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viernes, 17 de julio de 2026

Mi idolatrado hijo Sisí - Miguel Delibes

Título: Mi idolatrado hijo Sisí
Autor: Miguel Delibes
 
Páginas: 334
 
Editorial: Destino
   
Precio: 2,7 euros 
 
Año de edición: 1978

De entre los grandes escritores españoles, Miguel Delibes ocupa un lugar muy particular. Se trata de un autor de reconocida calidad que siempre ha tenido innumerables lectores. La categoría literaria no fue en su caso un obstáculo para la popularidad. Se puede extraer de ello una conclusión optimista: los gustos del respetable público no siempre son tan vulgares como pontifican ciertos santones. Miguel Delibes era, por lo demás, un hombre discreto. Vivió en Valladolid. Escribía sobre su tierra: la Castilla mesetaria y desnuda, los pueblos, la gente del campo, los niños y los humildes. Delibes era de ideas liberales. Cristiano. De un humanismo machadiano. Le gustaban la caza, la pesca y la vida familiar. Tampoco su obra tuvo grandes altibajos, ni períodos de silencio creativo. Desde La sombra del ciprés es alargada, su primera novela, ganadora del Premio Nadal en 1947, Delibes fue publicando sus libros a buen ritmo. 

Mi idolatrado hijo Sisí es la cuarta novela del vallisoletano. Se publicó en 1953. A lo largo de tres partes, que transcurren entre 1917 y 1938, nos retrata la vida familiar de Cecilio Rubes. Cecilio es un buen burgués provinciano. Vende bañeras y otros artículos higiénicos. Es un tipo rubicundo, bastante gordo, de inteligencia limitada y comodón. Un perfecto egoísta. Las relaciones con su mujer Adela, tímida y de clase social inferior a la suya, son superficiales. Tiene, por supuesto, una querida. Forma parte de un club con socios tan fariseos como él. La imagen que tiene de sí mismo es bastante equivocada, ya que se considera un hombre inteligente, emprendedor y de ideas brillantes. No es el caso. Cecilio Rubes es un modelo de mediocridad y vulgaridad. 

Mi idolatrado hijo Sisí toca con acierto varios temas: la existencia burguesa, los cambios de la sociedad española a lo largo de dos décadas decisivas y la educación de los hijos. Se pueden comentar brevemente estos tres aspectos. 

Delibes analiza con exquisito detalle los modos y maneras de la burguesía católica en una ciudad que podría ser perfectamente Valladolid. Los rituales sociales que se repiten una y otra vez. Las reuniones entre amigos. Los cafés. El cuplé, que las buenas gentes del momento consideraban como un espectáculo pecaminoso («sicalíptico»). El teatro. El cine, más tarde. Las señoritas tocando el piano. La importancia del qué dirán (el temido escrutinio público en una sociedad cerrada en donde todos se conocen). El exhibicionismo de las cosas que se salen de lo corriente (ejemplo: un automóvil). La religiosidad acomodaticia y cosmética. Las conversaciones triviales. Miguel Delibes demuestra su talento para ofrecernos el retrato preciso de un sector acomodado de la sociedad española de su tiempo. Solo por eso, la novela es magnífica. 

Si la vida es cambio y el cambio es historia, Mi idolatrado hijo Sisí es a su manera una novela histórica. Fuera del apacible universo burgués de los Rubes, la existencia se acelera. El bueno de Cecilio teme que esa gran revolución que ha estallado en Rusia llegue a su ciudad. Es posible que algunos de sus empleados simpaticen con los bolcheviques. Barrunta que los revolucionarios rusos no simpatizan demasiado con los fabricantes de bañeras. Las transformaciones no cesan. Cambia la moda de las señoras. Los coches de caballos empiezan a considerarse como un anacronismo. Cecilio instala en su casa el teléfono. Las imágenes del cinematógrafo empiezan a hablar. La publicidad es cada vez más importante. Las empresas familiares dan paso a las sociedades anónimas. Para alegría de Cecilio Rubes, la higiene se va imponiendo. En fin, de la historia nadie se escapa, ni siquiera en la adormilada Castilla

Delibes, por último, toca el asunto de la educación de los hijos. Cecilio Rubes en principio no quería tenerlos: dan demasiada guerra para su estilo de vida sin compromisos. Pero, claro, cuando su mujer se queda embarazada, cambian sus ideas al respecto. El pequeño Cecilio, apodado Sisí, es un querubín rubio adorado por su progenitor. Lo malcría. El niño crece. Acabará siendo un parásito sin educación. Un señorito que ha heredado todos los defectos de su progenitor y ninguna de sus escasas virtudes. Un ser hueco que busca únicamente satisfacer sus deseos inmediatos. Delibes parece querer contraponer aquí a la familia Rubes con sus vecinos, los Sendín, que son católicos sinceros, cargados de hijos y llevan una existencia esforzada lejos de la vida muelle de los otros. Para mí esta es la parte menos interesante del libro, porque se acerca peligrosamente a la novela de tesis (contra el maltusianismo, en este caso). 

En definitiva, una de las mejores novelas de un escritor de excepción. El estilo es excelente. Un castellano perfecto, depurado, de frases breves y redondas, carente de retórica y que se adapta como un guante a lo que quiere decirse, sin manierismos ni retortijones verbales. Delibes era un maestro y Mi idolatrado hijo Sisí lo demuestra con creces. Recomendable y más que recomendable. 

Miguel Delibes

Miguel Delibes Setién (1920-2010) fue un escritor español nacido en Valladolid. La familia Delibes era burguesa y descendía del compositor francés Léo Delibes. Miguel fue el tercero de ocho hermanos. Luchó durante la Guerra Civil en el bando sublevado. Terminada la contienda, estudió Derecho y llegó a ser en 1943 catedrático de derecho mercantil en la Escuela de Comercio de Valladolid. Publicó su primera novela La sombra del ciprés es alargada en 1947. Luego le seguirán Aún es de día y El camino, una de sus obras maestras. 

A partir de ahí se convirtió en uno de los novelistas españoles más destacados gracias a títulos como Mi idolatrado hijo Sisí, Las ratas, La hoja roja, Cinco horas con Mario, Diario de un cazador, Señora de rojo sobre fondo gris, Los santos inocentes o El hereje. Ingresó en la Real Academia Española en 1975. Aficionado a la vida campestre, cronista impecable de la vida castellana, fue director de El Norte de Castilla, el gran periódico de su ciudad. Delibes falleció en Valladolid en 2010 tras una larga enfermedad. 

Publicado por Alberto. 

viernes, 21 de marzo de 2025

Carta al padre - Franz Kafka


Título: Carta al padre                                                                                                             Autor: Franz Kafka

Páginas: 96

Editorial: Akal

Precio: 9 euros

Año de edición: 2024

No fueron fáciles las relaciones de Franz Kafka con su padre. Carta al padre (1919, publicada en 1952), no a su padre, detalle revelador, es un crudo y meditado ajuste de cuentas con la figura casi mítica del progenitor. Hermann Kafka era muy diferente a su hijo Franz. Pertenecía a esa generación judía centroeuropea que pasó de la pobreza del ghetto a una vida burguesa acomodada. Hermann tuvo que pelear muy duro para convertirse en un próspero comerciante en Praga, casarse, fundar una familia y tener cuatro hijos. 

Uno de ellos fue Franz, un niño extremadamente sensible, delicado, inteligente y con una pasmosa capacidad de observación. Preso de una incurable timidez, se agazapaba dentro de sí mismo para contemplar el sinsentido del mundo. Hermann, en cambio, luchaba contra ese mundo que se le resistía. Al contrario que su hijo, era duro, decidido, autoritario, gritón y a veces cruel. Una especie de sargento casero. Hermann y Franz no habían nacido para entenderse. Sus relaciones paternofiliales fueron tormentosas. 

Franz se sentía apabullado por la figura gigantesca del padre. Le tenía miedo. Era un tirano, un dictador. Un hombre autoritario que una noche, cuando el pequeño Franz no dejaba de incordiar pidiendo un vaso de agua, se levantó furioso, cogió al niño y lo encerró en el balcón, a la intemperie. Este arrebato paterno tuvo al parecer efectos desastrosos en la sensibilidad de Franz. Le enseñó que la vida era frágil e insegura. En cualquier momento alguien le podía sacar de la cama y llevarlo a lo desconocido. El poder tiránico no necesita justificación ni admite excusas. Ejerce su autoridad omnímoda al margen de la razón. El pobre se sentía humillado ante el padre, símbolo del mando sin restricciones.

Kafka admite que nunca fue agredido físicamente por su padre. No era el miedo a una bofetada lo que le hacía temblar. Era la mera presencia del padre, su sombra poderosa, el tono arrogante de sus palabras, la dureza con la que trataba a sus empleados, su capacidad para emitir dictámenes inapelables desde el sofá, el constante recordatorio de lo mucho que él había trabajado para que su familia llevara una vida fácil, la fría incomprensión que demostraba por las inquietudes de su hijo o el desprecio hacia sus amigos. Cuando el padre se reía entre dientes, dice Kafka, era el infierno.  

Los sentimientos de culpa, aislamiento y miedo a la existencia que acompañaron desde siempre a Kafka aumentaron por el despotismo del padre. Claro que un patriarca autoritario, victoriano, típico del siglo XIX, no era el más conveniente para una persona como él, a quien la vida se le ponía tan cuesta arriba que a cada corto trecho tiraba desalentado la toalla. Se consideraba vencido de antemano. Sin derecho a nada. Sin raíces en esta tierra. En este sentido, su padre fue una equivocación del destino: acabó por aplastarlo. Tampoco Kafka era precisamente un modelo de sencillez. 

Las relaciones con sus hermanas, con el judaísmo, con su madre, con el sexo, todo quedaba oscurecido por el padre colosal, voz de trueno y ademanes enérgicos. No tenemos un testimonio similar de Hermann Kafka. Podría haber escrito una Carta al hijo como réplica o justificación. Nunca lo hizo. De hecho, nunca supo de la existencia de la carta de Franz. Kafka se la entregó a su madre. La progenitora, quizá con buen criterio, no se la dio a su marido. Otro fracaso más del pobre Franz, que no daba una a derechas. 

Kafka examinaba minuciosamente todas las posibilidades. Terminaba escogiendo la peor. Quería casarse. Rompió dos noviazgos. No le interesaba un trabajo mecánico y repetitivo. Acabó trabajando de abogado para una casa de seguros. Aspiraba a una existencia pura, desprendida, casi de santo. Pero su vida se apagó pronto por culpa de la tuberculosis. Un fracaso vital que contrasta con su genialidad literaria. Su vida fue corta y oscura. Su literatura, inmortal. 

Sería demasiado fácil entender las tristes experiencias de infancia como prefiguraciones de sus escritos. Kafka tuvo otras influencias más positivas. Pero las resonancias son evidentes en su mundo fantástico. El joven convertido en un bicho repugnante a quien su padre uniformado arroja manzanas. El probo funcionario al que unos policías sacan de la cama por un delito que él desconoce. La guarida en la que se esconde una alimaña acosada. Carta al padre merece leerse como introducción al universo atormentado de Franz Kafka. Las penosas experiencias de la vida alimentaron la escritura gracias al talento de un genio. Imprescindible. 

Franz Kafka

Franz Kafka (1883-1924) fue un escritor checo en lengua alemana nacido en Praga. Su familia era de origen judío. Kafka ha tenido tal influencia en el mundo contemporáneo que se ha acuñado el adjetivo kafkiano para referirse a situaciones absurdas, insólitas y opresivas. Lo kafkiano es lo moderno. El absurdo de la burocracia. La tiranía de los jefes. La justicia que administra un aparato legal remoto e incomprensible. La imposibilidad de unas relaciones humanas auténticas y profundas. La tortura de una existencia monótona. La amenaza en la sombra. Lo trivial que mata. La involuntaria comicidad del absurdo. 

Kafka fue un visionario. El proceso, El castillo y La metamorfosis son alegorías terribles del desaliento que sufren personas corrientes incapaces de encontrar salida: una jaula fue a buscar un pájaro, escribió Kafka en uno de sus aforismos. El checo vivió poco, sufrió mucho y murió de tuberculosis pulmonar con solo 40 años. Publicó escasos escritos en vida. Sería su albacea testamentario, el también escritor Max Brod, quien salvó su obra del fuego y la publicó. Como Kafka sigue siendo una fuente inagotable de inspiración, es posible que todos tengamos dentro algo del mago de Praga

Publicado por Alberto.