
Título: PÍo Baroja, a escenas astronautas Autor: Miguel Sánchez-Ostiz
Páginas: 944
Editorial: Renacimiento
Precio: 34,90 euros
Año de edición: 2021
Entre los escritores
españoles clásicos, uno de los más vivos es Pío Baroja. El
novelista donostiarra sigue levantando pasiones. Don Pío ajustó
cuentas con el universo en su narrativa episódica, fragmentaria, veloz y
amarga. Los personajes son contrafiguras del autor. Esto conduce a un enfoque
muy personal. La realidad se filtra en la novela a través de la subjetividad
del escritor. No es la realidad objetiva del realismo clásico. El Baroja anciano contó
su vida en «Desde la última vuelta del camino». Apasionantes memorias que
reproducen fielmente pasajes de sus novelas. Toda obra literaria es
en esencia una recapitulación, escribió de manera memorable.
Desde la temprana «Pío
Baroja en su rincón» (1940), del periodista Miguel Pérez
Ferrero, las biografías sobre Baroja han sido
bastante benévolas, excepto la discutible «Baroja o el miedo» (2001)
escrita por Eduardo
Gil Bera. La familia también se ocupó del patriarca don Pío. Ahí están «Los
Baroja» (1972) y «Crónica barojiana» (2000),
de sus sobrinos Julio
Caro Baroja y Pío
Caro Baroja, respectivamente, imprescindibles, y las tristes memorias de Carmen Baroja, la
hermana, publicadas póstumamente en 1998.
El escritor navarro Miguel Sánchez-Ostiz publicó en 2005 la exhaustiva
biografía «Pío Baroja, a escena», que amplía su anterior «Derrotero de Pío
Baroja» (2000), y que se ha vuelto a editar corregida en Renacimiento en 2021.
El título anuncia las intenciones de Sánchez-Ostiz: separar a Pío Baroja de su
personaje, trabajosamente construido durante más de medio siglo. El mejor
personaje barojiano fue Pío
Baroja. Don Pío
se definía como un tipo oscuro agazapado en un rincón. Un hombre independiente,
al margen de capillas. Un solitario que, como Nietzsche, había
elegido el exilio interior para mejor proclamar la verdad. Un señor pobre,
vagabundo, desastrado. Un tipo veraz. Esta imagen interesada no es real; o no
del todo. Baroja
pretendía no querer ser nada, aunque opinaba de todo lo humano y divino. De
esta forma consiguió que todos acabaran hablando de él, para bien o para mal.
Por lo general tenía una pésima opinión de los demás. No se recataba en
expresarla. En justa correspondencia, también fue vapuleado. Pero esto último
no le gustaba nada.
Sánchez-Ostiz desmonta algunas
mitologías barojianas. Baroja, el apolítico. No exactamente. Tuvo sus escarceos en política. Quiso
convertirse en concejal y luego diputado, nada menos que con Lerroux. En dos ocasiones se presentó como concejal por el pueblecito de Vera, en donde está la casona familiar de Itzea. Los vecinos lo eligieron
a la segunda, aunque no llegó a ocupar el cargo. Azorín le ofreció ser diputado conservador. Baroja lo rechazó. El anarquismo le interesaba. Es posible que supiera más de lo
que contó sobre los entresijos del atentado de Mateo Morral en 1906 contra Alfonso XIII y su esposa. Tenía cierto interés por la cosa
pública. Quizá fuera demasiado cándido para el navajeo político.
Baroja, el solitario. En realidad, fue un hombre con una intensa vida social.
Frecuentó de joven los cafés y tugurios de Madrid. Conoció a la bohemia y
el hampa. Siempre le interesó lo marginal, lo raro. Baroja tuvo muchos amigos. Le encantaban las tertulias. Durante los tristes
años de su exilio parisiense, entre 1936 y 1940, se relacionó con cientos de
personas (Azorín, Marañón, Sebastián Miranda, escritores franceses, chilenos,
argentinos, también con muchas gentes ya olvidadas... ). Frecuentaba
buenos restaurantes. Tenía amigas entre la aristocracia, que le dejaron de lado
a partir de 1931. El Baroja anciano reunió una tertulia en su casa de la calle Ruiz de Alarcón,
frecuentada por personajes singulares, pero también por Juan Benet, González-Ruano o un interesado Camilo José Cela. Baroja no era lo que se entiende por un solitario. Otra cosa es que él se
sintiera solo y frustrado. Dejó escrita esta sentencia: cuando uno se mira
mucho a sí mismo se confunden la cara y la careta.
Baroja y las mujeres. Aquí la frustración debió ser grande para este solterón empedernido.
Los escarceos amorosos de don Pío tienen un aire de ensoñación algo traspapelada. Fue amigo de muchas damas. Pero nunca consolidó una relación femenina, por miedo, egoísmo o quién
sabe. Se acercaba a las mujeres, se mostraba encantador, atento, locuaz y
brillante. Cuando detectaba que el siguiente paso sería un compromiso serio,
echaba a correr (esto le pasó literalmente en Italia: maleta al hombro y
escapada). Lo mismo le sucedía con muchos amigos. Baroja parecía tener miedo de ir demasiado lejos en la amistad o el amor. Ya se
sabe que uno puede sentirse solo rodeado de una multitud.
Baroja y lo vasco. Se sentía vasco. Su tierra le inspiró libros
inolvidables, aunque su ciudad predilecta, en donde vivió la mayor parte
de su vida y está enterrado, fue Madrid.
El escritor navarro, sin ser nacionalista, era a su modo vasquista. Su ideal
era una república platónica del Bidasoa, sin frailes, moscas o carabineros. Su vasquismo tuvo un fruto literario
singular: «La leyenda de Jaun de Alzate» (1922), una pequeña obra maestra.
Baroja y la Guerra
Civil. Baroja no simpatizó con la Segunda República. La consideraba dominada por
políticos charlatanes, chocarreros y sin talento. No deseaba cambios en su
ordenada vida burguesa. Él se proclamaba liberal. Pero Sánchez-Ostiz señala con razón que eso en España no significa
absolutamente nada, o es sencillamente el disfraz de ideas y actitudes
reaccionarias. Baroja rechazaba la democracia, el socialismo y el
parlamentarismo. Con el estallido de la guerra, los carlistas están a punto de
ejecutarlo en una cuneta. Era julio de 1936. Creía necesaria una dictadura militar
no clerical para meter en cintura a las masas exasperadas («Una explicación»,
artículo publicado en el faccioso Diario de Navarra el 1 de septiembre de 1936). Baroja escapó a Francia. Se
refugió en París, en el
Colegio de España, dependiente de las autoridades republicanas legítimas, a la
vez que escribía aquellos artículos virulentos contra los republicanos.
¿Cómo se come eso? Sin embargo, los republicanos no lo plantaron de patitas en
la calle. Pío Baroja
regresó definitivamente a España
en 1940.
Baroja y los judíos. Era antisemita, de manera absurda y visceral. En general,
era racista: estaba obsesionado por el aspecto físico de la gente, si eran
rubios o morenos, si eran braquicéfalos o dolicocéfalos, si eran arios o
semitas. Demostró muy poco sentido común con esa manía. Claro que las
paridas racistas eran habituales en su época, sobre todo entre las
derechas. Los comentarios de Sánchez-Ostiz me parecen definitivos en este aspecto. Todavía peor:
el delirante panfleto «Comunistas, judíos y demás ralea» (1938), prologado por Ernesto Giménez-Caballero, fue pergeñado entre
el editor José Ruiz-Castillo, el propio Baroja y algún personaje más como salvoconducto para entrar en la España
franquista. Las opiniones de Baroja en ese bodrio (un montón de citas fuera de contexto sacadas de su obra)
son verdaderamente repelentes, dignas, como decía Andrés Trapiello, del más vulgar Rosenberg. Con los años nadie se quiso responsabilizar de un engendro convertido en
patata caliente para el prestigio de don Pío.
Baroja y el franquismo. Baroja es ya un anciano con 68 años cuando vuelve a España. Tiene achaques de
salud y momentos de depresión. Es posible que hubiera escrito una carta al
general Franco para ver si le dejaba volver. Asomar la patita antes de dar el
salto definitivo a casa era una actitud más que razonable en unos años
en que se fusilaba por racimos y por tonterías. Baroja sigue escribiendo, publicando y paseando por una España gris y triste.
Tiene una tertulia en su casa. El régimen le tolera y él tolera al régimen, con
algún gruñido. Se va convirtiendo en un abuelo entrañable. Es un
símbolo de la España anterior a 1936. Una reliquia respetada por casi
todos, pero lejos de las nuevas generaciones. El mundo barojiano era un pasado
evocado con nostalgia. Cuando fallece en 1956, Baroja, el último romántico de la literatura española, fue enterrado en el
cementerio civil de Madrid
(buen corte de mangas al nacionalcatolicismo reinante).
Miguel Sánchez-Ostiz ha escrito un trabajo excelente,
muy documentado, algo frondoso y reiterativo a veces, que permite entender cómo
era Baroja fuera del teatro de la literatura, que era su vida:
un hombre observador, inseguro y consciente de su valer, que se defendía a
zarpazos de enemigos muchas veces imaginarios, bastante mal tomado, con una
memoria prodigiosa para los pequeños agravios, obsesionado por lo concreto
y confuso hasta lo increíble en datos y fechas, tímido con las mujeres, liberal
con su toque autoritario, ácrata y conservador, rebelde de vida tranquila y
ordenada, un inadaptado que se adaptó a todo, un solitario con una rica vida
familiar y social, un pobre con bastante dinero, frío y duro cuando
convenía, sensible otras veces, de una candorosa ingenuidad a menudo (le
encantaba darle al pico: trae problemas).
Fue un hombre
inteligente y perspicaz; también atrabiliario cuando se creía menospreciado.
Su pose de sombra romántica, humilde y errante fue una afortunada creación
literaria. Un fabulador genial tiene más derecho que nadie a enmendar la
realidad. Baroja lo consiguió. Nos regaló unos cuantos libros
maravillosos y todo un mundo, el barojiano, por donde sigue siendo agradable
darse un paseo de cuando en cuando. De muy pocos escritores puede decirse lo
mismo.
Miguel Sánchez-Ostiz
Miguel
Sánchez-Ostiz (1950), escritor español nacido en Pamplona, colaborador en
numerosos medios de comunicación y ganador en 1989 del premio Herralde con «La
gran ilusión», obtuvo en 1997 el Premio
Nacional de la Crítica con la novela «No existe tal lugar». Otra de
sus novelas, «Las pirañas» (1992), es considerada por la crítica como uno de
los logros más notables de la narrativa española contemporánea. Entre su
amplia producción ensayística destacan los estudios dedicados a Pío Baroja, incluida
una excelente antología de opiniones y paradojas barojianas de regocijante
lectura. Miguel
Sánchez-Ostiz es miembro de número de Jakiunde,
la Academia de las Ciencias, de las Artes y
de las Letras del País Vasco.
Publicado por Alberto.