James Rhodes
La crónica de cómo
un pianista inglés, enamorado de España, regaló a un centenar de personas un
concierto íntimo en el barrio de Lavapiés.
Al
mediodía del sábado 22 de septiembre de 2018 iba conduciendo, cuando escuché en
la radio que James Rhodes invitaba a los cien primeros que llegaran al Centro
Cultural Función Lenguaje a escuchar un concierto de piano a partir de la 9 de
la noche. La regla principal era que a las 20 horas abrirían las puertas del
local que estaba en la calle del Dr. Fourquet 18.
Teresa,
mi mujer, había quedado con dos amigas a comer por el centro de Madrid, le pedí
si podía acercarse a husmear el asunto e intentar pillar una entrada. Y la
fortuna nos sonrió, sobre las 18:30 pasó por la puerta y vio que estaban
entregando números (uno por persona) a los interesados en asistir. Pidió uno ella y otro
cada una de sus amigas, en un pispás se había agenciado tres entradas con los
números del 58 al 60. Me telefoneó muy alegre para comunicarme la buena nueva
y planificamos la tarde-noche para poder asistir al concierto.
A
las ocho menos diez éramos los últimos de una larga cola que subía calle arriba
hacia Argumosa. Teresa comentó a los que estaban delante que teníamos una
entrada de más, que no iba a ser usada, debido a la premura de tiempo, ni por sus amigas ni por ningún
familiar al que telefoneamos para invitarle al evento. La pareja de delante
dijo que necesitaban dos y otra señora aparentemente sola esperaba a una amiga
y tampoco le encajaba bien la solitaria entrada. El caso es que un varón que
estaba detrás se metió en la conversación diciendo que él iba a entrar solo y
que aceptaba la entrada si nadie la iba a querer. Y con ella se quedó, así de
chiripa. La cara de los de delante se tornó adusta, quizás pudieron pensar que
pretendíamos sacarles algo de dinero, y más cuando estimaran que cual pandilla
de timadores hacíamos el simulacro de haber regalado la entrada a un cómplice,
con la oscura intención de espolearles el apetito de entrar al espectáculo. Así
que empezaron a salirse de la fila temiendo que les fuéramos a pedir una cifra
desmesurada por una entrada que sabían a ciencia cierta que habíamos conseguido
unos minutos antes por la cara. De modo que su suspicacia les llevó a
encontrarse compuestos pero sin novio. Al
falso compinche, el que se llevó el gato al agua, luego le vi entre el público
disfrutando, como todos los presentes, del virtuosismo del intérprete.
A
las 8 en punto empezó a avanzar la cola en dirección a la puerta, la gente que
no tenía pase, no entraba y entonces se quedaban petrificados, con cara de
vaqueta y el cuello encogido, como esperando una segunda oportunidad.
Adelantamos a los indocumentados y al entrar en la sala ya estaban ocupadas la
mayoría de las sillas, dispuestas en varias filas frente a un gran piano de
cola Steinway que llenaba un espacio iluminado por un foco y aireado por un
ventilador de pie que era incapaz de refrescar, por sí solo, el cada vez más
caldeado ambiente. Solo quedaban asientos aislados y estábamos pensando en
ponernos en lugares separados cuando alguien del staff nos sugirió ocupar un
sillón de dos plazas que estaba en un rincón, justo a la espalda de la posición
del pianista. Allí nos instalamos Teresa y yo, dispuestos a aguantar una hora
de espera hasta que comenzase la función. Solo se levantaban de su butaca
aquellos que dejaban otro acompañante en la de al lado, porque no era plan
volver del servicio y encontrar tu silla ocupada sin derecho a reclamación. La
barra del bar estaba muy cerca y me levanté a pedir unos refrescos que bebimos uno
a morro de la lata y el otro en un genuino vaso de plástico blanco.
Durante
la espera me incorporé para admirar el piano con calma, de la misma manera que
lo hago ante una obra de arte. Distribuidas sobre su metro y medio de anchura,
destaca la alternancia de teclas blancas y negras, todas tan idénticas, tan
enrasadas, esperando ser pulsadas por unos dedos ya delicados, ya impetuosos
que, escalonando ese plano perfecto que forman cuando están en reposo,
desencadenan el movimiento de un enrevesado mecanismo cuya finalidad es
percutir, con extraordinaria precisión, sobre una cuerda que vibrará con una
frecuencia específica emitiendo la nota deseada de la escala musical. La tapa
abierta era un plano inclinado de dos metros de longitud, apoyado sobre el
soporte para que el sonido se extendiera por toda la sala. Por debajo se veía
el arpa de acero que sujeta las 88 cuerdas en paralelo, que se alojan sobre la
caja de resonancia. Todos los mecanismos estaban a la vista porque habían
quitado el atril. Era evidente que James no necesitaba las partituras de las
piezas que iba a interpretar, se las tendrá tan machacadas que estarán tatuadas
en las circunvoluciones de su cerebro. También esperaba paciente la banqueta
rectangular donde se aposentaría el artista, que sin duda había sido regulada,
por él mismo, a la altura correcta. Finalmente la escena era iluminada por un
foco portátil centrado en dar luz al teclado, pero que proyectaba unas sombras
envueltas en claroscuros.

Impaciente
por el comienzo me dirigí al baño para estirar las piernas. Al salir observé, a
través de una ventana, la habitación que hacía las veces de camerino. Dentro
estaba James sentado, mirando su móvil con aspecto relajado, llevaba un
pantalón vaquero y una original camiseta blanca luciendo el dibujo de una
cabeza de vaca de las Highlands escocesas, esos adorables bovinos dotados de
enorme cornamenta, pero que al ser peludos recuerdan a la oveja de Norit y te
transportan inmediatamente a los años de inocencia y seguridad de la infancia,
alejando de tu cabeza toda sensación de peligro. Le robé una foto tras la
ventana en el momento que le traían agua y refrescos. El virtuoso necesitaba
hidratarse antes de afrontar el encuentro con un público que estaba rendido
ante él y empezaba a disfrutar solo pensando en lo que se avecinaba. Yo me retiré
a mi rincón a esperar, tan contento con el doble trofeo, la instantánea y la
cabeza de vaca.
Los
espectadores eran una muestra de biodiversidad, desde familias con niños hasta
individuos entrados en años de aspecto taciturno, buen número de parejas
maduras y grupos de jóvenes de ambos sexos interesados en dejarse llevar por el
embrujo de la música. Entre todos ellos me llamó la atención una cara conocida,
era una profesora nativa de francés que relacioné con mi lugar de trabajo.
Nunca había tratado con ella, pero la complicidad que da asistir a un acto tan
singular me llevó a pensar que haría por saludarla cuando terminara la función.
Necesitaba compartir con alguien conocido la sensación de privilegio que
produce este tipo de acontecimientos tan imprevistos, tan formidables y tan
mágicos.

A
las nueve en punto de la noche, apareció el anfitrión de la sesión, comentó la
alegría que le producía haber podido organizar un concierto benéfico bastante improvisado.
También nos recordó que afuera se había quedado un buen número de personas,
algunas muy enfadadas. Buscó nuestra complicidad para corroborar que el reparto
de entradas se había hecho sin trampa ni cartón y después de recordarnos que
íbamos a gozar de la distinción de asistir a un concierto de piano en una sala
en la que apenas cabían 100 personas, nos sugirió que al igual que en los «free-tours»
turísticos aportáramos la cantidad que nuestra voluntad considerara adecuada, dentro
de una caja de cartón con una ranura en su parte superior para introducir el
dinerito. Antes de presentar a la estrella de la noche nos rogó que, por el
bien del espectáculo, no se hicieran fotos ni grabaciones de video, nos sugirió
dejarnos llevar por los etéreos brazos de la música que iba a brotar del
majestuoso instrumento emplazado allí para la ocasión.
Al
final anunció a James Rhodes, que apareció por la puerta del improvisado
camerino rebrincando para acercarse al piano. Era alto, longilíneo y nervioso,
sus poco más de cuarenta años se revelaban en las canas que poblaban su barba y
su cabeza. Comenzó dirigiéndose a la audiencia en «guiri-spanish» para decirnos
que llevaba un año viviendo en Madrid y se encontraba muy a gusto. Pensé: Esta
ciudad le ha sentado tan bien que a pesar de su pasado, descrito con crudeza y
sin concesiones en el libro autobiográfico «Instrumental», se muestra como una
persona corriente y de ademanes tiernos. Se expresaba con tanta gracia que agradecí su
esfuerzo de acercamiento a través de la lengua. Después pasó a hablar en inglés,
y automáticamente decidí que aunque no entendiera absolutamente todo yo me iba
a dejar llevar por el lenguaje de la música, que no es traducible porque es el
más comprensible de todos.
Entonces
se quitó sus gafas de pasta negra, las depositó a la derecha del teclado, se
sentó sobre la banqueta, aproximó las manos a las teclas y empezó a expandir el
hechizo. Se trataba de una pieza lenta, como para calentar los dedos. Desde mi
posición podía ver muy bien como tocaba, me fijé en los movimientos de sus
manos, de sus dedos, como se inclinaba hacia la derecha o la izquierda según el
lado del teclado sobre el que actuara, con qué delicadeza y precisión pulsaba los
pedales del instrumento con sus zapatillas «Converse» blancas. Mientras, la
sucesión de notas iba entrando directa desde el oído al cerebro y seguía hasta
el corazón de cada uno de los asistentes que a fuerza de permanecer inmóviles
como estatuas de mármol, íbamos cayendo en un éxtasis colectivo que solo acabó
cuando cesó el sonido y James se levantó a agradecer el explosivo aplauso. Tras
la lenta melodía bromeó diciendo que le gustaba empezar los conciertos con
mucha marcha, pero pidió paciencia, porque si estábamos esperando una
exhibición de ejercicio físico en la ejecución, lo presenciaríamos a
continuación.
La
segunda era una pieza de Bach, nos había avisado de que íbamos a ver como
cruzaba sus manos sobre el teclado, porque la mano derecha interpretaba una
melodía mientras la izquierda retozaba sobre las teclas ora a la derecha, ora justo
encima de la otra mano con una forma que recordaba un pulpo, ora hacia su espacio
natural de la izquierda y para hacerlo James se levantaba del asiento intentando
llegar a los rincones inhóspitos del blanco y negro teclado de marfil. Una
interpretación muy brava, como para adolescentes enérgicos, donde el intérprete
debía localizar el lugar exacto de las «fucking notes» salteadas a lo largo y
ancho del teclado. Sin embargo, lo importante era la música y pudimos comprobar
que Johann Sebastian nunca decepciona, porque estuvieron vibrando más las
células nerviosas de nuestro cuerpo que las cuerdas del piano.
Había
que calmar la euforia y entonces vino Chopin, James nos introdujo en la timidez
adolescente del polaco. Su falta de comunicación con las compañeras de estudios
la suplía componiendo canciones que evidenciaban su espíritu enamorado. Es una
música conmovedora, plagada de vaivenes sentimentales, durante la
interpretación las manos se movían como dos arañas independientes que se
acercaban y alejaban entre sí, al ritmo de los sentimientos del autor.
La cuarta obra era un Preludio
de un Chopin más maduro, James nos refirió que había ido a Mallorca y que allí
Chopin pasó un periodo de convalecencia en la cartuja de Valldemosa, un sitio
aislado para no contagiar su enfermedad, donde solo se podía llegar montado en
burro, James aprovechó para reproducir un rebuzno tocando tres teclas y nos
dijo que estuviéramos atentos a la aparición de ese sonido en la siguiente
interpretación. Chopin la compuso mientras estaba acompañado por George Sand y
sus hijos. Creó una pieza impregnada de un sonido envolvente, logrado apretando
el pedal «sustain» para mantener la vibración de las cuerdas, que te transporta
como en un viaje astral a un mundo de ingravidez. Me rememoró la sensación de
un baño termal, donde flotas como si estuvieras inmerso en líquido amniótico.

Como
preámbulo del tema siguiente nos enseñó un tatuaje de su antebrazo derecho
donde figura el nombre de uno de sus ídolos, Сергій Рахманінов, un compositor,
pianista y director de orquesta, con tres carreras sin despeinarse, igualito
que los ingenieros de caminos, canales y puertos. Se trata del ruso Sergei
Rachmaninoff, el influyente músico del siglo pasado, que dejó en James una
huella más profunda de la que se ve en la superficie de su piel. Escucharle en
bucle le sacó del infierno que vivió en su juventud. En el comentario previo
nos contó que la composición original está escrita para piano y orquesta, pero
él iba a interpretar una versión para ser tocada en un solo de piano y
levantando las palmas el solista zanjó: «Y solo con dos manos». Cuando el británico tocó dos acordes, «#chan, #chin» contó que en base a ellos se construyó la
obra que los repite de modo recurrente para expresar las sacudidas emocionales
y obsesivas producidas por las dudas amorosas que martillean por cada oído
alternativamente «#te odio, #te amo». Esa alternancia a lo largo de la
composición produce una extraordinaria tensión que va aumentando linealmente de
intensidad conforme avanza el tiempo. En paralelo, los movimientos del intérprete
eran imposibles para un mamífero bípedo, a juzgar por el aluvión de sonidos que
emitía el instrumento, y generaban una energía absolutamente física que
concordaba a la perfección con las vibraciones acústicas producidas por las
notas musicales inundando la sala.
Los
aplausos eran cada vez más fuertes y los saludos de James más agradecidos, se
había producido desde el principio una comunión «público-artista» tan cercana
que la noche apuntaba a terminar entre abrazos. La última delicia musical era
una balada de Brahms que acabó hipnotizando a la mayoría de los oyentes. En un
momento dado, la cadencia del sonido hizo presa y todos empezamos a mover la
cabeza al compás, como lo hacían los perros que adornaban la ventanilla trasera
de los Seat 600 de los años 70 cuando asentían al ritmo de las vibraciones
producidas por los baches del pavimento. Y embelesados seguimos el camino marcado por el londinense como hubiéramos
seguido al flautista de Hamelín. Al terminar de agradecer los aplausos se
retiró al camerino… Y regresó casi inmediatamente para deleitarnos con un bis.
Su
vuelta al ruedo se convirtió en un homenaje a Beethoven, empezó con unas notas
vibrantes y reconocibles, la composición transmitía alegría y viveza, James nos
estaba invitando a salir del local con los corazones alegres y se empleó a
fondo para conseguirlo. Tocaba saltarín sobre el piano y comunicaba una energía
tan contagiosa que daban ganas de empezar a correr la maratón a la vuelta de la
esquina. Volvió a hacer mutis y el respetable insistió en mantener un aplauso
continuo hasta que reapareció encantado el inglés. Explicó que iba a tocar una
canción de amor dedicada a su novia Mica, presente en la sala. Luego al
sentarse advirtió: «¡La última, eh!».
Con
esa interpretación nos estaba despidiendo de la manera más elegante posible,
porque era una especie de nana que sirviera para mecer a su enamorada, como el
paso previo a caer rendidos en brazos de Morfeo. Le agradecimos su generosidad
al guiri con un caluroso aplauso de despedida. Después nos levantamos perezosos
y nos rascamos el bolsillo para llenar de billetes la caja de cartón, aunque
asumíamos que habíamos asistido a una ceremonia que no se podía pagar con
dinero. Salimos del local con el espíritu bien alimentado y nos internamos en Lavapiés
dispuestos a activar la epiglotis y movilizar el aparato digestivo en alguna
terraza del barrio.
Madrid,
30 de septiembre.
Publicado
por Adolfo Pérez.