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sábado, 20 de junio de 2026

Borges - Luis Antonio de Villena

Luis Antonio de Villena

 

Borges 

Conocí a Borges ya viejo. Y quizá como otros tiendo a considerar

que el anciano de sonrisa perpetua, aferrado a su oscuro bastón

no debió conocer la juventud. Es este Borges al que retratamos una

tarde de 1982. El Borges que (con su peculiar acento, su continuo

tentar la ironía) hablaba continuamente de libros y de palabras…

Recordaba un verso de Lucano, traducido por Juan de Jáuregui,

y lo repitió varias veces, una mientras yo lo conducía al lavabo:

«Muere el mar y es cristal su monumento» ¡Caramba qué verso!

volvió a reiterar el mítico ciego, acaso para ocultar lo demasiado

humano inevitable. Como algunos grandes conservadores tenía

muchas proclamaciones anarquistas. Había vivido para los libros

y en los libros. Pero ¿no hubo más? ¿Quién era María, quién su

casi infinita madre, quién aquella Estela Canto a quien dedicó

y regaló el manuscrito minucioso de El Aleph? Como le hubiera

gustado decir, Borges era muchos y todos misteriosos, como tú,

casi como cualquiera. Pidió, otra tarde, que le leyéramos un fragmento

de un viejo cuento suyo, que no recordaba. Lo hicimos. Y cuando

surgía la frase carismáticamente borgeana, decía: «No está mal eso.

¿Verdad? ¡Caramba! ¿A quién se lo habré copiado yo?». Cuando alguien

le preguntó qué pensaba de quienes decían cosas contra él, acentuó

la peculiar sonrisa indefinida: «¿Qué voy a pensar, ché? Bueno, que

tienen razón, ¿no?» Recuerdo cuando, adolescente, leí el primer poema

suyo que me fascinó, «España». Recuerdo miles de posteriores lecturas

deslumbradas:  «¿Es posible que yo, súbdito de Yakub Almansur/

muera como tuvieron que morir las rosas y Aristóteles?»  Hizo,

con daño oculto, de la ceguera un don y se esforzó en la humildad

de quien sabe con sir Thomas Browne que «el olvido es insobornable».

Su presencia tranquilizaba, pues era igual a lo que imaginaste

y te gustaba saberlo próximo a Quevedo o a Lugones, cuando

leía con voz exacta: «Detrás de los mitos y las máscaras,/ el alma,

que está sola».  También ante el espejo en que no podía verse,

resignándose al retrato: «La justa y vasta y necesaria muerte»

Adiós, Borges. Sin usted todos seríamos, en verdad, mucho menos…

Luis Antonio de Villena

 

Jorge Luis Borges

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

martes, 19 de mayo de 2026

El poema de Gilgamesh - Anónimo

Título: El poema de Gilgamesh
Autor: Anónimo
 
Páginas: 392
 
Editorial: Cátedra
  
Precio: 19,95 euros 
 
Año de edición: 2015
 
Hoy vamos a hablar del que se considera el texto literario más antiguo que se conoce, la epopeya de Gilgamesh, un relato sumerio escrito en tablillas de arcilla con escritura cuneiforme entre el 2500 y el 2000 antes de Cristo. Se trata de cinco poemas épicos, de unos 3250 versos en total, que cuentan la historia de Gilgamesh, rey de Uruk hacia el 2750 a. C. Uruk era una poderosa ciudad amurallada de unos 60.000 habitantes, situada en el sur del actual Irak y regada por canales que lo conectaban con el río Éufrates.
 
El poema se divide en dos partes claramente diferenciadas. La primera comienza presentando al protagonista, un monarca despótico y cruel que gobierna el país con mano dura. Sus súbditos, cansados de sus abusos, se quejan a los dioses, que crean con barro a un guerrero invencible, Enkidu, y lo envían para que se enfrente a Gilgamesh. Pero ambos combatientes se hacen grandes amigos e inician una serie de aventuras tan fantásticas como peligrosas. Matan al temible ogro gigante Humbaba y al terrible toro del cielo. La diosa Ishtar se prenda de Gilgamesh y le pide matrimonio, pero el héroe la rechaza y Enkidu llega a insultarla. En esta parte, el protagonista aparece como un héroe magnífico, vencedor en mil batallas, valiente e ingenioso.
 
En la segunda parte, los dioses se quieren vengar de Enkidu y le dicen que le van a matar. Las conversaciones entre los dos héroes son emocionantes y un verdadero canto a la amistad. Cuando por fin muere el guerrero, Gilgamesh llora su muerte en el primer ejemplo de elegía que se conoce. Impresionado por la pérdida de su amigo, nuestro protagonista toma conciencia de la muerte y emprende un largo viaje en busca de la inmortalidad, que le lleva a conocer al sabio Utnapishtim y su mujer, únicos supervivientes del diluvio universal, del que se proporciona una detallada descripción parece que algo así pasó, porque aparece en varias obras de la antigüedad—. A esa pareja, los dioses le concedieron la inmortalidad, pero el rey no la consigue y regresa a su ciudad, convencido de que la inmortalidad es patrimonio exclusivo de los dioses.
 
Los temas de esta segunda parte son mucho más interesantes: la amistad, el destino, la pérdida, el duelo y sobre todo, la inevitable muerte. El conjunto, este poema se diferencia de otras composiciones épicas llenas de batallas y guerras entre héroes, ejércitos y naciones; en estos versos, los héroes se enfrentan a gigantes, monstruos, el destino, la voluntad de los dioses y la muerte. Asuntos que lo convierten en sorprendentemente moderno y hasta en cierto modo, actual. En él aparece el alma desnuda del ser humano, con sus preocupaciones, sus triunfos y fracasos, sus alegrías y tristezas, sus inquietudes y su inevitable mortalidad. Curiosamente, los temas más tópicos, la guerra y el amor romántico, casi ni aparecen, lo que lo hacen sumamente original y atractivo. A pesar de lo rudimentario y lejano del lenguaje, hay pasajes líricos y de gran intensidad poética, que nos conmueven y evocan sentimientos universales.
 
En suma, un clásico muy moderno, el poema épico más antiguo que se conoce, que vale la pena visitar porque está lleno de sorpresas y aspectos interesantes. Como otros textos primitivos, muy probablemente es un poema fruto de la tradición oral la épica primitiva es en verso porque el verso es lo que mejor se recuerda, gracias al ritmo y la rima—, en la que cada recitador seguramente embellecía el poema y añadía giros propios para hacerlo más cautivador, de manera que el resultado es una obra colectiva, que al final puso por escrito un último autor, en este caso parece que el asipu (estudioso) Sin-leqi-unnini, de Uruk. Una excelente lectura, muy curiosa e interesante, que no debe asustar por su antigüedad. Muy recomendable, especialmente en esta edición.
 
La traducción, el estudio previo y la preparación de esta edición son obra de Rafael Jiménez Zamudio, del Departamento de Filología Clásica de la Universidad Autónoma de Madrid.
 
El rey Gilgamesh dominando a un león (Museo del Louvre)

Publicado por Antonio F. Rodríguez.