![]() |
| Manuel Chaves Nogales |
El muerto insepulto y transeúnte
Yo era peluquero y en mi oficio llegué a gozar de una envidiable reputación. Reconozco que jamás tuve ocasión de salir de las modestas peluquerías de los barrios extremos, pero esto no me quita mérito. Debía esa postergación a mi modestia, a mi carácter pusilánime. Nada más. Pero no tenía tampoco mayores aspiraciones. En mi pequeña barbería me sentía muy a gusto y mi arte la suavidad de mis manos y la dulzura de mis maneras, eran dotes apreciadas en cuanto valían por mis humildes parroquianos.
Cuando cumplí veinte años, me hicieron soldado, ingresé en el cuartel y pasé días horribles entre aquellos hombres violentos e implacables. Me abrumaban con el peso de armas y correajes, me rendían con caminatas terribles y ejercicios sin fin y toda mi blandura, mi naturaleza dulzona y aristocrática de oficial de barbería hubo de resentirse gravemente. Cuando se convencieron de que yo no servía para aquel bárbaro ajetreo me mandaron a la peluquería del regimiento donde recobré algo el sosiego. Allí estuve algún tiempo. Todos los soldados reconocieron que yo era un hombre superior por la inusitada suavidad, el miramiento con que rapaba sus testas esquinadas y sus barbas salvajes. Vuelto así a mi elemento me sentí orgulloso de mí mismo y de mi arte.
Pero se declaró la guerra; nos movilizaron y de la noche a la mañana, me encontré sobre el campo de batalla frente a unos feroces enemigos y cargado otra vez con armas y correajes. Allí no había escapatoria; en la guerra la gente no se corta el pelo ni se deja afeitar ―de ello deduzco yo la barbarie de las guerras―, y quieras que no, se empeñaron en hacer un bravo guerrero de un humildísimo rapabarbas. Puse todo mi empeño en conseguirlo, pero no fue dable.
Así las cosas, nos metieron en fuego por primera vez. Yo iba desde el primer instante más muerto que vivo. Al poco rato de avanzar frente al enemigo, comenzaron a silbar las balas. Un soldado que marchaba junto a mí dió de pronto una zapateta bastante ridícula y se cayó de espaldas echando sangre por la boca No pude ver más; se me cerraron los ojos y así seguí avanzando, a tientas, mientras oía a lo lejos el zumbido de las balas
De pronto oí un silbido más fuerte que los demás; aquella bala venia por mí. En efecto; sentí un terrible golpe en el pecho y me dí cuenta de que caía mortalmente herido. Unos minutos después yo fallecía; estaba muerto, irremisiblemente muerto.
Yo me daba cuenta aún de algo de lo que por fuera pasaba, pero por dentro de mí, en los entresijos de mi ser, muerto y bien muerto me sentía. Así estuve varias horas; me preocupaba mucho la posibilidad de que los buitres viniesen a comerme; pero no veía el medio de evitarlo. Indudablemente me comerían. Y vendrían también los cuervos y me sacarían los ojos…
Vinieron unos camilleros y unos médicos. Me recogieron con pocos miramientos y dándome trastazos. Me arrumbaron en un furgón automóvil. iOh si los cadáveres pudiéramos quejarnos! Cuando ya se disponían a enterrarme, como era su obligación, uno de aquellos médicos estuvo registrándome y atosigándome de una manera cruel. Le oí decir que yo no estaba muerto, cosa que me hizo reír de buena gana para mi calavera, que es como únicamente podemos reírnos los muertos aún no descarnados. Aquel bárbaro insistió en sus masajes, sus inyecciones y sus inhalaciones farigosas hasta hacerme abrir los ojos e incorporarme. Aquello era de una crueldad inaudita pues lo menos que se puede hacer con los muertos es dejarlos descansar en paz.
Obligado fieramente, acosado por todas partes, de tal modo que el mismo médico estaba ya exasperado, me hicieron hablar, no sẻ cómo, pues no recuerdo el caso de ningún cadáver parlante.
Cuando pude hacer uso de la palabra, la empleé en manifestar a aquellos señores el deseo de reposo eterno que, como buen cadáver tenía. Formulé, pues, la petición de que me enterrasen Para que aquellos caballeros perdiesen las vanas sospechas de que yo estuviese aún vivo.
Estas palabras, sensatas, les dejaron estupefactos y como yo las repitiera muy cuerda y respetuosamente, lo tomaron a mal y, poniéndome en pie sobre mis inseguras piernas de fallecido, me atizaron tal puntapié en el trasero, que yo admití la posibilidad de morirme por segunda vez.
De entonces acá mi vida de cadáver insepulto y viandante ha sido un verdadero martirio. He escuchado los mayores insultos y he sufrido los castigos más atroces.
Ante mi obstinación en declarar mi estado, se han burlado de mí y me han desmentido categóricamente llamándome impostor. ¡Claro! Como no he podido sacar la cédula de cadáver que por clasificación me corresponde, nadie me cree. Me han formado consejos de guerra, me han encarcelado, he sido deportado y últimamente me he visto convertido en quincenario profesional.
¿Y todo por qué? Por mantener firmemente la íntima convicción de que soy un fallecido; una víctima del heroísmo. Nadie me cree. Y ahora, en secreto, yo mismo he empezado a dudar. Muerto bien muerto estoy, aunque me hagan andar, hablar y moverme artificialmente. Desasido de todas las cosas de este mundo me hallo y ni voluntad ni amor, ni nada de lo que los vivos tienen he conservado. Pero de vez en cuando, me asalta una irrefrenable apetencia de callos, longaniza o chuletas de huerta. Y la verdad, soy el primer cadáver con apetito que conozco.
Esto me hace tener mis dudas.
Manuel Chaves Nogales, 1924
Publicado por Antonio F. Rodríguez.

No hay comentarios:
Publicar un comentario