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martes, 5 de mayo de 2026

La sensualidad pervertida - Pío Baroja

Título: La sensualidad pervertida
Autor: Pío Baroja
 
Páginas: 376
 
Editorial: Alianza
  
Precio: 14,90 euros 
 
Año de edición: 2006

«Mi sensibilidad era como un órgano sin revestimiento, sin piel; así, el más pequeño contacto con la aspereza de la vida española me hacía daño. […] Después comencé a fingir la insensibilidad, para defenderme de la ridícula efusión experimentada por las cosas y las personas, y poco a poco, de la ficción de parecer insensible, pasé a la realidad de serlo. […] ¿Cómo y cuándo la sensualidad mía se fue pervirtiendo y convirtiéndose en algo anómalo y puramente cerebral?». Así se explica al principio de la novela su protagonista, Luis Murguía y Arellano. La sensualidad pervertida fue publicada por Pío Baroja en 1920. dentro del marco de su trilogía «Las ciudades» (que se completa con César o nada y El mundo es ansí).

La obra constituye un tour de force por la vida sentimental de Luis Murguía, un hombre racional que desea sentir sin sufrir. Desea amar, y sabe que puede sentir, pero también es consciente que aparejado al sentimiento placentero se encuentra el dolor al rechazo y a la decepción. Murguía prefiere renunciar a la sensualidad, pervertirla para inmovilizarla e impedir cualquier daño.

Así, su historia comienza cuando queda huérfano y lo envían con su abuela al País Vasco, desde su Cádiz natal, a vivir entre verdes montañas y valles de lluvia y niebla. Allí desarrolla cierta animadversión por el cerrilismo provinciano, caciquil y de sacristía. Como el resto de protagonistas de la trilogía de «Las ciudades», Murguía descubre que su destino y anhelo es hacer algo extraordinario, difícil, dramático. Quiere saltar de la zona gris a la zona de luz con aristócratas, jugadas en Bolsa, lujos, viajes exóticos, mujeres hermosas… Especialmente, mujeres.

La sensualidad pervertida es casi un diario o dietario de recuerdos sentimentales, una enumeración de las mujeres que pasaron por la vida de Murguía, y la impronta que esas relaciones tuvieron en su ánimo y carácter. Las ciudades se suceden como escalafones de una carrera hacia la nada amorosa, hacia la insensibilidad, hacia una ataraxia sentimental. Encuentra defectos en todas las mujeres, y las pocas que despiertan su atención no le corresponden. Los amigos masculinos aparecen retratados en función de la concepción que éstos tienen del amor y de las relaciones sexuales.

Acusado con frecuencia de misógino, Baroja se muestra en esta novela como un admirador de las mujeres, respetuoso y considerado. Ahora bien, conviene precisar bien estas afirmaciones. La mujer que le gusta a Murguía, trasunto de Baroja, es una mujer culta, poco amante de los alardes, los afeites, las telas, las vanidades y los chismorreos. Una mujer con la que charlar de filosofía y política al tiempo que desenvuelve ese encanto femenino que recubre de misterio su alma y sus pensamientos. Esta vaporosa cualidad resulta para Murguía un elemento esencial de la seducción femenina. Por contra, la mayor parte de las mujeres que se encuentra en su periplo por Madrid y París fundamentalmente, pero también en Bilbao, San Sebastián, San Juan de Luz o Irún, parecen perseguir una suerte de sueño vital de raíz romántica: un hombre bien situado en lo económico, que respete los principios cristianos, permita la maternidad en un espacio honorable (matrimonio) y sostenga los caprichos y licencias de la mujer en cuanto a ropa, joyas, viajes... A Murguía estas mujeres le parecen banales, secas, insulsas, sin ningún interés.

Para el caso, Murguía prefiere el matrimonio por interés, que prescinda de arrebatos románticos y responda a intereses racionales o intelectuales. Así, cuenta el caso de un hombre y una mujer: «Se casaron enamorados, vivieron unos meses en un idilio y acabaron separándose y odiándose: él, insultándola y diciendo que era una mujer egoísta y mala; ella, asegurando que él era un canalla de la peor especie. En cambio, he conocido alguna que otra mujer casada a la fuerza con algún hombre viejo y sin condición ninguna, e ir tomándole afecto por momentos y llegarle a querer. Hay una incomprensión fundamental entre el hombre y la mujer. Somos dos clases de animales que no nos correspondemos psíquicamente». La visión de Murguía, quizás del propio Baroja, es desapasionada y pesimista: «La gente vive, si no feliz, contenta, con esa existencia cotidiana de ir y venir, de trabajar, etcétera. Nosotros, ambiciosos descontentos, inadaptados, que queremos una dicha pura y alta, nos equivocamos y no la alcanzamos nunca».

Como la inmensa mayoría de las novelas de Pío Baroja, La sensualidad pervertida es un texto entretenido, ameno en el dibujo de personajes, teñido de ironía y sarcasmo, y que comparte la filosofía de la trilogía de «Las ciudades», una crítica al clericalismo y la herencia judeocristiana que sitúa a la mujer debajo del hombre y a cada hombre en un estrato social y moral determinado. Baroja es crítico con esta posición, desde una visión regeneracionista, burguesa, en absoluto subversiva, pero tampoco acomodaticia al pensamiento de la época. Podemos resumir el tema de esta novela como un ensayo sobre el amor y las relaciones sentimentales. La conclusión es discutible, el planteamiento lleno de encanto. Baroja siempre es actual y un narrador extraordinario.

Pío Baroja

Pío Baroja (San Sebastián, 1872-Madrid, 1956) fue el novelista más importante de la Generación del 98 y doctor en medicina, aunque pronto abandonó la profesión para dedicarse a la literatura. Su obra se caracteriza por un marcado pesimismo y un estilo ágil y directo, y suele estar agrupada en trilogías. Entre estas destacan «La lucha por la vida» (La busca, Mala hierba, Aurora roja) y «La raza» (que incluye su aclamada novela El árbol de la ciencia). Dentro de su vasta producción, la trilogía «Las ciudades» reúne tres novelas independientes: César o nada (1910), El mundo es ansí (1911) y La sensualidad pervertida (1920). Estas obras ofrecen un retrato crítico de la España de su tiempo, explorando el desengaño y la voluntad de poder de sus protagonistas frente a un entorno adverso. 

Publicado por José Ángel Gayol. 

lunes, 4 de mayo de 2026

El sueño del jaguar - Miguel Bonnefoy

Título: El sueño del jaguar
Autor: Miguel Bonnefoy
 
Páginas: 272
 
Editorial: Libros del Asteroide
  
Precio: 20,95 euros 
 
Año de edición: 2025
 
Esta novela, ganadora del Premio Fémina y del Gran Premio de Novela de la Academia Francesa está siendo una de las sensaciones del año. No me extraña, se trata de una obra que aprovecha con inteligencia el atractivo de las sagas familiares, llenas de peripecias, avatares y pasajes del género picaresco, y el encanto del realismo mágico sudamericano. El autor conoce bien las culturas venezolana y francesa, los dos polos entre los que se desarrolla esta entretenida ficción.

«Al tercer día de su vida, Antonio Borjas Romero fue abandonado en los escalones de una iglesia, en una calle que hoy lleva su nombre». Así arranca este texto exuberante y colorido, rico como los productos tropicales, en el que se describen a menudo sitios y ambiente por el olor que desprenden. El lenguaje y su estructura recuerdan al estilo de Gabriel García Márquez, salvando las distancias, y la historia de las tres generaciones de una familia, cuya devenir empieza en Maracaibo y acaba en París, las tramas que urde con habilidad Isabel Allende.

El estilo es rico, barroco y jugoso, con frases como párrafos, larguísimas, cuyos términos sorprenden al lector continuamente al jugar con lo exótico y lo inesperado, con las ideas originales y los hechos menos rutinarios que se puedan imaginar. Estas páginas nos recuerdan que también se puede hacer gran literatura con un lenguaje florido y verboso, lleno de digresiones y exotismo. No todo es minimalismo y contención. Bonnefoy emplea varios trucos para mantener el interés en lo más alto: mezcla elementos de la novela picaresca con varias historias de amor, todas ellas arrebatadas y muy románticas, anuncia cosas que van a suceder, con lo que mantiene un nivel de intriga casi constante; pone en juego la sorpresa de manera constante, el encanto de lo exótico e inesperado y la exageración desmedida; utiliza frecuentes retornos de personajes que regresan del pasado; finaliza muchos capítulos arriba, con un pequeño clímax, e intercala numerosas enumeraciones coloridas y maravillosas. El conjunto es una narración entretenidísima, plagada de personajes peculiares que se ganan la complicidad del lector, y que ofrece por añadidura y como decorado un resumen de los hitos más importantes de la historia venezolana. 

«... y sabía echar las cartas, pues la muda Teresa le había garantizado que era la única ciencia capaz de convencer a los hombres sin contar con el inconveniente de ser verdadera», «... hasta tal punto que llamaba a todo el mundo por su nombre de pila, incluso a aquellos que jamás le habían sido presentados», «Porque sólo me casaré con el hombre que me cuente la historia de amor más hermosa», «No se puede uno morir con el estómago vacío», «A las tres de la tarde, la ciudad se endiabló», «... le puso por delante un atlas abierto y empezó a hablarle de ciudades construidas en las cimas de las montañas, y de vergeles colgantes en Perú, del marfil etíope y los dialectos de la India, de las ceremonias celestes de Nepal y las danzas antillanas, de los misterios de Japón y las utopías secretas de Libertalia; le habló de las ciudadelas excavadas en acantilados birmanos, de las aldeas al borde de los fiordos daneses, de las calas mediterráneas, de los templos chinos, delos mercados senegaleses... », «No entendía cómo se podía enseñar a hablar a los niños para luego no escuchar lo que tenían que decir», «Solo los seres puros mueren en la misma fecha que nacieron», «... había alcanzado esa edad en la que uno no se echa de menos», «Todos somos hijos de un sueño de jaguar».

Un libro llamado a ser un superventas, un fenómeno editorial. Una obra estupenda y redonda, tropical, llena de vitalidad y energía, rematada con un desenlace muy borgiano. Una novela exuberante, olorosa y colorida, muy cinematográfica, que gustará a todo tipo de lectores y les hará pasar unas horas muy agradables.

La traducción del francés es obra de Regina López Muñoz a la que ya conocemos por haber traducido Los días del Cáucaso y varias obras de Foenkinos. En este enlace pueden leerse las primeras páginas de esta novela.
 
Miguel Bonnefoy (París, 1986), hijo de una diplomática venezolana y de un novelista chileno, es un escritor de doble nacionalidad, a la vez francés y venezolano. Creció en Venezuela y Portugal, y estudió en liceos franceses. Ha sido profesor de francés en la Alianza francesa y a los y a los 23 años ganó el segundo premio en la 14ª edición del certamen de relato corto de la Sorbona Nueva.
 
Ha escrito hasta ahora diez novelas y ha ganado veintiún premios, los últimos, el Premio Fémina y el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa por El sueño del jaguar.
 
Miguel Bonnefoy
 
Publicado por Antonio F. Rodríguez. 

domingo, 3 de mayo de 2026

El muerto insepulto y transeúnte - Manuel Chaves Nogales

Manuel Chaves Nogales

El muerto insepulto y transeúnte

Yo era peluquero y en mi oficio llegué a gozar de una envidiable reputación. Reconozco que jamás tuve ocasión de salir de las modestas peluquerías de los barrios extremos, pero esto no me quita mérito. Debía esa postergación a mi modestia, a mi carácter pusilánime. Nada más. Pero no tenía tampoco mayores aspiraciones.  En mi pequeña barbería me sentía muy a gusto y mi arte la suavidad de mis manos y la dulzura de mis maneras, eran dotes apreciadas en cuanto valían por mis humildes parroquianos. 

Cuando cumplí veinte años, me hicieron soldado, ingresé en el cuartel y pasé días horribles entre aquellos hombres violentos e implacables. Me abrumaban con el peso de armas y correajes,  me rendían con caminatas terribles y ejercicios sin fin y toda mi blandura, mi naturaleza dulzona y aristocrática de oficial de barbería hubo de resentirse gravemente. Cuando se convencieron de que yo no servía para aquel bárbaro ajetreo me mandaron a la peluquería del regimiento donde recobré algo el sosiego. Allí estuve algún tiempo. Todos los soldados reconocieron que yo era un hombre superior por la inusitada suavidad, el miramiento con que rapaba sus testas esquinadas y sus barbas salvajes. Vuelto así a mi elemento me sentí orgulloso de mí mismo y de mi arte.

Pero se declaró la guerra; nos movilizaron y de la noche a la mañana, me encontré sobre el campo de batalla frente a unos feroces enemigos y cargado otra vez con armas y correajes. Allí no había escapatoria; en la guerra la gente no se corta el pelo ni se deja afeitar ―de ello deduzco yo la barbarie de las guerras―, y quieras que no, se empeñaron en hacer un bravo guerrero de un humildísimo rapabarbas. Puse todo mi empeño en conseguirlo, pero no fue dable. 

Así las cosas, nos metieron en fuego por primera vez. Yo iba desde el primer instante más muerto que vivo. Al poco rato de avanzar frente al enemigo, comenzaron a silbar las balas. Un soldado que marchaba junto a mí dió de pronto una zapateta bastante ridícula y se cayó de espaldas echando sangre por la boca No pude ver más; se me cerraron los ojos y así seguí avanzando, a tientas, mientras oía a lo lejos el zumbido de las balas 

De pronto oí un silbido más fuerte que los demás; aquella bala venia por mí. En efecto; sentí un terrible golpe en el pecho y me dí cuenta de que caía mortalmente herido. Unos minutos después yo fallecía; estaba muerto, irremisiblemente muerto. 

Yo me daba cuenta aún de algo de lo que por fuera pasaba, pero por dentro de mí, en los entresijos de mi ser, muerto y bien muerto me sentía. Así estuve varias horas; me preocupaba mucho la posibilidad de que los buitres viniesen a comerme; pero no veía el medio de evitarlo. Indudablemente me comerían. Y vendrían también los cuervos y me sacarían los ojos…

Vinieron unos camilleros y unos médicos. Me recogieron con pocos miramientos y dándome trastazos. Me arrumbaron en un furgón automóvil. iOh si los cadáveres pudiéramos quejarnos!  Cuando ya se disponían a enterrarme, como era su obligación, uno de aquellos médicos estuvo registrándome y atosigándome de una manera cruel. Le oí decir que yo no estaba muerto, cosa que me hizo reír de buena gana para mi calavera, que es como únicamente podemos reírnos los muertos aún no descarnados. Aquel bárbaro insistió en sus masajes, sus inyecciones y sus inhalaciones farigosas hasta hacerme abrir los ojos e incorporarme. Aquello era de una crueldad inaudita pues lo menos que se puede hacer con los muertos es dejarlos descansar en paz.

Obligado fieramente, acosado por todas partes, de tal modo que el mismo médico estaba ya exasperado, me hicieron hablar, no sẻ cómo, pues no recuerdo el caso de ningún cadáver parlante. 

Cuando pude hacer uso de la palabra, la empleé en manifestar a aquellos señores el deseo de reposo eterno que, como buen cadáver tenía. Formulé, pues, la petición de que me enterrasen Para que aquellos caballeros perdiesen las vanas sospechas de que yo estuviese aún vivo.

Estas palabras, sensatas, les dejaron estupefactos y como yo las repitiera muy cuerda y respetuosamente, lo tomaron a mal  y, poniéndome en pie sobre mis inseguras piernas de fallecido,  me  atizaron tal puntapié en el trasero, que yo admití la posibilidad de morirme por segunda vez. 

De entonces acá mi vida de cadáver insepulto y viandante ha sido un verdadero martirio. He escuchado los mayores insultos y he sufrido los castigos más atroces.

Ante mi obstinación en declarar mi estado, se han burlado de mí y me han desmentido categóricamente llamándome impostor. ¡Claro!  Como no he podido sacar la cédula de cadáver que por clasificación me corresponde, nadie me cree. Me han formado consejos de guerra,  me han encarcelado, he sido deportado y últimamente me he visto convertido en quincenario profesional. 

¿Y todo por qué? Por mantener firmemente la íntima convicción de que soy un fallecido; una víctima del heroísmo. Nadie me cree.  Y ahora, en secreto, yo mismo he empezado a dudar. Muerto bien muerto estoy, aunque me hagan andar, hablar y moverme artificialmente. Desasido de todas las cosas de este mundo me hallo y ni voluntad ni amor, ni nada de lo que los vivos tienen he conservado.  Pero de vez en cuando, me asalta una irrefrenable apetencia de callos,  longaniza o chuletas de huerta. Y la verdad, soy el primer cadáver con apetito que conozco.

Esto me hace tener mis dudas.

Manuel Chaves Nogales, 1924

Publicado por Antonio F. Rodríguez.