descansar y, sobre todo, a leer. Yo también me voy a tomar cierto descanso, este mes publicaré en días alternos. Que tengáis una felices vacaciones y que leáis mucho.
Para ir abriendo el apetito lector, aquí tenéis un relato de Mario Benedetti.
Los pocillos
Los pocillos eran seis: dos rojos, dos
negros, dos verdes, y además importados, irrompibles, modernos. Habían llegado
como regalo de Enriqueta, en el último cumpleaños de Mariana, y desde ese día
el comentario de cajón había sido que podía combinarse la taza de un color con
el platillo de otro. «Negro con rojo queda fenomenal», había sido el consejo
estético de Enriqueta. Pero Mariana, en un discreto rasgo de independencia,
había decidido que cada pocillo sería usado con su plato del mismo color.
«El café ya está pronto. ¿Lo sirvo?»,
preguntó Mariana. La voz se dirigía al marido, pero los ojos estaban fijos en
el cuñado. Este parpadeó y no dijo nada, pero José Claudio contestó: «Todavía
no. Esperá un ratito. Antes quiero fumar un cigarrillo». Ahora sí ella miró a
José Claudio y pensó, por milésima vez, que aquellos ojos no parecían de ciego.
La mano de José Claudio empezó a moverse, tanteando el sofá. «¿Qué buscás?»
preguntó ella. «El encendedor». «A tu derecha». La mano corrigió el rumbo y
halló el encendedor. Con ese temblor que da el continuado afán de búsqueda, el
pulgar hizo girar varias veces la ruedita, pero la llama no apareció. A una
distancia ya calculada, la mano izquierda trataba infructuosamente de registrar
la aparición del calor. Entonces Alberto encendió un fósforo y vino en su
ayuda. «¿Por qué no lo tirás?» dijo, con una sonrisa que, como toda sonrisa
para ciegos, impregnaba también las modulaciones de la voz. «No lo tiro porque
le tengo cariño. Es un regalo de Mariana».
Ella abrió apenas la boca y recorrió el
labio inferior con la punta de la lengua. Un modo como cualquier otro de
empezar a recordar. Fue en marzo de 1953, cuando él cumplió treinta y cinco
años y todavía veía. Habían almorzado en casa de los padres de José Claudio, en
Punta Gorda, habían comido arroz con mejillones, y después se habían ido a
caminar por la playa. Él le había pasado un brazo por los hombros y ella se
había sentido protegida, probablemente feliz o algo semejante. Habían regresado
al apartamento y él la había besado lentamente, amorosamente, como besaba
antes. Habían inaugurado el encendedor con un cigarrillo que fumaron a medias.
Ahora el encendedor ya no servía. Ella
tenía poca confianza en los conglomerados simbólicos, pero, después de todo,
¿qué servía aún de aquella época?
—Este mes tampoco fuiste al médico —dijo
Alberto.
—No.
—¿Querés que te sea sincero?
—Claro.
—Me parece una idiotez de tu parte.
—¿Y para qué voy a ir? ¿Para oírle decir
que tengo una salud de roble, que mi hígado funciona admirablemente, que mi
corazón golpea con el ritmo debido, que mis intestinos son una maravilla? ¿Para
eso querés que vaya? Estoy podrido de mi notable salud sin ojos.
La época anterior a la ceguera, José
Claudio nunca había sido un especialista en la exteriorización de sus
emociones, pero Mariana no se ha olvidado de cómo era ese rostro antes de
adquirir esta tensión, este presentimiento. Su matrimonio había tenido buenos
momentos, eso no podía ni quería ocultarlo. Pero cuando estalló el infortunio,
él se había negado a valorar su amparo, a refugiarse en ella. Todo su orgullo
se concentró en un silencio terrible, testarudo, un silencio que seguía siendo
tal, aun cuando se rodeara de palabras. José Claudio había dejado de hablar de
sí.
—De todos modos, deberías ir —apoyó
Mariana—. Acordáte de lo que siempre te decía Menéndez.
—Cómo no que me acuerdo: Para Usted No
Está Todo Perdido. Ah, y otra frase famosa: La Ciencia No Cree En Milagros. Yo
tampoco creo en milagros.
—¿Y por qué no aferrarte a una
esperanza? Es humano.
—¿De veras? —Habló por el costado del
cigarrillo.
Se había escondido en sí mismo. Pero
Mariana no estaba hecha para asistir, simplemente para asistir, a un
reconcentrado. Mariana reclamaba otra cosa. Una mujercita para ser exigida con
mucho tacto, eso era. Con todo, había bastante margen para esa exigencia; ella
era dúctil. Toda una calamidad que él no pudiese ver; pero esa no era la peor
desgracia. La peor desgracia era que estuviese dispuesto a evitar, por todos
los medios a su alcance, la ayuda de Mariana. El menospreciaba su protección. Y
Mariana hubiera querido —sinceramente, cariñosamente, piadosamente— protegerlo.
Bueno, eso era antes; ahora no. El
cambio se había operado con lentitud. Primero fue un decaimiento de la ternura.
El cuidado, la atención, el apoyo, que desde el comienzo estuvieron rodeados
por un halo constante de cariño, ahora se habían vuelto mecánicos. Ella seguía
siendo eficiente, de eso no cabía duda, pero no disfrutaba manteniéndose
solícita. Después fue un temor horrible frente a la posibilidad de una
discusión cualquiera. Él estaba agresivo, dispuesto siempre a herir, a decir lo
más duro, a establecer su crueldad sin posible retroceso. Era increíble como
hallaba siempre, aun en las ocasiones menos propicias, la injuria refinadamente
certera, la palabra que llegaba hasta el fondo, el comentario que marcaba a
fuego. Y siempre desde lejos, desde muy atrás de su ceguera, como si esta
oficiara de muro de contención para el incómodo estupor de los otros.
Alberto se levantó del sofá y se acercó
al ventanal.
—Qué otoño desgraciado —dijo— ¿Te
fijaste?
La pregunta era para ella.
—No —respondió José Claudio—. Fíjate vos
por mí.
Alberto la miró. Durante el silencio, se
sonrieron. Al margen de José Claudio, y sin embargo a propósito de él. De
pronto Mariana supo que se había puesto linda. Siempre que miraba a Alberto, se
ponía linda. Él se lo había dicho por primera vez la noche del veintitrés de
abril del año pasado, hacía exactamente un año y ocho días: una noche en que
José Claudio le había gritado cosas muy feas, y ella había llorado,
desalentada, torpemente triste, durante horas y horas, es decir hasta que había
encontrado el hombro de Alberto y se había sentido comprendida y segura. ¿De
dónde extraería Alberto esa capacidad para entender a la gente? Ella hablaba
con él, o simplemente lo miraba, y sabía de inmediato que él la estaba sacando
del apuro. «Gracias», había dicho entonces. Y todavía ahora, la palabra llegaba
a sus labios directamente desde su corazón, sin razonamientos intermediarios,
sin usura. Su amor hacia Alberto había sido en sus comienzos gratitud, pero eso
(que ella veía con toda nitidez) no alcanzaba a depreciarlo. Para ella, querer
había sido siempre un poco agradecer y otro poco provocar la gratitud. A José
Claudio, en los buenos tiempos, le había agradecido que él, tan brillante, tan
lúcido, tan sagaz, se hubiera fijado en ella, tan insignificante. Había fallado
en lo otro, en eso de provocar la gratitud, y había fallado tan luego en la
ocasión más absurdamente favorable, es decir, cuando él parecía necesitarla
más.
A Alberto, en cambio, le agradecía el
impulso inicial, la generosidad de ese primer socorro que la había salvado de
su propio caos, y, sobre todo, ayudado a ser fuerte. Por su parte, ella había
provocado su gratitud, claro que sí. Porque Alberto era un alma tranquila, un
respetuoso de su hermano, un fanático del equilibrio, pero también, y en
definitiva, un solitario. Durante años y años, Alberto y ella habían mantenido
una relación superficialmente cariñosa, que se detenía con espontánea
discreción en los umbrales del tuteo y solo en contadas ocasiones dejaba
entrever una solidaridad algo más profunda. Acaso Alberto envidiara un poco la
aparente felicidad de su hermano, la buena suerte de haber dado con una mujer
que él consideraba encantadora. En realidad, no hacía mucho que Mariana había
obtenido la confesión de que la imperturbable soltería de Alberto se debía a
que toda posible candidata era sometida a una imaginaria y desventajosa
comparación.
—Y ayer estuvo Trelles —estaba diciendo
José Claudio—, a hacerme la clásica visita adulona que el personal de la
fábrica me consagra una vez por trimestre. Me imagino que lo echarán a la
suerte y el que pierde se embroma y viene a verme.
—También puede ser que te aprecien —dijo
Alberto—, que conserven un buen recuerdo del tiempo en que los dirigías, que
realmente estén preocupados por tu salud. No siempre la gente es tan miserable
como te parece de un tiempo a esta parte.
—Qué bien. Todos los días se aprende
algo nuevo —la sonrisa fue acompañada de un breve resoplido, destinado a
inscribirse en otro nivel de ironía.
Cuando Mariana había recurrido a
Alberto, en busca de protección, de consejo, de cariño, había tenido de
inmediato la certidumbre de que a su vez estaba protegiendo a su protector, de
que él se hallaba tan necesitado de amparo como ella misma, de que allí,
todavía tensa de escrúpulos y quizá de pudor, había una razonable desesperación
de la que ella comenzó a sentirse responsable. Por eso, justamente, había
provocado su gratitud, por no decírselo con todas las letras, por simplemente
dejar que él la envolviera en su ternura acumulada de tanto tiempo atrás, por
solo permitir que él ajustara a la imprevista realidad aquellas imágenes de
ella misma que había hecho transcurrir, sin hacerse ilusiones, por el
desfiladero de sus melancólicos insomnios. Pero la gratitud pronto fue
desbordada. Como si todo hubiera estado dispuesto para la mutua revelación,
como si solo hubiera faltado que se miraran a los ojos para confrontar y
compensar sus afanes, a los pocos días lo más importante estuvo dicho y los
encuentros furtivos menudearon. Mariana sintió de pronto que su corazón se
había ensanchado y que el mundo era nada más que eso: Alberto y ella.
«Ahora sí podés calentar el café», dijo
José Claudio, y Mariana se inclinó sobre la mesita ratona para encender el
mecherito de alcohol. Por un momento se distrajo contemplando los pocillos.
Solo había traído tres, uno de cada color. Le gustaba verlos así, formando un
triángulo.
Después se echó hacia atrás en el sofá y
su nuca encontró lo que esperaba: la mano cálida de Alberto, ya ahuecada para
recibirla. Qué delicia, Dios mío. La mano empezó a moverse suavemente y los
dedos largos, afilados, se introdujeron por entre el pelo. La primera vez que
Alberto se había animado a hacerlo, Mariana se había sentido terriblemente
inquieta, con los músculos anudados en una dolorosa contracción que le había
impedido disfrutar de la caricia. Ahora estaba tranquila y podía disfrutar. Le
parecía que la ceguera de José Claudio era una especie de protección divina.
Sentado frente a ellos, José Claudio
respiraba normalmente, casi con beatitud. Con el tiempo, la caricia de Alberto
se había convertido en una especie de rito y, ahora mismo, Mariana estaba en
condiciones de aguardar el movimiento próximo y previsto. Como todas las tardes
la mano acarició el pescuezo, rozó apenas la oreja derecha, recorrió lentamente
la mejilla y el mentón. Finalmente se detuvo sobre los labios entreabiertos.
Entonces ella, como todas las tardes, besó silenciosamente aquella palma y cerró
por un instante los ojos. Cuando los abrió, el rostro de José Claudio era el
mismo. Ajeno, reservado, distante. Para ella, sin embargo, ese momento incluía
siempre un poco de temor.
Un temor que no tenía razón de ser, ya
que, en el ejercicio de esa caricia púdica, riesgosa, insolente, ambos habían
llegado a una técnica tan perfecta como silenciosa.
—No lo dejes hervir —dijo José Claudio.
La mano de Alberto se retiró y Mariana
volvió a inclinarse sobre la mesita. Retiró el mechero, apagó la llamita con la
tapa de vidrio, llenó los pocillos directamente desde la cafetera.
Todos los días cambiaba la distribución
de los colores. Hoy sería el verde para José Claudio, el negro para Alberto, el
rojo para ella. Tomó el pocillo verde para alcanzárselo a su marido, pero,
antes de dejarlo en sus manos, se encontró, además, con unas palabras que
sonaban más o menos así: «No, querida. Hoy quiero tomar en el pocillo rojo».
Mario Benedetti, 1959
Salud y libros.
Publicado por Antonio F. Rodríguez.