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| Sir Srthur Bryant (1899-1985) |
Jimmy, el perro de mi vida
Jimmy era un terrier inglés de pelo duro. Tenía un pelaje blanco como la nieve, y cuando se lo cepillaban y lavaban se volvía casi deslumbrante; era de cuerpo largo y bien proporcionado, con manchas negras, un rabo corto de color marrón y puntiagudo, que por lo general, al igual que su ambicioso espíritu, apuntaba con gallardía hacia lo alto; patas largas y graciosas y un valeroso corazón que podían arrastrarlo tan velozmente como un ciervo o un caballo de carreras; dos orejas satinadas que unas veces reposaban y otras apuntaban hacia arriba como los pabellones de un ejército medieval; y los más hermosos ojos pardos que he visto en mi vida. Puede que no se ajustara a los cánones de los pedantes requisitos de cualquier Sociedad de Raza, pero como perro tenía todo lo necesario para serlo.
Entró a formar parte de mi vida en un acantilado de Cornualles hace dieciocho años. Fue en el momento más sombrío de la guerra, justo después de nuestra derrota en Knightsbridge, cuando los victoriosos alemanes golpeaban las puertas de Alejandría y Stalingrado, cuando la situación en el mar era más grave que en ningún otro período de la guerra y cuando aún no había cambiado de signo la buena racha de los japoneses en el Pacífico y en el sudeste asiático. En el trabajo que había para el ejército, acababan de darme un respiro de quince días, y aproveché la oportunidad para pasar diez días en una granja al norte de los acantilados de Cornualles. Fueron mis únicas vacaciones durante la guerra y mi esposa y yo aprovechábamos las tardes al máximo; a veces nos íbamos de picnic a la playa, otras dábamos largos paseos por el acantilado. Durante una de esas caminatas, fuimos hasta Boscastle, situada a unas seis o siete millas de la granja donde nos alojábamos. Y allí nos encontramos al animal abandonado que iba a ocupar nuestras vidas durante los siguientes catorce años. En un lugar apartado de inconmensurable calma —la calma de las grandes olas y el acantilado cubierto de brezos— nos encontró el perro de nuestras vidas.
En ese momento comíamos sándwiches en un pequeño promontorio que dominaba el lado occidental del puerto, y yo había tirado unas cuantas migas a unas gaviotas que evidentemente eran viejas asiduas del lugar y que, volando y buceando con voracidad, se llevaban el peaje de costumbre de aquellos que se iban de picnic: parejas en su luna de miel, gente mayor y hombres y mujeres del ejército que, de permiso, se dispersaban por el acantilado.
De pronto me di cuenta de que mi esposa y yo ya no nos encontrábamos solos. Sentado a nuestro lado, atento y silencioso, había un terrier blanco, peludo, con cabeza y orejas de color marrón y una pronunciada cola, que contemplaba mis sándwiches con una mirada de ardiente deseo e infinito reproche; obviamente estaba dolido porque tanta generosidad fuese distribuida entre gaviotas que no se lo merecían. Aunque durante aquellos días la comida no abundaba y yo tenía hambre, fui incapaz de resistirme a la mirada de esos grandes ojos castaños, y mis dos últimos sándwiches, pedacito a pedacito, fui dándoselos a aquel claro experto, como resultó ser, mendigo profesional. Lo más singular fue que, aunque, como nos fuimos dando cuenta, debía de estar medio muerto de hambre, no hizo el más ligero amago de arrebatar la comida que se le ofrecía; tal era la delicadeza con que la cogía que, cuando se apartaba de la mano, parecía haberla acariciado. Jamás, con toda mi experiencia, he conocido un perro con una boca tan suave o con unos modales tan amables y seductores, ni siquiera el alsaciano de gran corazón, delicado, que formó parte fundamental de mi vida durante siete años y que, tras su muerte, me dejó desolado durante muchos meses. Esa boca suave era uno de los rasgos distintivos del perro y siempre lo fue. Experto en comida, especialmente, como pudimos descubrir más tarde, de la variedad más cara y exótica, nunca fue un glotón. Apenas demostraba que la necesitaba y luego esperaba pacientemente a que sus necesidades fuesen satisfechas.
Su condición de desnutrido le daba aspecto de perro viejo: delgado, enmarañado, sarnoso, con una parte inferior rosácea y sin pelo en la cual se descubrían unas manchas negras que parecían erupciones de la piel. Pensamos que pertenecía a una familia que no podía permitirse darle suficiente comida o atenciones. Pero, aunque llevaba apenas unos minutos con nosotros, pudimos comprobar cuánto valía. Como a unos cien pies debajo de nosotros, había un estuario con veintenas de gaviotas descansando sobre la arena. A éstas, obviamente, el perro las consideraba sus enemigas, ya que saltó hacia arriba de repente, se lanzó hacia abajo precipitadamente por las rocas, y ladrando como un salvaje, las condujo chillando y empujándolas hacia el mar. Luego, por el acantilado, se vino hacia nosotros a toda prisa, meneó su pequeña cola extasiado mientras se acercaba y volvió a sentarse a nuestro lado, atentamente e inspeccionando con melancolía la cesta de los sándwiches. Llevó a cabo el ejercicio al doble de la velocidad normal, evidenciando el más alto grado de alerta, brío y savoir-faire. Y aun así, como he dicho, parecía un perro viejo, rugoso, mal alimentado y, sin lugar a dudas, sarnoso.
Sólo después de permanecer allí sentados durante una hora nos dimos cuenta, sobresaltados, de que no llevaba collar, que no pertenecía a nadie que estuviera de picnic que hubiera compartido el promontorio con nosotros. Y cuando, ahora solos, nos levantamos para marcharnos, el perro se levantó y nos siguió. O, para ser preciso, nos precedió, puesto que, desde el comienzo de nuestra relación, él tomó la iniciativa. Lo hizo de tal manera que dejó totalmente claro que ahora existía un lazo entre nosotros y que nos consideraba como de su propiedad. Siempre que nos deteníamos, él también lo hacía, y cuando nos sentábamos —lo cual hacíamos deliberadamente para ver cuáles eran los resultados—, él también se sentaba y nos observaba con una mirada de profundo interés y afecto. Parecía, sin duda, con todo su aspecto peludo y lamentable, el alma misma de la amistad, puesto que llamaba la atención especialmente la simpatía con la que saludaba a los perros en las afueras del pueblecito por el que teníamos que pasar, meneando su cola mientras los saludaba frenéticamente cuando se le acercaban y mostrándose generoso al prestarles esas atenciones que parecen encariñar a unos perros con otros. Jamás se produjo el más remoto amago de pelea; sin duda quería a sus compañeros los perros, a todos ellos, y su temblorosa cola parecía confirmarlo. Ni siquiera el perro más patán podía haberse peleado con una criatura tan imbuida por el espíritu de la caridad universal.
Después de aquello, atravesando el pueblo, lo perdimos; o mejor dicho, él nos perdió a nosotros. Nos sentimos aliviados, puesto que la perspectiva de tener en nuestras manos un perro extraviado, tan lejos de casa y en un momento tan crítico, la verdad es que nos desalentaba. Pero unos días más tarde, antes de que hubiesen finalizado mis cortas vacaciones, caminamos una vez más por el acantilado para visitar por última vez el estuario azotado por las tormentas donde habíamos encontrado a la pequeña criatura. En los días pasados a veces habíamos hablado de él y de su inexplicable encanto, y nos preguntábamos si le veríamos alguna vez. Pero para nada pensábamos en él, cuando, a punto de terminar nuestro té en el hostal local, nos lo encontramos una vez más sentado silenciosamente a nuestro lado.
Supongo que era inevitable ofrecerle tarta y también inevitable —aunque no lo esperábamos— que nos siguiese. Esta vez, mientras escalábamos la montaña empinada que estaba fuera del pueblo, quedó claro que nos seguía totalmente en serio. Recordando que nos quedaban seis o siete millas de camino por encima de los acantilados y que al día siguiente tendríamos que volver sobre nuestros pasos —el último antes de volver a mis tareas—, y como no nos sentíamos tan inhumanos para abandonarle ni queríamos adoptarlo de por vida, nos sentíamos angustiados. Todavía estábamos en la carretera principal, y a todo el mundo que nos encontrábamos caminando hacia el pueblo le explicábamos nuestra situación y le pedíamos que devolviesen el perro al lugar al que pertenecía. Pero de ellos también supimos lo que habíamos supuesto, que no pertenecía a ningún lugar, que era un inveterado fugitivo para quien la policía buscaba un hogar y que había sobrevivido el verano cazando conejos en los acantilados y mendigando las sobras de los picnics. Y aunque dos o tres personas hicieron todo lo que estaba en sus manos para atraerlo de vuelta al pueblo, se negó a irse con ellos e insistió en seguirnos.
Como a una milla del pueblo, nuestro camino se desvió de la carretera principal y atravesamos los acantilados. Sabíamos que después no nos encontraríamos con otros caminantes. En consecuencia, hicimos lo posible para persuadir al perro para que volviese. Pero pareció considerar nuestros gestos e indicaciones como una especie de juego, levantó sus orejas y nos observó durante un rato; luego perdió interés y se sentó esperando nuestra reacción. Al final me limité a amenazarle con una piedra, que le tiré sin ganas y de modo poco convincente. Al darse cuenta el perro de que lo que yo estaba haciendo no era un juego sino un intento deliberado de deshacerme de él, la confianza en su conducta desapareció en un momento y se convirtió en una criatura rota, triste y abatida, con la cola caída y unos ojos trágicos. Se escabulló y reanudamos el camino a toda prisa hacia el acantilado, sin atrevernos a hablar o a mirarnos. Me sentía como si fuese un asesino.
Pero no habíamos terminado con el perro; aquel corazón de ángel nos iba a redimir. Puesto que de pronto mi esposa me agarró del brazo y dijo «Mira», y, volviéndome, lo vi siguiéndonos, tristemente, allá a lo lejos, por la parte interior del seto. Ése era el final o, por lo que respecta a nosotros, el comienzo. Le dejamos subir y luego se hizo cargo de nosotros, trotando delante como si ahora todo estuviese arreglado, como así —aunque no lo sabíamos— ocurrió. Pero lo discutimos y yo consentí que, si el granjero y su mujer, con quienes estábamos alojados, lo dejaban quedarse durante las dos noches siguientes —las últimas en Cornualles—, yo telefonearía a la policía por la mañana y le ofrecería un hogar.
En la granja conseguimos permiso para que el perro se quedase con nosotros. Cuando, tras la cena, volvimos al cuarto donde lo habíamos dejado en el suelo, para horror nuestro lo encontramos hecho un ovillo en uno de los sillones de nuestra casera. Era sintomático de lo que nos quedaba por ver: la discreta seguridad, el lujoso bienestar y el aire de ser el dueño absoluto. Enviado durante la noche al granero, donde fue embaucado con un cuenco de pan y leche —un plato por el que, con todo el hambre que traía, mostró un considerable desprecio—, esperaba en la puerta para que lo soltaran cuando temprano, a la mañana siguiente, mi esposa lo dejó salir. Todavía puedo ver esa pequeña figura blanca, impaciente y levemente ofendida, que salió disparada como una bala del lugar de donde se encontraba confinada y saludando a su salvador en lo alto de los escalones de piedra que llevaban hasta el lugar.
A lo largo de ese día, el perro no hacía más que desaparecer y reaparecer, como correspondía a ese incorregible vagabundo que llevaba dentro. Y sin embargo, lo curioso era que de la misma manera que se llevaba comida a la boca con tanta delicadeza y con unos modales tan irreprochables, también estaba perfectamente entrenado para casa. Durante los catorce años en total que estuvo con nosotros, sólo se comportó indebidamente en una ocasión, y fue en la escalera de entrada de un inmenso edificio gótico del siglo XIX cuyas columnas, y no le faltaba razón, confundió con farolas. En algún momento debió de haber tenido un buen hogar, y parecía que ahora quería otro. Y sin embargo, en el resto de los aspectos era un perro salvaje, acostumbrado a una libertad total e impaciente con la más leve restricción. Cuando llamé a la policía para ofrecerle un hogar, ya se había largado, para reaparecer inesperadamente poco después de que nos hubiesen concedido permiso para llevárnoslo.
Esa tarde, después de haber avanzado con dificultad por el acantilado desde la playa, tras haber desaparecido él veinte veces, y que mi esposa y yo hubiéramos decidido que si volvía con nosotros, lo que hizo en ese preciso momento, tendría que llevarlo de vuelta a Boscastle y devolverlo allí si me seguía —ya que no parecía justo privarle de esa libertad que tanto valoraba—, me dio la espalda con firmeza e insistió en seguir a su dueña a la granja y a una vida doméstica. Había hecho su elección.
A la mañana siguiente, cuando llamamos al coche para que nos llevara a la estación, había desaparecido una vez más —a buscar conejos— y parecía probable que tendríamos que marcharnos sin él. Pero, justo cuando estábamos metiendo el equipaje, reapareció. Mi esposa le había hecho un collar de cuerda, y con él al cuello —un símbolo del cambio de categoría— nos acompañó hasta la estación. Cuando vio el tren y se dio cuenta de que se vendría con nosotros, se volvió loco de alegría. Y durante el largo y muy concurrido viaje a Londres, permaneció manso y en silencio, acurrucado a nuestros pies o en el pasillo, esperando su futuro con paciencia. Ni siquiera Waterloo, con su desconcertante confusión y estrépito, desanimó su inquebrantable corazoncito, aunque cuando un poco más tarde su dueña salió del taxi y desapareció al entrar en una tienda, se puso muy nervioso. Y cuando ya tarde, por la noche, tras más viajes en tren y en coche, llegamos a la vieja North Buckinghamshire House, la que iba a ser su casa durante los siguientes tres años, trotó hacia el jardín como si hubiese vivido allí toda su vida. La tensión de sus músculos y de un cuerpo alerta evidenció que la consideraba suya.
De vivir de cazar conejos en los acantilados azotados por el viento, mendigando trozos de comida de las bolsas de papel de los picnics y teniendo que pasar temporadas en las comisarías de policía de las aldeas, Jimmy, como lo bautizamos, pasó a tener casi todo aquello que podía pedir a la vida: un hogar, comidas diarias, frecuentes mimos, poder sentarse y tumbarse cómodamente y la dedicación de dos seres humanos. Antes de las veinticuatro horas de su llegada, a pesar de algunas tonterías que comentaron sus nuevos dueños con respecto a hospedarlo en un cobertizo, él se había establecido en la cama de su dueña, y siguió siendo el lugar donde dormía hasta que murió, catorce años más tarde. Fue asombroso lo rápido que pasó de ser aquella criatura mansa y que no ladraba que nos habíamos encontrado a ser un animal casi molesto por lo ruidoso que era, con un aire señorial y una belicosidad hacia cualquier criatura más grande que él y que habría honrado incluso a un piel roja en pie de guerra. De golpe se convirtió en el perro-jefe e hizo que el mundo lo supiera. Nunca un terrier ha sido más terrier —más desafiante, curioso e inquieto— que este perro blanco, con cabeza y orejas marrones, con manchas negras, con una pronunciada cola peluda y un carácter que nos había tomado Inesperadamente por asalto y que ahora dominaba nuestras vidas de forma implacable. Si él sentía que su autoridad y superioridad eran desafiadas en el más mínimo detalle por el resto de las especies, daba un alto y autoritario ladrido y se preparaba para la pelea. Ningún jefe del Tammany Hall, ningún dictador europeo era más apremiante y amenazador con respecto a sus poderes y sus derechos. Según la opinión que tenía de sí mismo, era el primero de todos en cualquier lugar donde entraba y, sin tener en cuenta el tamaño y la fuerza perruna, estaba dispuesto a obligar a cualquiera que lo retara a reconocerlo. Tampoco esperaba a que lo retasen: buscaba y alegremente los invitaba a pelear.
No obstante —y éste era su lado patético— una palabra dura, un palo hacia arriba en señal de castigo, una maleta abarrotada y dispuesta para un viaje que pudiera no compartir, y toda su confianza desaparecía como si una taza se vaciase de agua. Dejaba caer la cola, su cabeza colgaba y una mirada de indescriptible tristeza le llegaba a sus grandes ojos castaños. Incluso el chocolate, que de una manera misteriosa —y de la forma más inoportuna, viendo que se racionaba con rigor— dejaba claro que le encantaba por encima del resto de las comidas, no lo tocaba a pesar de ponérselo delante del hocico si su dueña se marchaba sin él. Hacia ella, con todo su apasionado desafío hacia un mundo que lo había maltratado trágicamente y que ahora había superado con tanto éxito, él volcaba un cariño tan inquebrantable y con tal entrega que yo nunca había visto nada igual en una criatura animal o humana.
Los primeros tres años de vida doméstica de Jimmy fueron años de guerra. Debieron de parecerle de una estática extrañeza. Su dueño, trabajando para los tres ejércitos, solía estar fuera, viajando en tren, por carretera y a veces por aire, mientras Jimmy permanecía con su dueña en la meseta arcillosa de Buckinghamshire. Creo que juzgaba esto como una auténtica privación, puesto que esencialmente durante toda su vida fue un perro que quiso estar fuera, en algún lugar. Le importaba poco dónde, siempre y cuando saliese, y aunque el viaje fuese corto. Salir de compras o simplemente para llevar el coche a una distancia de cien yardas a un garaje detrás de la casa lo anunciaba con un entusiasta e imperioso ladrido.
Al no poder reprimir sus instintos errantes en una época en la que se desaprobaban los viajes innecesarios, no sólo a los perros pequeños sino también a las personas no combatientes, él, en ese período de su vida, se marchaba con frecuencia. No es que quisiese dejarnos; al contrario, desde el comienzo mostró una absoluta fidelidad a la que nosotros correspondimos y siempre volvía con nosotros mostrando una apasionada devoción y contrición por habernos dejado. Pero no podía resistir su deseo de aventura. Sólo teníamos que dejar abierta una ventana o la verja del jardín y saldría a través de ella, y aunque al principio intentaba no ir más allá del montón de estiércol perteneciente a la pequeña propiedad del vecino —el club de perros de nuestra aldea— o pelear por un hueso con su gran enemigo y rival, el perro del granjero Hinton, que vivía al final del camino, a no ser que fuese rápidamente detectado y lo llamasen, probablemente se uniría a un soldado que fuese de paso o seguiría un rastro a través de los campos, y viajando a su extraordinaria velocidad —ya que podía dejar atrás una bicicleta deslizándose hacia abajo por la cuesta más empinada—, estaría pronto fuera de alcance, en esos días de escasez de gasolina, o lejos de nuestra vista. A esto le seguirían horas de agonizante búsqueda en los campos y los bosques vecinos, y cuando dicha búsqueda se volvía infructuosa, como ocurría casi siempre, había que llamar a lejanas comisarías, desde donde, normalmente tras caer la noche, sería recuperado en una bicicleta por su más que sufrida dueña.
En una de sus odiseas recuerdo que había seguido hasta un pueblo cercano a una mujer de las Fuerzas Aéreas que iba en bicicleta. Allí permaneció varias horas en el cuarto de las mecanógrafas en el cuartel general del Group of Bomber Operational Training Command, siendo acariciado y alimentado con galletas dulces y otros de sus alimentos favoritos, poco frecuentes en esos tiempos. Luego, mientras seguía la llamada de la carretera una vez más, o probablemente expulsado por una autoridad más alta irritada, se marchó a un aeródromo a unas cuantas millas de distancia, donde, se supone que cazando conejos, lo pillaron en la estela de un Wellington que partía, quedando atontado y muy impresionado por su experiencia aeronáutica, casi atropellado por un coche. A estas alturas —era más o menos la hora del té y había desaparecido en el desayuno— tuvimos la suerte de poder seguirle la pista gracias a haber telefoneado a toda la vecindad, incluido a nuestro vecino más augusto, el mismísimo vicemariscal del Aire, quien, como resultado de sus llamadas, nos pudo informar sobre sus aventuras. Pero para entonces había desaparecido otra vez y fue a las nueve cuando, desde una comisaría a siete millas de distancia, nos llamaron para informarnos de que una vez más se encontraba entre sus viejos amigos: los policías. Cuando lo recogimos, al precio de una nada desdeñable ración semanal de gasolina, lo encontramos formando parte de un círculo de solemnes policías en la chimenea de la comisaría, sentado con una expresión de gran inteligencia y escuchando una conferencia sobre la gasolina, aunque su felicidad seguramente provenía menos de su disfrute de la parte intelectual que de su disfrute de la asociación entre uniformes y comida. Eso sí, como siempre, saludó a sus rescatadores con una frenética alegría y volvió a casa ladrando como si reunirse con nosotros hubiese sido lo único que tenía en mente durante todo el día. Esta vez nos encontramos tan aliviados de ver que había vuelto sano y salvo que ni siquiera tuvimos corazón para decirle nada.
Normalmente se le castigaba por sus escapadas. Esto generalmente tomaba forma de una horrible penitencia llamada «agujero negro» donde se le desterraba, entre ruidos amenazantes, a una leñera o a un aparador, y se le dejaba allí durante unos diez minutos, media hora o incluso más tiempo, dependiendo de la gravedad del crimen cometido y del grado de exasperación que despertaba su mal comportamiento. Ése era un verdadero castigo para un perro que vivía cada momento con gran intensidad. Todavía puedo ver la mirada de desaliento y de vergüenza con la que, al oír las temidas palabras «agujero negro», se arrastraba hasta el lugar donde quedaba cautivo. Ni una sola vez —ya que era el más valiente de todos los animales— intentó aullar o escapar, pero permanecía allí con aspecto de inconsolable desaliento, con su cabeza apoyada en el suelo o tristemente arrimado contra la puerta hasta que su cruel castigo hubiera terminado. Entre tanto sus carceleros sufrían tanto como él mientras meditaban acerca de su desgracia y de su soledad hasta que incluso su implacable dueño ya no podía aguantar seguir pensando en la prisión y en los reproches del corazón compasivo de la dueña del perro y, ávidamente, se apresuraba, sin poder ocultar su impaciencia, a soltarlo. Generalmente había que hacerle unos cuantos minutos de mimos antes de que el perro recobrase la confianza en sí mismo y volviera a sentirse poderoso y seguro.
Porque, bajo la autoconfianza e incluso la arrogancia que le había concedido poseer un hogar, quedaba el recuerdo de lo que significaba no ser querido y no tener un techo bajo el que protegerse. La fiereza y la arrogancia de su actitud desafiante hacia sus compañeros perrunos provenía, estoy seguro, de los tiempos en que era un miedoso, triste y sucio vagabundo que pasaba por delante de las granjas llenas de buenas cosas, protegidas por un perro guardián orgulloso y agresivo que no le dejaba saborearlas. Hasta el día de su muerte creo que Jimmy no perdió nunca su profundo sentido del agradecimiento. Convirtió el vínculo entre él y aquellos que le habían proporcionado un hogar en algo más profundo que el lazo normal que se crea entre un perro y un hombre, y cualquier cosa que parecía amenazarle le llegaba al alma. Nunca olvidaré la mirada de terror que puso una vez cuando, cazando en unos arbustos al borde de la carretera, durante un alto en el camino de nuestro viaje en coche, lejos de su casa y de un lugar familiar, se le tuvo que llamar con el sonido del claxon; el miedo a que nos fuésemos sin él y lo condenásemos una vez más a una vida de vagar solitariamente le hizo olvidar de inmediato, en ese momento agónico, hasta la presencia de los conejos que acababan de aparecer. Y en otra ocasión, cuando lo llevamos a una peluquería para perros para cortarle el pelo y lo dejamos, probablemente de modo imprudente, hasta que fuimos a recogerlo, dos horas más tarde, lo encontramos en estado de shock, incapaz durante un rato de saber dónde estaba.
Sir Arthur Bryant
Publicado por Antonio F. Rodríguez.

