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| Arturo Uslar Pietri |
La
siembra de ajos
En lo oscuro del templo fue
encendiendo una a una las diez velas, frente a la imagen imponente cubierta de
exvotos. La luz amarilla le iluminó la figura sólida. Era un negro joven y
recio. Mientras se arrodillaba con el sombrero de paja plegado bajo el brazo,
oyó con extrañeza en el silencio crujir la suela de sus alpargatas. Comenzó a
rezar con voz dura de campesino, sin inflexiones, monótonamente. A cada palabra
la luz se reflejaba en sus dientes, blanquísimos y parejos.
Cuando salió empezaba a
anochecer. Sentía contento de haber cumplido su misión. Había venido a pie,
caminando durante tres días para cumplir aquella promesa. Su madre, agonizando
en el rancho del conuco, había ofrecido a aquella Virgen milagrosa que, si le
salvaba la vida, su hijo iría hasta la iglesia de aquel pueblo a rezarle y
encenderle diez velas. La mejoría había sido rápida. Al poco tiempo la vieja
estaba de nuevo en pie, y el mozo tuvo que salir a cumplir la promesa, con poco
bastimento y algún dinero.
Ahora quedaban allí las
oraciones rezadas y diez velas encendidas; pero ya no le quedaba dinero para el
regreso.
Tenía que buscar algún trabajo
de unos días que le permitiera economizar lo necesario para el viaje.
No tardó mucho en encontrarlo.
Unos peones con quienes trabó conversación en la pulpería lo mandaron a la vega
del isleño.
Al día siguiente, por el alba,
comenzó a trabajar.
* * *
Doblado sobre la tierra,
aporcaba los surcos con movimientos iguales, la cabeza gacha sacudida por el
golpe de la escardilla al extremo de los brazos. A cada golpe una profunda
respiración le resbalaba por el negro tórax desnudo. Se veía los pies terrosos
y cuarteados entre la tierra removida, que daba olor a sueño y a lluvia.
A ratos se interrumpía, alzaba
la cabeza, se secaba el sudor del rostro con el dorso de la mano y apoyado
sobre el cabo de la herramienta miraba el paisaje. La vega estrecha entre
colinas, manchada a pedazos de tierra fresca y de verdor de cultivos; más lejos,
junto al bosque de samanes que cerraba el fondo, otro peón; más cerca, a la
sombra de un mango enorme, frente al establo de las vacas, cruzaba el isleño,
amo de la plantación; y junto al establo, en el corredor chato de la casa del
amo, veía a la hija mulata con un traje de flores rojas y azules. Pero sobre
todo se destacaba el verde profundo de la siembra de ajos, con sus juncos
lisos, como una laguna.
Se inclinó de nuevo sobre la
tierra y volvió a su labor. A cada golpe la respiración profunda le sacudía el
cuerpo. El sudor corría, goteaba y caía sobre su sombra deformada en el surco
como el contorno de un animal.
Sintió primero una impresión
de frescura desde los cabellos hasta las piernas. Era la brisa. A su contacto
se incorporó de nuevo para mirar hacia la siembra de ajos. Los tallos lisos se
agitaban suavemente. Abrió la boca hacia la brisa y cerró los ojos, esperando.
No tardó en llenarse el aire del olor penetrante del ajo. Un frío escozor lo
conmovió. Tragó saliva por la garganta reseca. Respiraba a profundas bocanadas
sedientas el olor áspero y tibio de ajos. Se pasó las manos por el pecho y
sintió la piel erizada. Sólo entonces abrió de nuevo los ojos y miró hacia el
corredor de la casa del isleño. Allá estaba el traje floreado de la mulata.
Miraba con fijeza y fuerza como para borrar la distancia. El olor penetraba por
todos sus poros y lo inundaba.
Veía e imaginaba lo que no
veía. Casi le hablaba y la sentía en el olor de ajos. La temperatura de su
piel. «Quemas, mulata». El moño oscuro que le remataba el pelo, para tirar de
él hasta que abriera la boca carnosa. «Te muerdo, mulata». Hasta que los brazos
de ella lo apretaran, lo apretaran recio para cortarle la respiración. «Huele a
ajo, mulata». Hasta que los dos desaparecieran y se consumieran en aquel olor
espeso y cálido.
Olía a sudor fresco. Todo el
campo era de carne dura, sudorosa, con un vaho casi verde de ajos. Olía a
rincón oscuro y puerta cerrada. Olía a luz de candil. Olía a tierra. Sintió el
calor seco. Se había ido la brisa. Quitó los ojos del traje con flores y
advirtió su propia sombra agazapada a sus pies junto al surco. Se rascó con las
manos terrosas entre la lana del pelo y escupió a lo lejos. Parecía volver de
un mareo.
Lentamente volvió a doblarse,
sin pensar en nada, sintiendo únicamente su respiración acompañando el golpe de
la escardilla.
* * *
El sol del domingo cantaba en
las campanas y alegraba los colores de la aldea. Todas las gentes andaban por
la calle, con las ropas almidonadas y tiesas, el sombrero en la coronilla,
saludándose y deteniéndose, con cierto aire de aguardar una gran noticia. Las
mujeres, de zaraza floreada y pañolón. Los hombres, agrupados a las puertas de
las pulperías. Y los jugadores de bolas, acompañando a gritos las peripecias de
la partida.
Él había andado un poco huraño
y extranjero por entre el inútil movimiento del día. El sábado había cobrado la
paga de la semana y ya tenía dinero suficiente para emprender el viaje de
regreso a su casa. Habría podido partir desde la madrugada misma, pero no podía
decidirse. No tenía más que tomar el camino y alejarse hacia el rancho y el
conuco donde lo aguardaba la vieja salvada por el milagro. «Ya pagué la
promesa, mamá», diría al llegar, y continuaría la vida ordinaria como antes y
como después. Pero no podía resolverse. Estaba como en la espera de algo vago
que debía llegar o suceder previamente.
Andaba sin sosiego y un poco
angustiado por entre el pueblo. Llevaba en la mano, ya listo para el viaje, su
pequeño paquete de ropa. Se había desayunado en la ranchería con los arrieros,
hablando del estado del camino, de las lluvias y de los sitios para pernoctar.
Hasta hubo alguno que ofreció acompañarlo si esperaba la madrugada del lunes.
Después había estado en la iglesia. Mientras el cura decía su misa, había
rezado las dos o tres oraciones que sabía. Se entretuvo durante todo el tiempo
en reconocer, entre los cabos chatos y apagados, los de las diez velas que
había encendido ante la Virgen.
Después anduvo entre los
jugadores de bola y pareció interesarse por el juego; pero el inquieto
cosquilleo interior seguía desazonándolo y hubo de alejarse sin rumbo, yendo de
un grupo a otro, sin hablar, sin detenerse largo rato, hasta que al fin entró a
una pulpería y pidió un trago de aguardiente.
Cuando salió ya había pasado
el mediodía. Las calles iban quedando desiertas. El calor del alcohol le subía
por el pecho. Caminando lentamente había salido del pueblo. Iba en dirección a
las vegas del isleño. Casi sin percatarse llegó a ellas. No se veía ningún
hombre en el campo silencioso, lleno de calor y luz. Cruzó lejos de la casa,
mirándola furtivamente, y se detuvo en el espeso bosque de samanes. Se sentó en
el suelo, y luego se tendió a lo largo, boca arriba, con el paquete de
cabecera. Miraba en lo alto la tupida trabazón de ramas ocres que filtraba el
azul del cielo. Se oían leves crujidos y algún canto de pájaro. La sensación de
soledad aumentaba aquella angustia vaga que lo acosaba. La respiración se le
iba haciendo más corta, más rápida, más silbosa y fría. En las ramas más altas
las hojas empezaron a temblar, y después sintió en el propio cuerpo la gran
oleada de la brisa que volaba entre los troncos. Cerró los ojos y respiró
profundamente.
Olía a ajos. El viento venía
de la siembra verde oscura, de lamer los juncos lisos del ajo. Pensó en la
mulata. Era ella misma que venía en el viento.
Todo lo que de ella había
poseído era su presencia en aquel olor penetrante. En él sentía su tinte
oscuro, el clima de su carne, y hasta una palpitación viva y sin contorno que
se adhería a sus poros y un brillo de ojos húmedos.
Sintió ruido de pasos y
despertó casi de aquella fiebre imaginaria que lo torturaba. Se incorporó. Por
entre los árboles asomaba vivo el traje florido de la mulata.
A un mismo tiempo se miraron
ambos y se detuvieron suspensos como ante un milagro.
Su angustia creció velozmente,
sumergiéndolo en un estado de imprecisión y de miedo, en el que se le escapaban
y confundían las nociones más elementales. No sabía si estaba de pie o
continuaba echado entre las raíces, soñando. Si era la mulata que llegaba o
solamente la imagen que hacía flotar el olor. No podía moverse ni le salía
palabra de la garganta.
Giraba pesadamente en el aire
el olor a ajos, cercándolos y estrechando el círculo en que se movían hasta
ponerlos inminentemente próximos.
Sentía en su mano el calor de
la mano de la mulata, que había apresado. Sentía el peso de ambas manos como
piedras y no podía desatar la ligadura.
Respiraba sobre el pelo de
ella, sacudiendo los cabellos recios, mirando, con la mirada ajena al cuerpo,
otro bosque y otro viento desconocidos. Mecánicamente realizaba las imágenes
habituales.
La tiró fuertemente del pelo y
vio crecer los ojos desmesurados y aparecer el blanco frío de los dientes. La
hacía plegarse hacia atrás como un arco. Oía voces, sin saber si eran de ella o
del mundo vegetal que los rodeaba. «¿Qué estás haciendo?» La respiración cálida
le cubría el rostro. La besó ansiosamente, persiguiéndola en la curva de la
caída, hasta que dieron en tierra.
Ahora la sentía entre sus
brazos inmensa, hirviente, como un gran caño de agua, como un tronco vivo, como
un aire de sangre compacto y palpitante.
Rodaban sobre las hojas secas
sin tino: «Huele a ajos, mulata». Intentaba una serie de gestos que venían
ordenados desde su interior, sin que pudiera dirigirlos. «A ajos, mulata». La
lucha pasó a un ritmo unánime y acordado como un pulso. «A ajos». Y después a
una inmovilidad muerta y perdida en lo hondo, donde yacía su conciencia.
Una chispa de luz brillaba en
los ojos de la mujer, como el reflejo de una vela ardiendo, quieta, en la
calma. Como la luz de una de las diez velas que había encendido.
Y ahora ¿por qué estaba allí?
Las diez velas habían ardido, estaba cumplida la promesa y debía regresar al
rancho, donde faltaba para el trabajo del campo. Ya debía estar lejos por el
camino.
Venía un aire más fresco del
lado de los montes. Respiró con sed. Era brisa limpia, sin olor de ajos.
Miró la mujer por tierra como
un cadáver. Ella sola estaba llena de muerte, de fatalidad, de olor a ajos.
Una luz suave de atardecer
adelgazaba los árboles.
Sin hablar recogió su paquete
y se fue alejando. A cada paso aceleraba la marcha, como si huyera. Un viento
perezoso y ancho fluía de los límites del bosque, y llenaba el vasto espacio de
la tarde abierta entre los montes.
Sentía prisa de irse y de
llegar lejos. Venía como de una enfermedad a la salud. Marchaba con paso alegre
y rápido. Comenzó a silbar. En la distancia que fundía la sombra traqueteaba
una carreta con un farol entre las ruedas.
Arturo Uslar Pietri,
1936
Publicado por Antonio F, Rodríguez.