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domingo, 28 de mayo de 2023

El decrecimiento puede funcionar

 

El caracol, símbolo del decrecimiento, en referencia a la idea de estrategia del caracol de Iván Illich

Hace algunos meses, la prestigiosa revista científica Nature publicó un artículo titulado «El decrecimiento puede funcionar: así es como la ciencia puede ayudar», firmado por ocho expertos en economía ecológica.

El decrecimiento es un término que agrupa un conjunto de teorías e ideas económicas, pero también políticas y sociales, que critican el paradigma de la economía basada en el crecimiento continuo. En épocas pasadas, cuando la población mundial y el tamaño de la economía eran sensiblemente menores, parecía que era posible mantener un crecimiento sostenido y la naturaleza se gestionaba como un repositorio de materias primas y fuentes de energía inagotable. 

Sin embargo, actualmente hay cada vez más datos que evidencian que o estamos cerca de sobrepasar o hemos sobrepasado ya los límites del planeta en cuanto a materias primas y energía, tal y como se explica en «Petrocalipsis» y «Sin energía». Por otro lado, el día de sobrecapacidad de la Tierra —la fecha en la que cada año hemos consumido los recursos que el planeta puede generar en 12 meses— se adelanta año a año; para el 2023 ha sido el 12 de mayo.

En el artículo mencionado, los autores sostienen que es posible una nueva economía si los países abandonan el dogma de que hay que buscar el crecimiento de la producción a toda costa, independientemente de lo que se necesite. Da la sensación de que no es posible seguir aumentando el PIB, mejorar la vida de los ciudadanos y reducir el daño medioambiental. 

La nueva economía del decrecimiento incluiría las siguientes medidas: 

  • Reducir los sectores más destructivos como los combustibles fósiles, la carne y los productos lácteos producidos en masa, la moda rápida, la publicidad, los automóviles y la aviación, incluidos los aviones privados. Al mismo tiempo, es necesario acabar con la obsolescencia programada.
  • Garantizar el acceso universal a servicios públicos de salud, educación, vivienda, transporte, Internet, energías renovables y alimentos básicos. Los servicios públicos universales pueden producir beneficios sociales considerables con un consumo moderado de recursos.
  • Garantizar puestos de trabajo verdes en actividades urgentes y necesarias, como instalación de energías renovables, aislamiento de edificios, asistencia social, protección de ecosistemas. Esta idea podría combinarse con una Renta Básica Universal.
  • Reducir el tiempo de trabajo, adelantando la jubilación y reduciendo la jornada laboral, lo que disminuiría las emisiones de carbono, repartiría mejor la riqueza y dejaría tiempo libre para actividades comunitarias.
  • Cancelar las deudas injustas e impagables de los países de bajos y medianos ingresos, frenar el intercambio desigual en el comercio internacional y crear las condiciones para que la capacidad productiva se reoriente hacia el logro de objetivos sociales.
Hay países que ya están implementando medidas de este tipo. Sin embargo quedan retos muy importantes que resolver, en los que hay que investigar, como por ejemplo: eliminar las dependencias macroeconómicas del crecimiento económico (el bienestar se financia con los ingresos fiscales; el rendimiento derivado del crecimiento de las empresas es lo que atrae la inversión...); cómo financiar los servicios públicos si no hay crecimiento; gestionar la reducción de la jornada laborar; reformar los sistemas de aprovisionamiento de materias y energía (ningún país satisface actualmente las necesidades de sus habitantes de manera sostenible), y especialmente, cómo cambiar la mentalidad de la sociedad y sus dirigentes (actualmente el crecimiento económico se admite de manera generalizada como un indicador de éxito en la gestión).

Nos enfrentamos a grandes retos, pero parece que un gran cambio es inevitable si queremos sobrevivir como una sociedad en la que el bienestar de los ciudadanos es relevante.

El artículo completo (en inglés) está aquí:

 «El decrecimiento puede funcionar: así es como la ciencia puede ayudar».

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 12 de marzo de 2017

Ciencia en el tiempo de la posverdad - Javier García Martínez

http://www.acelerame.org/javier-garcia-co-fundador-de-celera-emerging-researcher-award/

Se ha publicado recientemente un articulo en prensa acerca de un concepto engañoso al que se da en llamar posverdad.  El autor denuncia que el acceso a la información, fácil y al alcance de todos gracias a las nuevas tecnologías, no se traduce necesariamente en una mejora del conocimiento, sino en una mayor facilidad para resaltar una opinión subjetiva sin confirmarla científicamente y a la vez, una mayor facilidad para la difusión de errores que no se comprueban.


Javier García Martínez (Logroño, 1973)  es catedrático de Química Inorgánica en la Universidad de Alicante, experto en nanotecnología e hidrocarburos, es uno de los investigadores españoles de mayor proyección internacional. Se ha formado en el prestigioso MIT, ha fundado en EE. UU. Rive Technology Inc. y es cofundador de Celera, un acelerador de jóvenes con talento.

Publicado por John Smith.

domingo, 2 de agosto de 2015

Enseñanza, ciencia e ideología en España (1890-1950) - Manuel Castillo y Juan Luis Rubio


Título: Enseñanza, ciencia e ideología en España (1890-1950)
Autores: Manuel Castillo y Juan Luis Rubio

Páginas: 333
 

Editorial: Vitela
 

Precio: 25 euros 
 
Año: 2015 


Esta libro, escrito por dos profesores  e investigadores de la Universidad de Sevilla, resume la historia de la investigación en España desde un punto de vista organizativo y político, abordando los esfuerzos dedicados a desarrollar esas actividades durante el final de la Restauración borbónica, la Segunda República y el Franquismo.

En 1909 se creó la llamada Junta de Ampliación de Estudios (JAE), bajo la direccion de Santiago Ramón y Cajal, Premio Nobel de Medicina en 1906 por descubrir las neuronas, con el objetivo fundamental de organizar y financiar estancias de los mejores científicos españoles en la universidades americanas y europeas.

Se creó así un notable ecosistema de científicos e investigadores, como el gran físico Blas Cabrera, los matemáticos Julio Rey Pastor y Luis Santaló, el químico Enrique Moles, Severo Ochoa (Premio Nobel de Medicina en 1959), Odón de Buen, pionero de la Oceanografía y muchos más. Incluso, Albert Einstein aceptó dirigir una Cátedra Extraordinaria en la Univeridad Central de Madrid (hoy Complutense).

Sin embargo, el Gobierno de Burgos presidido por Franco disolvió en 1937 la JAE para «poner la vida doctoral española bajo los auspicios de la Inmaculada Concepción de María». El desmoche que vino después fué espantoso. No sólo fueron los cuatro famosos catedráticos, Agustín García Calvo, José Luis Aranguren, Julián Marías y Enrique Tierno Galván, los perseguidos, fueron muchos más. De 580 catedráticos que había en 1936, 20 fueron fusilados, 150 expulsados y 195 se exiliaron.

Poco después, en 1939, se creaba el Consejo Superior de Investigaciones Científicas bajo la dirección de José María Albareda, miembro del Opus Dei que luego sería ordenado sacerdote, para «la restauración de la clásica y cristiana unidad de las ciencias destruida en el siglo XVIII». Se prohibió «El origen de las especies» de Darwin y se introdujeron algunos párrafos del Génesis en los libros de texto. En el auditorio de la Residencia de Estudiantes fué demolido y en su lugar se edificó una iglesia. En suma, la censura, la escasa visión y la falta de libertad de pensamiento y expresión lastraron gravemente la cultura y la investigación españolas.

Sin embargo, durante años circuló la especie de que la ciencia española anterior a la Guerra Civil española era practicamente inexistente y la Historia aparecia en muchos aspectos una mera prolongación del espíritu del 98. Lamento decirlo, pero me parece que no nos hemos recuperado totalmente de aquella época, nefasta para la ciencia. Todavía está pendiente completar la reforma del CSIC, un organismo de funcionarios-investigadores presidido actualmente por segunda vez por Emilio Lora-Tamayo, hijo de Manuel Lora-Tamayo, Ministro de Educación con Franco y también presidente del CSIC, entre 1967 y 1971. 

Este libro, con un tono militante y reivindicativo, pero con la objetividad que aportan la profusión de citas, datos y pruebas, repasa la historia de esos convulsos sesenta años, lo que no está mal para ayudarnos a conocer mejor nuestro pasado, saber de dónde venimos y no repetir errores cuyas consecuencias ya conocemos.
  
Laboratorio de investigación en los años 60

Manuel Castillo Mayoral es Catedrático de Historia de la Ciencia de la Universidad de Sevilla. Ha estado enseñando en las Universidades de Salford, Manchester, Hamburgo, Querétaro y San Luis de Potosí, y ha desarrollado una larga carrera científica en el campo de la Historia de la Ciencia y de la Técnica, con publicaciones tan curiosas e interesantes como «Bartolomé de Medina y el siglo XVI: un sevillano lleva la revolución tecnológica a América», premiado con el Premio de Investigación Ciudad de Sevilla en el año 2000. 

Juan Luis Rubio Mayoral es Profesor Titular de Teoría e Historia de la Educación de la Universidad de Sevilla. Es autor de numerosos artículos de investigación y de varios libros como «Disciplina y rebeldía. Los estudiantes en la Universidad de Sevilla (1939-1970)».
   
Franco junto al Ministro de Educación Joaquín Ruiz Jiménez en la inauguración en 1954 del 
Instituto Nacional de Ivestigaciones Agrarias (CC BY-SA 3.0 Eugenio Morales Agacino's Photographic Archive)

Publicado por Antonio F. Rodríguez.