El gran escritor francés Anatole France, ganador del premio Nobel en 1921, fue muy popular en vida: traducido, leído y admirado. Se le consideraba sin discusión como uno de los grandes de las letras francesas. Pero, como tantas veces ocurre, tras su muerte se le olvidó e incluso denostó: pasó a ser un representante del pasado, un burgués cínico y hasta conservador que se hacía pasar por progresista sentando sus reales en los sillones académicos más encopetados. La nueva generación devoró a Anatole France. Después de tantos años, pese a todo, este autor sigue vivo. No es una reliquia. Sus mejores libros siguen diciéndole algo al lector de hoy día. Es un clásico algo marginal. Y es que los buenos escritores logran casi siempre sobrevivir a los vaivenes caprichosos de la fama.
Los dioses tienen sed, publicada en 1912, es quizá la obra maestra de Anatole France. Se trata de una magistral novela histórica que transcurre en París durante los años de 1793 y 1794. El período más duro de la Revolución Francesa. El terror. Cuando, como alguien escribió, las cabezas caían en el cesto con el mismo sonido de las pizarras de las casas al desprenderse los días de viento. Los dioses tienen sed de sangre. Exigen sacrificios humanos, en los dos sentidos. Los enemigos de la revolución deben morir. Los revolucionarios deben sacrificarse por la causa de la república hasta la muerte. Hay momentos históricos que exigen lo imposible. La existencia de las personas corrientes se ve envuelta en un torbellino de acontecimientos. Muchos inocentes acaban zarandeados y pisoteados. Hasta que amaina la tormenta y todo parece volver a la calma. Sin embargo, las cosas han cambiado para siempre.
El protagonista de Los dioses tienen sed es un pintor de segundo orden discípulo del gran David. El joven Evariste Gamelin cree en la revolución con una fe absoluta, que llega hasta el fanatismo y la crueldad. Alrededor de Evariste pululan una serie de personajes inolvidables. Recordemos algunos. Un aristócrata liberal que ahora sobrevive fabricando títeres. Profundamente tolerante, ateo, piensa en el pasado, cuando en la vieja Francia las cosas parecían estar en orden. Como buen materialista y determinista es un fatalista que no se hace ilusiones. Resulta inútil enfadarse con los átomos. Su nostalgia carece de odio. Protege a un pobre fraile barnabita con quien mantiene elegantes discusiones dentro de la más absoluta caballerosidad. El ateo y el religioso son supervivientes natos que se agarran a la última tabla mientras pueden. Unidos por una idéntica vulnerabilidad. Son, quizá, exponentes de las ideas tolerantes del propio Anatole France.
Claro que otros personajes están arrebatados por la fiebre revolucionaria. El desgraciado Evariste es un creyente devorado por la pasión cuyos esfuerzos sobrehumanos acaba en la inhumanidad: los extremos se tocan. Hay quien se deja arrastrar de buen grado por la fiebre del momento y quien es arrastrado contra su voluntad. No es fácil juzgar quiénes tienen razón y quiénes no y además tampoco importa demasiado. Las urgencias del momento superan las pequeñas tragedias individuales. Las revoluciones son así. Eso tienen de terribles y grandiosas.
Anatole France describe brillantemente escenas emblemáticas de la Revolución Francesa, de las que se quedan grabadas en la memoria. Una sesión del club de los jacobinos en donde domina la oratoria seca y arrebatada del controvertido Robespierre, el sumo sacerdote del republicanismo radical. Las canciones revolucionarias a la luz de las antorchas, el culto a los héroes y los mártires, la nueva religión de la patria, la clausura de las iglesias (tenebrosos antros de superstición para los jacobinos), el tribunal revolucionario, con el tétrico fiscal Fouquier-Tinville, que manda sin inmutarse a cientos de infelices a la guillotina. Los vociferantes sans-culottes con una cabeza clavada en una pica. Las viejas deslenguadas que no se sacan la pipa de la boca. Los niños harapientos que espían cada tumulto. Los amenazados que sobreviven escondidos hasta que pase el huracán. La Revolución Francesa fue el nacimiento del mundo contemporáneo. No fue un parto fácil, ni podía serlo. Corrió la sangre. Entre bastidores, aguardando su momento, frotándose las manos, permanecía la burguesía, favorecida por el cataclismo social revolucionario.
La mirada de Anatole France en Los dioses tienen sed es irónica, distanciada y tolerante. Nos viene a decir que por debajo de los grandes acontecimientos bulle el hormiguero humano, compuesto por millares de vidas individuales que capean los temporales como pueden y a las que debemos intentar comprender antes de apresurarnos a censurar. Evariste Gamelin no es un monstruo. Cree con fervor. Es un verdadero revolucionario, austero y puritano. Pero también está dispuesto a sacrificar a otros en el altar de los dioses sedientos. Verdugo y mártir.
En definitiva, una novela magistral sobre un momento irrepetible. Anatole France escribió un libro emblemático. Quizá una de las mejores novelas históricas que he tenido la ocasión de leer. El estilo de France posee una gran fuerza expresiva. Resulta elegante, ligero, escéptico, aunque no pierde en ningún momento la simpatía humana. Disfruten con esta novela porque merece la pena.
Anatole France (1844-1924), pseudónimo de François-Anatole Thibault, fue un escritor francés nacido en París y ganador en 1921 del premio Nobel de literatura. Su padre era un librero especializado en libros y folletos sobre la Revolución Francesa y contagió la pasión bibliófila a su hijo. Estudiante en colegios católicos, el joven Anatole se convirtió en bibliotecario del Senado francés en 1876, a la vez que hacía sus pinitos como poeta y periodista.
Pero fueron sus novelas las que le dieron justa fama. Estaban escritas en un elegante estilo considerado como exquisitamente francés por los críticos de su tiempo. Anatole France era políticamente de izquierdas. Siempre apoyó las causas progresistas (separación entre la iglesia y el estado, humanización de las prisiones, oposición al antisemitismo). Al final de su vida se acercó al Partido Comunista Francés. Anatole France falleció con 80 años sin abjurar de su ateísmo.


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