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viernes, 10 de febrero de 2023

El gran manipulador: la mentira cotidiana de Franco - Paul Preston

Título: El gran manipulador: la mentira cotidiana de Franco                                             Autor: Paul Preston

Páginas: 368 pág..

Editorial: Debate

Precio: 22,90 euros 

Año de edición: 2022

«El gran manipulador» (2022) de Paul Preston no es una biografía al uso de Francisco Franco. Esta tarea ya fue abordada con éxito por el propio Preston en su monumental «Franco, caudillo de España» (1992), que dentro de la oceánica bibliografía sobre el dictador ocupa un lugar de excepción. Es sin duda una de las mejores biografías de Franco: extensa, documentada, crítica con el personaje y bien escrita. Por supuesto, el libro cayó fatal en ambientes franquistas. Ricardo de la Cierva, por ejemplo, la calificó de «antibiografía mendaz».

Esta obra analiza la construcción de la imagen propagandística de Franco, que aún pervive en ciertos sectores. Fueron muchas las máscaras del caudillo sempiterno. Joven héroe entregado a la guerra contra el norteafricano. General más joven de Europa. Salvador de España de las garras del comunismo. Hábil estratega que frenando a Hitler evitó a España los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Imperturbable centinela de Occidente. Padre del desarrollo económico. Afable abuelo de una España en paz. Franco llegó a creerse esta colección de ditirambos, que cultivó cuidadosamente. Paul Preston derriba el mito del superhombre que nunca se equivocaba. El verdadero Franco era un hombrecillo nada atractivo. Extremadamente reaccionario. De cultura menos que mediocre. 

Franco era ambicioso. Toda su inteligencia, que no era poca, la dedicaba al triunfo. Comenzó su carrera militar en 1912, durante la brutal guerra colonial de Marruecos. Después del desastre del 98 el ejército español se había replegado sobre sí mismo. Entre los militares africanistas se fue configurando una ideología nacionalista y autoritaria. Aislados de la sociedad civil, deseaban que «España fuera tan grande como en el pasado». Este programa retardatario seducía a Franco. En la edad media la espada guerrera libró a nuestro país de los musulmanes. Una nueva cruzada salvará a la España tradicional y católica de la amenaza liberal, izquierdista, masónica o separatista. Franco se creía el Cid. Un nuevo Santiago Matamoros, caballo blanco incluido. Todas sus puestas en escena tenían un regusto arcaico, alejado del modernismo fascista.

En 1931 se implantó la Segunda República en España. El monárquico Franco la acogió con reticencia, aunque se adaptó bien al bienio conservador de Lerroux y Gil Robles. Octubre de 1934: Franco aplasta implacablemente la revolución socialista de Asturias. El Matamoros se encarna en el salvador del orden social. El general declara su odio africano «contra el comunismo, el socialismo y otras doctrinas que propugnan la barbarie». En su espíritu arraiga una misión providencial: liberar a España de la subversión roja. 

La guerra civil de 1936-1939 fue para los sublevados la representación de un drama sagrado de redención nacional. Había que salvar el alma de la patria, extirpando miles de cuerpos. Preston afirma que la guerra franquista fue intencionadamente lenta para triturar al liberalismo y la izquierda. El Caudillo por la gracia de Dios era un gran inquisidor. Diversos testimonios confirman que Franco firmaba innumerables penas de muerte con una tranquilidad estremecedora. Se trataba de una tarea engorrosa, necesaria e ineludible. Sin piedad. 

En 1939 Franco estaba alineado con Hitler y Mussolini. Quería entrar en guerra con el eje. Pero el precio que pedía por su participación en el conflicto era demasiado alto para lo que Hitler estaba dispuesto a pagar. Así se construyó la farsa de un astuto Franco que evitó a los españoles la Segunda Guerra Mundial engañando al dictador alemán. La realidad fue bien distinta. Franco, rastrero y pronazi, esperaba ansioso el reparto de los despojos que traería el Nuevo Orden. Pero sus exigencias eran desorbitadas. Los alemanes acabaron dándole puerta.

Termina el conflicto. Franco, aislado. El país, hambriento. El inquilino de El Pardo intenta borrar su compromiso fascista. Hace valer su anticomunismo. La guerra fría le favorece. El gallego se cuela en el concierto occidental por la puerta pequeña. Acuerdos con EE. UU.: el gran patriota vende a precio de saldo la soberanía española. Sin embargo, nunca fue aceptado del todo por occidente. Por lo demás, Franco creía que los países democráticos eran una cueva de masones. El desprecio era mutuo. 

Durante los años 60, cada vez más envejecido, progresivamente demacrado por el párkinson, Franco ejerce de reina madre. Un abuelo cívico que con su vocecilla de grillo se dedicaba a inaugurar obras públicas, sin descuidar la firma de algunas pertinentes penas capitales. 1975: una sociedad modernizada contempla entre expectante y perpleja la agonía del autócrata. En su testamento, Franco alerta una vez más acerca de los peligros que acechan a la civilización cristiana. Sus enemigos son los de España. La megalomanía franquista pretendía prolongar el régimen después de su muerte. No fue así. Sin Franco, el franquismo se derrumbó como un castillo de naipes. 

Franco siempre se guió por su absoluto egocentrismo. Los prejuicios y obsesiones del dictador eran obligaciones nacionales sancionadas por Dios. Semejante megalomanía, sumada a una notable astucia política, explican la longevidad del régimen. Franco sabía adaptarse. No era un revolucionario de derechas como Mussolini o Hitler. Carecía de un pensamiento político. Las certezas franquistas eran primarias y negativas: orden, religión, nacionalismo, propiedad, anticomunismo, etc. Su oportunismo político y versatilidad ideológica encajaron en todas las circunstancias: gentilhombre de Alfonso XIII, jefe del Estado Mayor con la república, fascista en la era nazi, católico durante la guerra fría, entregado al amigo americano cuando tocó. Franco declaró en una ocasión: no saldré del poder excepto con los pies por delante. Así fue. En eso, no mintió. Lean este interesante libro de Preston sobre un mesianismo incomparable e impresentable. 

Paul Preston

Paul Preston (1946), historiador británico, nació en Liverpool en una familia humilde y estudió en la Universidad de Oxford. Como discípulo de Hugh Thomas, comenzó a interesarse por la historia de España. A finales de la década de los sesenta viajó por primera vez a nuestro país. Ha sido profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Reading, en el Queen Mary College de la Universidad de Londres y, por fin, en la prestigiosa London School of Economics & Political Science

Ha escrito numerosos libros sobre la república, la guerra civil, el franquismo, la transición a la democracia, los militares, la represión y la corrupción. Considerado un historiador proclive a la izquierda, algunos colegas conservadores le acusan de parcial. Paul Preston, uno de los hispanistas más destacados, es un hombre orondo, simpático, que habla perfectamente castellano y catalán, muchas veces premiado, y con una gran facilidad para escribir historia de manera clara y atractiva. Documentados con exhaustividad, sus trabajos siempre resultan interesantes. El profesor Preston vive en Londres y sigue publicando a buen ritmo. 

Publicado por Alberto.

viernes, 20 de enero de 2023

Guerra y vicisitudes de los españoles - Julián Zugazagoitia

 

Título: Guerra y vicisitudes de los españoles                                                                    Autor: Julián Zugazagoitia
 
Páginas: 696

Editorial: Tusquets

Precio: 24 euros 

Año de edición: 2001

Existen libros que se adelantan a su tiempo. En su momento, son incomprendidos porque tienen una mirada limpia, libre y carente de prejuicios. Afirman sin miedo aquello que no será aceptado hasta mucho tiempo después. Esos escritos sinceros que brotan de la conciencia del autor poseen un notable valor moral. El político socialista Julián Zugazagoitia publicó en 1940 en Buenos Aires la que quizá es la mejor crónica personal de la guerra civil española. Para ello se sirvió de su oficio de periodista y de un profundo conocimiento de los círculos políticos republicanos. El resultado es un libro imparcial, pero apasionado: la pasión por la verdad desde la perspectiva de quien tomó parte sin ser partidista. 

«Guerra y vicisitudesde los españoles» es una memoria larga, densa, cargada de acontecimientos, de un tiempo histórico pleno y trágico. Pero en ningún momento se hace pesada o reiterativa. Un aroma de veracidad da vida a cada una de sus páginas. Zugazagoitia nos dice en el prólogo: la guerra de España no ha terminado. No ha terminado porque los odios de unos y otros siguen ardiendo, aunque hayan concluido las operaciones militares. Así que el periodista vasco se impuso una obligación moral: contar la guerra de España sin pretensiones de verdad absoluta, con un enfoque personal, rescatando el sacrificio del pueblo español y pensando en las generaciones futuras. Teme que su pretensión no será bien comprendida del todo. Hoy su libro es considerado un clásico imprescindible sobre la guerra civil

Zugazagoitia escribe con gran precisión. Su estilo es galdosiano, expresivo y castizo. Trata de entender los motivos de tirios y troyanos sin necesidad de censurarlos. Evita los ajustes de cuentas. Habla con gran respeto de adversarios ideológicos como Gil Robles, Calvo Sotelo o José Antonio Primo de Rivera. Expone con detalle el caos que se desató en la España republicana como consecuencia del fracaso del golpe de Estado militar. La revolución no dudó en eliminar a sus enemigos. Lo mismo hacían los sublevados. En el verano de 1936 un doble terror acabó con la vida de decenas de miles de españoles. Como testigo del desbarajuste republicano, Zugazagoitia presencia atónito la disolución del poder estatal: revolución desatada, milicias armadas, actos irreflexivos, barullo y violencia en la retaguardia. Su análisis concreto y razonado se ajusta a la realidad de los hechos. Contando la verdad, Zugazagoitia hizo historia. 

Desde el principio la guerra fue mal para los republicanos. Zugazagoitia era consciente de que sin reconstruir un estado fuerte y unas fuerzas armadas eficientes el destino de la república estaría sellado. El avance faccioso fue frenado en seco a orillas del Manzanares. Un aliento épico inflama el libro cuando describe la valiente resistencia de Madrid. Con tristeza se narra la caída del norte ante la feroz acometida de los rebeldes: «un viento de desesperación flota sobre todas las voluntades rotas y vencidas». La república se tambalea, pero no cae. 

Zugazagoitia era un socialista del sector templado de Indalecio Prieto. Sin embargo, aceptó plenamente la consigna «resistir es vencer» del doctor Juan Negrín. Había que aunar fuerzas para aguantar. Reconstruir la legalidad republicana como única fuente de legitimidad contra los sublevados era el proyecto de los republicanos fieles a la democracia. Entre ellos se contaba él. Y bien pronto. Cuando en agosto de 1936 varios ilustres políticos fueron asesinados en Madrid, Zugazagoitia condenó públicamente esos crímenes desde su convencimiento de que debía respetarse la ley. 

En 1937, Zugazagoitia fue nombrado ministro de la Gobernación. Desde el sillón ministerial presenció las tensiones entre Indalecio Prieto, Juan Negrín y Manuel Azaña. El orondo Prieto era un socialista moderado anticomunista desalentado ante las constantes derrotas republicanas. Negrín, un presidente del gobierno animoso y ciclotímico para quien la ayuda de la URSS era imprescindible si la república quería sobrevivir. Azaña es quizá la figura más patética. Confinado en su cargo de presidente de la república, sabía que la derrota era inevitable. Su lucidez impotente le enfrentó con el decidido Negrín.

Zugazagoitia fue el cronista de estos enfrentamientos personales que anunciaban la disolución de la democracia española. En los últimos capítulos describe con acentos conmovedores el derrumbe republicano. La guerra terminó con cientos de miles de refugiados que por caminos helados intentaban alcanzar la salvación en Francia. Cada mirada derrotada de los fugitivos era una acusación para el socialista. El 1 de abril de 1939 Francisco Franco escribió de su puño y letra el parte final de la guerra civil. En un brillante epílogo se pronostica lúcidamente la ambición franquista por el poder. 

Suele decirse que es necesario que los acontecimientos pasen a ser historia para escribir sobre el pasado de un modo objetivo. La presunta neutralidad que da la distancia. Zugazagoitia demostró, por el contrario, que se puede narrar la historia inmediata desde un espíritu ecuánime, sin odio ni rencor. Por esta razón, «Guerra y vicisitudes de los españoles» es un libro juicioso y magistral.

Julián Zugazagoitia

Julián Zugazagoitia Mendieta (1899-1940), político, periodista y escritor español, nació en Bilbao. Su padre era obrero metalúrgico. Socialista desde muy joven, dirigió periódicos como «La lucha de clases» y «El socialista», además de escribir novelas sociales y una biografía de Pablo Iglesias. Fue concejal en el ayuntamiento de Bilbao y diputado en dos ocasiones. Viajó a la URSS, pero defendió la independencia del PSOE frente a los comunistas. Dentro del socialismo español, mantuvo una posición moderada afín al centrismo de Indalecio Prieto

Con el estallido de la guerra civil, Zugazagoitia se opuso al terror desencadenado en la España republicana. Desde 1937 a 1938 fue ministro de la Gobernación en el gabinete presidido por Negrín. En 1939 se exilió en París. Al año siguiente lo detuvo la Gestapo, gracias a la colaboración franquista, fue devuelto a España, condenado a muerte y ejecutado. Sus restos reposan en el cementerio de la Almudena.

Publicado por Alberto.