viernes, 7 de abril de 2023

Hacia la solución final - George L. Mosse

 

Título: Hacia la solución final                                                                                             Autor: George L. Mosse

Páginas: 380 pág.

Editorial:
La esfera de los libros

Precio: 22,90 euros

Año de edición: 2023

Este estudio pionero (publicado originalmente en 1978) expone analíticamente el recorrido del racismo europeo desde el siglo de las luces hasta su atroz apogeo durante el Holocausto nazi. George L. Mosse, su autor, fue uno de los grandes historiadores de la cultura nazi y prenazi. Los trabajos del profesor Mosse marcaron la pauta para la investigación de las corrientes culturales e ideológicas que culminarían en lo que se entiende genéricamente como fascismo.

Mosse demostró que los movimientos totalitarios de derecha poseían una fuerte impronta intelectual, a menudo negada. No fueron ni un accidente ni una locura, sino la exacerbación de ideas que circulaban desde hacía mucho tiempo por la cultura occidental. Estas ideas fueron expresadas mediante mitos, símbolos y liturgias colectivas que llegarían a conformar verdaderas religiones políticas. El racismo fue esencial en la construcción del mito nazi, pero venía de muy atrás. El autor encuentra el origen del racismo nada menos que en la Ilustración. Esto puede sorprender, pero fue en el siglo XVIII cuando se abordó por vez primera de modo empírico la clasificación de los distintos miembros de la especie humana. Ordenar y clasificar, obra de la razón, fue tarea de sabios ilustrados como Kant, Buffon o Linneo. Estaba naciendo la ciencia moderna. 

En principio, no se entraba en juicios de valor, asumiendo el carácter relativo de las culturas humanas dentro de un enfoque universalista. Sin embargo, el colonialismo, la expansión europea, convirtió al otro, oriental o negro, en un inferior. Muy pronto se pasó de la clasificación a la jerarquización y la discriminación. Arriba, el blanco; abajo, el hombre de color. El racionalismo del siglo XVIII sería además cuestionado por movimientos religiosos como el pietismo, con su énfasis en la experiencia interior. El subjetivismo abrió camino al racismo con sus juicios de valor arbitrarios. A su vez, el arte neoclásico, definido entre otros por Winckelmann, estableció que el prototipo de la belleza humana eran las esculturas griegas y romanas con su deslumbrante blancura. El gusto estético fue esencial en el racismo. En la gran cadena del ser, Apolo alcanzaba la matrícula de honor; el orangután, sacaba un cero. Muchos se empeñaron en meter a seres humanos en la misma jaula del orangután.

El racismo acabo por definirse como una ideología de impronta pseudocientífica, pero con una gran carga de irracionalidad. Y es que el gusto estético, completamente subjetivo, se convirtió en una categoría absoluta. Cundió la sinrazón: la belleza exterior era el reflejo de la moralidad interior. El concepto de alma racial mostraba las dos vertientes del racismo: la crudamente biológica y la mística. Lo bello a los sentidos occidentales indicaba la superioridad moral e intelectual. Lo bueno se asoció con la belleza greco-nórdica; lo malo, con todo lo extraeuropeo. De la clasificación objetiva se pasó al insulto, y de ahí a las atrocidades (innumerables durante la era imperialista). 

Se medían cráneos e índices cefálicos para categorizar a los seres humanos. Los negros estaban en el escalón inferior. Algunos incluso les negaban la condición humana. Los hallazgos de Darwin, la eugenesia de Galton y la nueva biología racial convirtieron el racismo en una ideología aparentemente respetable a lo largo del siglo XIX. La sociedad era como la naturaleza: en ella, los más aptos sobreviven, y los inútiles, perecen. El darwinismo social se convirtió en el sentido común para millones de europeos.

Mosse añade algo crucial, que siempre acompañará al racismo en todas sus variantes: la raza superior blanca se asocia con la moralidad burguesa y sus valores de trabajo, orden, conservadurismo, individualismo y pulcritud. El blanco era superior y decente. El no blanco, lo contrario. El racismo resultaba halagador para muchos europeos que ni siquiera eran racistas. 

En Europa, el otro estaba representado más por el judío que por el negro. La imagen tradicional del judío como usurero sin escrúpulos venía de la edad media, formando parte del imaginario popular europeo. La emancipación judía en el siglo XIX amplió esos tópicos. Ahora el judío era un duro competidor para unas clases medias cristianas progresivamente intoxicadas de racismo. El judío ocupará el papel del demonio en el credo racista. Wagner, los discípulos de Gobineau y Chamberlain fueron articulando un nuevo racismo antisemita que acarreaba la herencia de siglos de antijudaísmo cristiano tradicional. 

El judío simbolizaba el capital financiero, el arte moderno y el peligro revolucionario. Los hebreos eran la concreción de los terrores abstractos de la modernidad que obsesionaban a las clases medias. Y llegó 1914, la derrota alemana en 1918 y al año siguiente, 1919, la fundación en Baviera de un grupúsculo nacionalista en donde ingresaría un cabo desmovilizado del ejército alemán llamado Hitler. Las ideas se harían realidad. 

Este libro magistral ofrece en poco más de 300 páginas un recorrido apasionante por los márgenes poco transitados de la cultura occidental, pero que tendrían unas consecuencias insospechadas. El rigor histórico de Mosse le impide entrar en excesivos juicios de valor, ya que se preocupa ante todo por explicar, pero advierte que el racismo es una historia que, desgraciadamente, no ha concluido. Libro esencial para entender lo que en un principio parecería incomprensible por grotesco y estúpido.

George L. Moss

George Lachmann Mosse (1918-1999) fue uno de los grandes historiadores del siglo XX. Nació en Berlín en una rica familia de la alta burguesía judía. Sufrió el antisemitismo. Los Mosse abandonaron Alemania para siempre en 1933. George estudió en las universidades de Cambridge y Harvard. Durante décadas fue profesor en la universidad de Wisconsin hasta su fallecimiento. 

Estudió científicamente aquellos acontecimientos que hubo de sufrir durante su juventud. Como experto en historia cultural y de las mentalidades, abordó la investigación de fenómenos como el racismo, el antisemitismo, la sexualidad, la ideología fascista o el culto al soldado desconocido. Acuñó conceptos e ideas que hoy emplean todos los historiadores. Quizá su obra maestra sea «La nacionalización de las masas» (1975), en donde analiza el proceso de construcción nacional alemán a través de los símbolos, los monumentos y las ceremonias colectivas.  

Publicado por Alberto.

jueves, 6 de abril de 2023

Principiantes - Raymond Carver

 

Título: Principiantes                                                                                                           Autor: Raymond Carver

Páginas: 320 pág.

Editorial:
Anagrama

Precio: 19 euros

Año de edición: 2010

Pocas ocasiones hay como ésta de entrar en la cocina de un escritor y ver cómo ha ido variando los textos de sus cuentos. Y la ocasión es de oro si hablamos nada más y nada menos que del gran Raymond Carver, uno de los mejores cuentistas que se pueden leer, que dejó una huella amplia y profunda en el género, paradigma del llamado realismo sucio y un trueno de escritor.

Como es sabido, es uno de los maestros de la concisión, del mucho decir en pocas palabras. Para avanzar en el camino del minimalismo, hubo dos editores que le influyeron notablemente, John Gardner y , sobre todo, Gordon Lish. Alguien dijo una vez que donde Gardner le había aconsejado utilizar 15 palabras en lugar de 25, Lish le indicó que usara 5 en vez de 15. Los buenos editores tienen una influencia muy poderosa en los autores que publican, más de lo que se suele creer; muchas veces les hacen coaching, pero este caso parece un poco exagerado.

Carver tuvo siempre una relación de amor-odio con este último editor, que le recortaba los textos sin misericordia. Por un lado, estaba agradecido. «Si tengo alguna posición, reputación o credibilidad en el mundo, te lo debo a tí» le escribió en una carta. Pero por otro lado, se sentía enormemente frustrado. Se han cruzado muchas opiniones sobre si Lish estropeó o mejoró la escritura de Carver; Stephen King, por ejemplo, prefiere los textos originales, pero también es cierto que Carver no sería la gran figura que es sin la influencia de su editor.

Pues bien, tenemos la oportunidad de hacer la comparación nosotros mismos, gracias a que están disponibles en un volumen titulado «Principiantes» los 17 relatos que componen uno de sus libros más logrados: «De qué hablamos cuando hablamos del amor» (1981). En este caso, Gordon Lish le devolvió el original a Carver lleno de modificaciones, tachaduras y enmiendas: en total, redujo el número de palabras a la mitad y modificó la mayoría de los finales. El libro se publicó así y fue un auténtico bombazo.

Pero el autor quedó tan descontento que prometió que algún día publicaría estos relatos con su extensión original. Después de su muerte en 1988, su viuda, la poeta Tess Gallagher, cumplió el deseo de su difunto marido y publicó este libro con las versiones originales en 2009.

En la tabla de abajo, figuran el título original, el título modificado por el editor y el tanto por ciento de palabras suprimidas por Lish, que oscilan entre el 1 y el 78 %, y en conjunto constituyen un 50 %. He puesto en negrita la versión que más me ha gustado en cada caso, aunque es verdad que he notado cierta tendencia a preferir la que he leído primero.

En conjunto, me han parecido mejores 9 de los cuentos originales, 6 de los modificados y en 2 casos, ambas versiones me han parecido aproximadamente igual de buenas. Así que sí, creo que el libro de Carver es superior al de Carver-Lish. Sus relatos son más sugerentes, tienen más aristas y aspectos a considerar; al tener más extensión, el lector se empapa más de la historia y tiene tiempo para dejarse llevar y que se le ocurran más aspectos interesantes de lo que lee. Hay verdaderas obras maestras, como «Por qué no bailáis», «¿Quieres ver una cosa?», «Si ello te place» y el que da título al volumen, «Principiantes».
 
También es verdad que en los relatos podados hay una apuesta más radical y rompedora en favor de un laconismo a ultranza; si era el momento de hacer una revolución, la apuesta más extrema tuvo más efecto y probablemente así estos cuentos han tenido más impacto e influencia. También se extrema la contención, la frialdad, ya que se suprimen algunos momentos en los que los protagonistas muestran explícitamente sus sentimientos, otro punto que da mucho juego en los originales, pero que va en contra de uno de los principios del realismo sucio: objetividad, neutralidad y que la pasión la ponga el contexto.  Y en lo que el editor gana al autor en todos los casos es en los títulos, los modificados me parecen mucho mejores que los originales.
 
En cualquier caso, podéis hacer la comparación vosotros mismos y formaros una opinión. «Principiantes» es un libro muy difícil de encontrar, está agotado, pero se encuentra en bibliotecas públicas de Madrid capital. En cuanto a «De qué hablamos cuando hablamos de amor», se puede comprar o encargar en cualquier librería sin problema.

Por cierto, la traducción de este volumen es excelente y corrió a cargo de Jesús Zulaika Goicoechea (Bilbao, 1948), un gran traductor acostumbrado a producir buenas versiones en español de autores como Martin Amis, William Faulkner o Richard Ford,

Raymond Carver (Clatskanie, Oregón, 1938-1988), es uno de los mejores cuentistas estadounidenses y decir eso, cuando la competencia es tan dura (Fitzgerald, Faulkner, Cheever, Caldwell, Twain...) es decir mucho. Se dice que el cuento es un género típico en los EE. UU. y Carver es un hito fundamental en su evolución.

Es uno de los principales autores del llamado realismo sucio, un movimiento surgido en los años 70 en el que se cultiva el minimalismo, en el que la narración se reduce a sus elemento esenciales dejando al contexto la tarea de completar el sentido de lo que se cuenta.

Hijo de un trabajador de un aserradero, alcohólico y de una camarera, Carver publicó un buen número de cuentos que han fascinado a toda una generación de escritores. Estuvo casado dos veces, fue alcohólico, consiguió dominar la bebida a partir de 1978, pero murió joven de todas formas, a los 50 años, de cáncer de pulmón. En este enlace podéis leer en línea algunos de sus cuentos .

Raymond Carver en su estudio

Publicado por Antonio F. Rodríguez.