miércoles, 29 de julio de 2026
El hueso del aguacate - Juan Pardo Vidal
viernes, 19 de junio de 2026
Las torres del olvido - George Turner
He aquí una magnífica novela apocalíptica con una fuerte carga de crítica social. En el siglo XXI el mundo se encamina hacia su destrucción. A las catástrofes medioambientales se une la desintegración social. El calentamiento global del planeta provoca el deshielo de los casquetes polares. El clima parece haberse vuelto loco. El nivel de los mares asciende peligrosamente. La economía capitalista colapsa. La sociedad se estratifica como en tantos períodos de decadencia. El estado se vuelve ineficiente y despótico. La civilización tal y como se conocía está llegando a su fin. El progreso acaba en desastre. Un desenlace pesimista.
Las torres del olvido, publicada por primera vez en 1987, es una novela escrita por el australiano George Turner. Ha sido reeditada en varias ocasiones. Se considera como la obra maestra de su autor. Es un libro largo, bien escrito, en donde se nos cuenta el hundimiento de la civilización a través del desclasamiento de los Conway, una familia australiana de clase media. Así que Las torres del olvido es, como tantas novelas de ciencia ficción, una vigorosa alegoría social. A través del retrato de un futuro sombrío se critican lacras bien reales del presente, que podrían llevar, si no se pone remedio, a un mundo parecido. Por eso muchas de estas novelas constituyen una advertencia con una fuerte carga moral. Las mejores han demostrado ser proféticas.
La antaño próspera Australia se muere azotada por múltiples desastres: naturaleza herida, economía muerta, sociedad empobrecida. El resto del mundo tampoco va mejor. Los recursos disminuyen. Una parte mayoritaria de la sociedad es desechada como si se tratara de un trasto viejo. Los desheredados son concentrados en unas inmensas e inhóspitas torres de hormigón lamidas por el mar, cuyo nivel no para de subir. Sus habitantes están, literalmente, con el agua al cuello.
En ese entorno pesadillesco va surgiendo una nueva sociedad marcada por la pobreza, el desarraigo y la violencia. Es el mundo de los infra. Los de abajo. Los supra están arriba. Son la élite. Viven en barrios aparte, con la despensa bien surtida y los servicios automatizados. Pero el ascensor social sigue moviéndose, aunque mal, al igual que lo hacen los desvencijados ascensores de las torres de marras. Algunos infra inteligentes ascienden a la condición de supra. Y bastantes supra descienden al submundo infra. Entre unos y otros malvive una acosada clase media, la periferia, que se acerca al abismo social. Esta sociedad futurista se basa en la estratificación social, la corrupción consentida, el dominio policíaco y la mentira institucionalizada. Las torres del olvido recuerda poderosamente a otros clásicos del género, como 1984.
La familia Conway ha descendido del paraíso supra al limbo de la periferia y está amenazada por el infierno infra. Su caída supone el derrumbe de las tranquilas certezas de la clase media. Las torres en donde se apiñan los desheredados infra quedan muy cerca del decadente barrio de los periféricos. El futuro, un futuro de miseria y abandono, se palpa con la mirada. También por el hedor. Por no hablar de la jerga arrabalera y casi ininteligible de los infra. Por lo demás, el mundo se va al cuerno. Las noticias manipuladas ya no consiguen encubrir el desastre. La economía se planifica ante la disolución del mercado. Los infra malviven con subsidios estatales cada vez más miserables. Mientras tanto, el mar, impasible, acabará por «tragarse con su ira azul tanta fría miseria», recordando el verso de Luis Cernuda.
Los hijos de los Conway no son agradables. Quieren huir de la amenaza del desclasamiento. Su madre acaba renunciando, aunque no del todo, a su estatus mesocrático, y se une a Billy Kovacs, un infra intreligente y decidido que la quiere y protege. El personaje de Kovacs es notable: jefe de torre, gánster, confidente de la policía, padre de innumerables retoños, guardián de un orden precario en este mundo que se desliza hacia la barbarie. Las vidas cruzadas de estos y otros personajes constituyen el cuerpo de la novela. Son seres insatisfechos, rencorosos, en ocasiones desesperados, que intentan salir a flote con mil estrategias de supervivencia. Quizá dentro de mil años se tenga la perspectiva adecuada para entender semejante mundo.
Las torres del olvido se lee estupendamente. Posee un estilo ágil, diálogos llenos de vivacidad, personajes ambiguos y complejos zarandeados por las circunstancias que les han tocado vivir y una excelente estructura, bien pensada, desarrollada y resuelta. Novela de ciencia ficción, relato apocalíptico y sátira de las diferencias de clase en las sociedades anglosajonas, Las torres del olvido brilla con luz propia. Excelente.
George Reginald Turner (1916-1997) fue un escritor y crítico literario australiano. Nacido y crecido en Melbourne, luchó en la Segunda Guerra Mundial. Tuvo muchos trabajos durante sus años mozos. Acabó siendo crítico literario de ciencia ficción. Sus estudios y antologías le dieron un notable reconocimiento. En 1978 publicó su primera novela. En 1987 se editó su obra maestra, Las torres del olvido, una destacada alegoría sobre el cambio climático, la desigualdad social y el autoritarismo estatal. Esta novela ganó el prestigioso Premio Arthur C. Clarke en 1988. Turner falleció en 1997 con 80 años.
viernes, 6 de febrero de 2026
El cartero - David Brin
No conocía este libro. Y eso que uno es aficionado a la literatura de ciencia ficción. Pero nunca había oído hablar de El cartero ni tampoco de David Brin, su autor. Confieso mi ignorancia. Porque El cartero, publicada en 1985, es una novela espléndida, entretenida, bien escrita y planteada con inteligencia. Un libro que hace pensar. Pertenece a lo que se llama género postapocalíptico. Por culpa de la imbecilidad humana, el mundo se ha ido al garete. Después del desastre, los supervivientes deben empezar de nuevo en un entorno hostil, enfrentándose a todo tipo de amenazas. Estas novelas suelen narrar la hazaña de un pionero que, tras el colapso del mundo antiguo, debe abrir camino a otro mundo nuevo, en el que quizá ya no tenga cabida.
La ciencia ficción postapocalíptica se asocia fácilmente con la mentalidad estadounidense. Desaparecida la civilización, queda el individuo, que debe sacarse las castañas del fuego. Como un pionero del viejo oeste, lucha contra el peligro, lo vence o sucumbe ante él, dejando un halo legendario que inspirará nuevas aventuras a otros. Solo ante el peligro, el superviviente avanza por territorios ignotos, planea estrategias, lucha con fiereza, aprovecha hábilmente todo lo que encuentra, se escabulle de los enemigos y se acerca a los amigos. Despliega sus capacidades para seguir adelante sin desmayo. Héroe del individualismo más implacable (el arma siempre a mano), es también en cierta medida un melancólico. Recuerda el pasado. Cuando el mundo era ordenado y existía una lógica más allá de alimentarse, guarecerse y huir. Su viaje no es gratuito. Busca una nueva convivencia. Desea establecer lazos con sus semejantes, siempre que estos sean medianamente normales. Quiere reconstruir la sociedad. No es bueno que el hombre esté solo, dice, con razón, la Biblia.
El cartero cuenta la epopeya de un hombre que se ha salvado del holocausto nuclear, seguido del hundimiento irremediable de la civilización. EE. UU. ya no existe. Después del invierno nuclear, la naturaleza está gravemente dañada, aunque no muerta. Las ciudades han desaparecido. La administración se ha volatilizado. Las vías de comunicación van cubriéndose de maleza. En una palabra: lo que entendemos por sociedad es un recuerdo del pasado cada vez más remoto. Los supervivientes son un peligro. Muchos han regresado al salvajismo más primitivo. Se habla con pavor de locos que practican el canibalismo. O de grupos desorganizados capaces de cualquier atrocidad. La convulsión que convirtió la tierra en un infierno aniquiló también una buena parte de la condición humana. Los que quedan son como fieras que se disputan los restos.
Gordon tenía 17 años cuando se desencadenó el apocalipsis. Vivió el fin del mundo. Fue soldado. Su unidad intentó mantener en vano una sombra de orden. EE. UU. se vino abajo en una lucha atroz de todos contra todos. Un soplo de muerte devastó el país. Gordon sobrevivió. Sus compañeros murieron o desaparecieron. Pasaron los años. Algunas comunidades autosuficientes se fueron reorganizando. Cerradas, autárquicas, con jefes locales. Se volvió al feudalismo, al igual que sucedió con la caída del imperio romano. Estos núcleos semicivilizados son como islotes dentro de un océano de barbarie. Por los páramos de lo que antaño fue EE. UU. avanza Gordon. Intenta sobrevivir. Un día encuentra un uniforme de cartero. Se lo pone. Comienza a interpretar una farsa. Recorre los pueblos repartiendo la correspondencia. Se hace pasar por funcionario de un estado inexistente. El estado no ha muerto, declara. Se está reconstruyendo. Queda lugar para la esperanza. La gente le aplaude, emocionada.
El cartero habla de la necesidad del mito para forjar comunidades que vayan más allá de la horda casual y momentánea. Claro que el mito suele sustentarse en una apropiación selectiva del pasado, o en la simple invención, pero es innegable su capacidad para otorgar esperanza y construir vínculos compartidos. Gordon es un proveedor itinerante de ilusiones en un mundo casi aniquilado, que a duras penas trata de recomponerse fragmentariamente. Vende una mentira: el país no ha muerto, trabajemos duro todos juntos, el futuro nos pertenece. Aunque el mito no exista, ayuda a superar los problemas y puede hacernos mejores. El protagonista de este libro no dice la verdad, pero quiere el bien de las personas. ¿Será esto posible? ¿Puede mantenerse una convivencia sustentada en mentiras? Lean, para salir de dudas, esta original novela.
David Brin (1950) es un escritor y científico norteamericano nacido en Glendale, California. Con solo 23 años se graduó en Ciencias de la Astronomía en el Instituto Tecnológico de California. Cursó también estudios de física y filosofía. Ha ganado premios tan relevantes como el Hugo, el Nébula o el John W. Campbell. Es autor de una serie de novelas, La elevación de los pupilos, acerca de un universo sometido a un interminable proceso de elevación hasta alcanzar la plena sapiencia. Su novela El cartero (1985) fue llevada al cine en 1997 con el título de Mensajero del futuro, dirigida y protagonizada por Kevin Costner.





