«Solo lo individual existe en el campo de la
vida y en el campo del espíritu». Así se expresa Baroja en el prefacio de César o nada, novela perteneciente a la trilogía «Las ciudades», que retrata y
denuncia el caciquismo político y la corrupción (tema desgraciadamente siempre
de actualidad en España). Baroja presenta al protagonista como alguien que
aspira a una moral individual, nietzscheana, de pasión y fuerza, no una moral
colectiva, social, de raíz cristiana. César Moncada propugna adaptar la vida a
un pensamiento, un plan preconcebido o un sueño. Si lo consigue, la victoria en
el empeño limpiará las fechorías realizadas para ello, dotará de un sostén
ético a todo, donde no lo habría en caso de fracaso. Para César, en fin, la
derrota moral es no cumplir el mandato personal que cada uno se impone a sí
mismo para desarrollarse como persona.
Con su estilo desabrido de frases cortas y
aseveraciones rotundas, Baroja nos desgrana las aventuras de este nihilista,
que quiere entrar en la vida a sangre y fuego. Republicano, escéptico y
anticlerical, llega a Madrid para estudiar leyes, pero salta de la zoología a
la fisiología y, sin más interés que aprobar asignaturas por pura rutina,
termina la carrera de Derecho. Hace buenas migas con Alzugaray, joven práctico
y burgués, que sirve a Baroja de contrapunto para las afirmaciones categóricas
de César. Este recurso dialógico es muy propio de Baroja, que gusta de usar las
conversaciones entre personajes para definir caracteres y hacer avanzar la
acción de sus novelas. También su hermana Laura, vivaz y prudente, toma ese
papel de contrapunto en otras fases de la obra.
En la primera parte de la novela, el protagonista
se va a Roma. No sabe qué hacer con su vida, pero está convencido que algo se
le ocurrirá para entrar en acción. La Ciudad Eterna se le presenta como un
lugar decadente, de monumentos y personajes. Trata con personas de la más
variada especie y sus aseveraciones no dejan títere con cabeza, incluido el
Papa: «¡Qué pájaro más maravilloso! Tiene un abanico de plumas como el pavo
real, habla como las cacatúas, pero se diferencia de ellas en que es infalible,
y es infalible porque otro pájaro, también maravilloso, que se llama Espíritu
Santo, le cuenta por las noches todo lo que pasa en la tierra y en el cielo.
¡Qué cosas más pintorescas y más extravagantes!».
César, y Baroja en su genio incontestable,
realiza sus retratos y generalidades habituales sobre pueblos y razas, que
orbitan entre lo humorístico y lo genial: «¿Los ingleses? [...] Es ganado
vacuno; gente sentimental y ridícula que se extasía ante su aristocracia y ante
sus reyes. Los latinos tienen algo de gato, son de raza felina: un francés es
como un gato gordo y bien alimentado; el italiano es como un angora viejo que
conserva su hermosa piel, y el español es como esos gatos de tejado, flacos,
sin pelo, que maúllan, casi sin fuerzas, de desesperación y de hambre... Luego
vienen ya los ofidios, que son los judíos, los griegos, los armenios... ».
Sin olvidar, un antisemitismo muy barojiano: «Tiene ese aire de cabra triste
tan frecuente en los judíos».
Roma no le agrada, pero entiende que puede ser
la palanca para sus proyectos inconcretos. Y, sobre todo, le sirve para
entablar relaciones con diferentes personas del mundo de la aristocracia, la
política y la burguesía. Así conoce a don Calixto, llave para descubrir primero
y lograr después su objetivo: hacerse diputado. Ya tiene un fin, y ahora
necesita realizarlo.
La segunda parte de la novela narra sus cuitas
y ambiciones políticas a caballo entre Madrid y la localidad ficticia de Castro
Duro. Pío Baroja efectúa una crítica mordaz, inmisericorde y brillante de la
política española de primeros de siglo XX, una política de caciquismo y
alternancias, con individuos de baja catadura moral y alto estatus social: «Cuando
se empapa uno en esa vida miserable de la política, cuando entra uno a formar
parte de ese Olimpo de botarates que se llama Congreso, uno necesita
purificarse. ¡Cuánta miseria! ¡Cuánta vileza hay en esa vida política! ¡Qué de
caras pálidas por la envidia! ¡Qué de odios más bajos y repugnantes!».
César Moncada tratará de poner en marcha sus proyectos de reforma y
regeneración contra las fuerzas vivas de la burguesía, la aristocracia y el
clero de la España de principios de siglo XX, una España de pensamiento
retrógrado, cerril, inmovilista y tradicionalista aún viva.
Cesar o nada es una novela
magnífica, narrada con la maestría de un nombre mayúsculo de la literatura
española. Decir esto no constituye una novedad. El aparente desorden de su
prosa esconde una gracia única para la creación de caracteres y la capacidad de
entretener. Un escritor irrepetible.
Pío Baroja en su despacho
Pío Baroja (San Sebastián, 1872–1956) fue uno
de los grandes narradores de la generación del 98 y una de las voces más
influyentes de la narrativa española del siglo XX. Tras licenciarse en Medicina
y ejercer brevemente como médico, se dedicó por completo a la literatura,
cultivando una narrativa de estilo sobrio, crítico y profundamente
individualista.
Autor muy prolífico, escribió más de sesenta
novelas, entre ellas El árbol de la ciencia, Zalacaín el aventurero o Las inquietudes de Shanti Andía,
además de trilogías tan conocidas como «La lucha por la vida», «Tierra vasca» o «Las ciudades», que componen César o nada, El mundo es ansí
y La sensualidad pervertida. Su obra, marcada por
el escepticismo y el retrato de los marginados, renovó la novela española con
un tono directo y una mirada desencantada sobre la sociedad de su tiempo.
También dejó memorias, ensayos y libros de viajes que completan una de las trayectorias
literarias más extensas y singulares de la literatura española.