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Julio José Iglesias de la Cueva. Más conocido como Julio Iglesias. El cantante español más popular de todos los tiempos. El hombre del traje blanco, la sonrisa llena de dientes, la piel morena, el gesto algo cansado de un sinvergüenza encantador, las señoritas exóticas, los casoplones y los millones. Todo un espectáculo de revista del corazón.
En El español que enamoró al mundo (2025), Ignacio Peyró ha escrito una entretenida biografía acerca de uno de los mitos de la canción popular moderna. Y es que Julio Iglesias no está hecho para los intelectuales, los rebeldes o los adictos a la canción protesta. La del madrileño es una canción melódica suave, algo amanerada, quizá hasta cursi, un tanto rancia y vacía de cualquier mensaje. Por eso precisamente ha tenido tanto éxito. Al igual que los pasteles, está hecha para gustar a cualquiera. Nadie le hace ascos a un dulce. Uno se lo traga sin pensarlo demasiado.
Julio Iglesias es un tipo razonablemente guapo, que canta bien, enamora a todo el mundo durante un par de horas y luego se larga en su avión privado a seguir derramando melaza a través del micrófono. La vida me ha hecho así, canta el divo con sonrisa pícara y guiñando ligeramente un ojo. Ha entendido como nadie la complicidad con el común de los mortales. Por eso su talento le ha procurado un chorro de millones («como un grifo que alguien se olvidó de cerrar», escribe Peyró).
Los orígenes familiares de Julio Iglesias son convencionales, sin problemas. Parentela burguesa y conservadora madrileña, pero de origen gallego. El padre, don Julio Iglesias Puga, era un conocido ginecólogo, simpático y dicharachero, con una buena cartera de amigos y contactos. La madre, una mujer de su época y clase: en casa, aguantando las aventuras del marido y rezando el rosario por las tardes. La clase media española suspiraba en los desarrollistas años sesenta por un hijo abogado o un yerno ingeniero, a poder ser de Bilbao. Julio iba para abogado. Al principio, no lo tuvo fácil. Una cruel enfermedad lo postró en cama durante muchos meses. Colgó los estudios. Hizo sus pinitos como portero del Real Madrid. Protagonizó una película olvidable: La vida sigue igual (1969). Pero Julio rascaba la guitarra. Tenía gusto, buena voz, mejor cabeza y sana ambición. Su padre le apoyó. Se fue a Londres. Y de allí salió su primer éxito: Gwendolyne.
Como muy bien dice Ignacio Peyró, el ascenso de Julio no fue fulgurante, pero sí seguro e imparable: Benidorm, San Remo, Ámsterdam, América. El libro repasa con gracia las aventuras de Julio, sus comienzos titubeantes, la gente que le ayudó a subir, la boda con Isabel Preysler, la china, en 1971, los hijos, la familia, la fuerza y ambición de un hombre que ha dado muy pocos traspiés en su carrera profesional hacia el estrellato. A principios de los años ochenta Julio Iglesias cantaba en catorce idiomas y era el artista más vendido desde Albacete hasta Japón, pasando por Belfast. No tenía rival.
Cuando dio el paso a los EE. UU., Julio fue el equivalente con pajarita y micrófono a Michael Jackson o a su admirado Sinatra. El latino número uno también enamoró a los WASP. Un verdadero sheriff. Mansión en Miami, unos cuantos yates, aviones privados, piscinas de mansión romana y lujo, mucho lujo, lujo a granel. Los valores de Julio eran los de EE. UU. en la era de Reagan: individualismo, trabajo duro y obediencia debida al gusto popular. El cantante español se hizo amigo hasta de Nancy Reagan, la primera dama. En los EE. UU. si te ven con un Rolls no te lo rayan, sino que te admiran, dice con gracia Peyró. Y es que el cantante de derechas, para las señoras de derechas, sus hijas casaderas de derechas y sus familias de derechas, como escribió Francisco Umbral, nunca defraudó a sus fieles. Y él siempre ha sido fiel a su ideología liberal-conservadora, por supuesto.
Un suceso tremendo ocurrió a finales de 1981: el secuestro del doctor Iglesias Puga, el entrañable Papuchi, por ETA, en un «arrebato de frivolidad», según Maruja Torres. El doctor Iglesias fue engañado por unos etarras que se hacían pasar por periodistas alemanes. Contaban con un cebo infalible: una rubia escultural que encandiló al mujeriego Papuchi. El caso es que pescaron al ginecólogo, lo llevaron a Trasmoz (aldea zaragozana a los pies del Moncayo; lean a Bécquer) y lo metieron en un zulo. El jefe del comando etarra ostentaba un nombre tan poco euskaldún como Benito. La cosa terminó bien y la policía liberó en pocas semanas al doctor Iglesias. A partir de ahí, el otro Julio, el de Miami, reforzó las medidas de seguridad de la familia («hay personas que no me quieren, es más, me quieren fatal», comentó entre estoico y asustado). Las páginas dedicadas al secuestro son descacharrantes.
En conclusión: un libro estupendo, ameno, bien escrito, divertido e irónico sobre un grande de nuestro país, con todos los «peros» que se quieran y alguno más que se encuentre. Pero algo tendrá de especial quien salió del barrio de Argüelles, enamoró al mundo, se convirtió en el rey Midas de la canción melódica y se hacía traer marisco gallego en avión unas dos veces por semana. Porque solo con suerte no se consigue todo eso. Vamos, digo yo. Recomendable.
Ignacio Peyró (1980) es un periodista y escritor nacido en Madrid. Tiene estudios de Derecho, Filología y Ciencias de la Documentación. Ha trabajado en innumerables medios de información españoles y extranjeros: El País, El Mundo, ABC, La Vanguardia o La Gaceta de los Negocios. Entre 2011 y 2017 trabajó redactando discursos para el presidente del gobierno Mariano Rajoy. Como escritor, destaca su monumental e imprescindible Pompa y circunstancia: diccionario sentimental de la cultura inglesa (2014). Ignacio Peyró es una especie de tory a la española, muy alejado de la derecha agreste celtibérica. En la actualidad es director del Instituto Cervantes de Roma.





