martes, 6 de agosto de 2019

La medida de los héroes - Andrea Marcolongo


Título: La medida de los héroes
Autora: Andrea Marcolongo

Páginas: 284

Editorial: Taurus

Precio: 17,90 euros

Año de edición: 2019

Subtitulado «Un viaje iniciático a través de la mitología griega», este libro de tema marinero arranca con un par de frases que capturan nuestra atención desde el principio («El mar es una lengua antigua. que nos habla. Y sus palabras son el mapa que hay que descifrar») y una dedicatoria a una ciudad, tan poética como seductora: «A Sarajevo, que no tiene mar, pero sabe siempre ser un puerto para mí».

Escrito desde un símil que se puede rastrear en muchos autores, como Pessoa que dejó escrito que «Vivir es zarpar», está basado en la analogía entre la aventura de lanzarse a la vida adulta sin el apoyo de padres ni tutores y convertirse en una persona autónoma y soberana, en busca de su propio destino, y el iniciar un viaje en mar abierto, en busca de un puerto que nos acoja.

Ambas empresas consisten en enfrentarse a un panorama sin caminos marcados, están llenas de peligros, avatares y también de atractivos y recompensas. La autora recorre y resume de manera amena y muy entretenida la muy vieja leyenda de Jasón y el viaje de los argonautas en busca del vellocino de oro, como símbolo y suma de cualquier viaje iniciático. 

Jasón fué educado por el centauro Quirón y al cumplir los 20 años se dirigió a su Yolcos natal, en la costa oriental de Grecia, para reclamar el trono, al que legítimamente tenía derecho y que su tío Pelias había usurpado a su padre. Pelias lo envió a una aventura imposible, un viaje a la Cólquide en busca del mítico vellocino de oro. Jasón partió con unos cincuenta héroes en la nave Argos y, después de muchas aventuras y gracias al amor de Medea, consiguió el vellocino, regresó a su patria y recuperó el trono.

La Cólquide se encontraba en la orilla suroriental del Mar Negro, en la actual Georgia, lo que suponía un lago viaje por mar desde Grecia en aquella época. En cuanto al vellocino de oro, es un símbolo que siempre llama la atención (la piel de un cordero hecha en oro), que ha dado lugar a la orden del toisón de oro y cuyo origen está en discusión. La explicación más atractiva es la que habla de que antiguamente se buscaba oro en los ríos de Georgia colando el agua con las lanas de los corderos, que quedaban llenas de pepitas de oro. Se dice que el método surgió cuando los pastores vieron a un carnero especialmente lanudo surgir de las aguas con las lanas cuajadas de granos de brillante oro.

Aunque esta leyenda de tradición oral es más antigua que la Odisea y la Ilíada, y en ella aparecen los padres de Ayax y de Aquiles, la versión literaria que nos ha llegado es la de Apolonio de Rodas (Alejandría, 295-215 a. C.), el que fuera bibliotecario de la Biblioteca de Alejandría, del siglo tres antes de Cristo, quinientos años después de Homero.

Marcolongo cuenta la leyenda y aprovecha sus episodios para intercalar deliciosas digresiones etimológicas, sobre el origen y significado de conceptos e ideas en griego antiguo, y de reflexiones sobre la aventura de vivir y los más variados temas, para componer un ensayo que mezcla temas de autoayuda, filosofía, historia de la cultura, etimología, épica y otras muchos ideas interesantes, en un atractivo caleidoscopio que es un auténtico placer leer.

Entre otras cosas, aquí se ve un plano del legendario laberinto de Creta, se aprende uno de los significados profundos de la idea de héroe, que en la épica griega los hombres lloran sin avergonzarse por ello, que todos los héroes griegos salvo Ulises eran rubios, que los héroes no nacen, sino que se hacen, que el fracaso no era un demérito para un héroe, que si se coge un tiburón de la punta del morro se vuelve tierno e inofensivo, que Hernán Cortés tomó la idea de quemar las naves de Alejandro Magno y que la meta no es aquello que conseguimos, sino lo que nos cambia.  

En fin, un libro estupendo, que admite varios niveles de lectura, sobre una historia muy antigua de uno de los primeros viajes iniciáticos que se conoce, la aventura de crecer, madurar y vivir, el canto del maravilloso viaje de Jasón y los argonautas, que lograron superar mil pruebas, encontrar el vellocino de oro y traerlo hasta su Yolcos natal, gracias al amor de Medea.

Andrea Marcolongo (Crema, 1987) es una escritora italiana que revolucionó el mundo editorial europeo con «La lengua de los dioses», un superventas que era un homenaje al griego clásico, del que se han vendido 200 000 ejemplares en Italia en solo unos meses. Nacida en una pequeña ciudad del norte, ha estudiado en la Universidad de Milán y en la Escuela Holden de Alessandro Baricco

Ha vivido en París, Dakar, Sarajevo y Livorno. Lingüista, helenista, ha trabajado como redactora de textos para el político Matteo Renzi.

Andrea Marcolongo

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 4 de agosto de 2019

Dejar a Matilde- Alberto Moravia

Alberto Moravia (Roma, 1907-1990)


Dejar a Matilde

Un amigo mío camionero ha escrito en el cristal del parabrisas: “Mujeres y motores, alegrías y dolores”. No digo yo que no tenga sus buenas razones para decir que los dolores y las alegrías que le procuran las mujeres tengan más o menos el mismo peso en la balanza de su vida. Digo que, al menos por lo que se refiere a Matilde y a mí, esa balanza andaba muy desequilibrada: por un lado, muy alto, el platillo de las alegrías; por el otro, muy bajo, el platazo de los dolores. De modo que, al final, tras un año de noviazgo de puras peleas, incumplimientos de palabra, bribonadas y traiciones, decidí dejarla a la primera oportunidad. 

La oportunidad llegó pronto, una noche que la había citado en la plaza Campitelli, cerca de su casa: Esa noche Matilde, simplemente, no vino. Advertí entonces, tras una horita de espera, que sentía más alivio que disgusto, y comprendí que había llegado el momento de la separación. Incierto entre un dolor amargo y una satisfacción agraz, medio contento y medio desesperado, me fui a casa y me acosté en seguida. Pero antes de apagar la luz me santigüé, solemne, y dije en voz alta: 

-Esta vez se acabó, vaya si se acabó. 

Este juramento hay que decir que me calmó, porque dormí de corrido nueve horas y sólo me desperté por la mañana cuando mamá vino a avisarme que preguntaban por mí al teléfono. 

Fui al teléfono, al apartamento de enfrente, de una modista amiga. De inmediato, la vocecita dulce de Matilde: 

-¿Cómo estás? 

-Estoy bien -contesté, duro. 

-Perdóname por anoche…, pero no pude, de verdad.

-No importa -le dije-, así que adiós… Nos veremos mañana… Te diré una cosa…

-¿Qué cosa? 

-Una importante. 

-¿Una cosa buena? 

-Según… Para mí sí. 

-¿Y para mí? 

Dije tras un momento de reflexión: 

-Claro, también para ti. 

-¿Y qué cosa es? 

-Te la diré mañana. 

-No, dímela hoy. 

-No me mates… 

-Está bien… ¿Sabes por qué te he telefoneado hoy? Porque hace un día precioso, es fiesta, y podríamos ir en moto al mar. ¿Qué te parece? 

Me quedé incómodo porque no me esperaba esa propuesta tan cariñosa, hecha con una voz tan dulce. Después pensé que, en el fondo, tanto daba hoy como mañana: iríamos a la playa y yo, en lo mejor, le diría que la dejaba y así me vengaría también un poco. Dije: 

-Está bien, dentro de media hora paso a buscarte.

Fui a recoger el ciclomotor y luego, a la hora fijada, me presenté en casa de Matilde y le silbé para llamarla, como de costumbre. Se precipitó en seguida abajo, lo noté; normalmente me hacía esperar Dios sabe cuánto. Mientras corría hacia mí atravesando la plaza, la miré y me di cuenta una vez más de que me gustaba: bajita, dura, morenísima, con la cara ancha por abajo como un gato, la boca sombreada de pelusilla, los ojos negros, astutos y vivos, el pelo muy cortito, tan espeso y tan bajo sobre la frente que evocaba el pelamen de un animal salvaje. Pero pensé: “Desde luego que me gusta, me gusta mucho, pero la dejo”, y advertí con alivio que la idea no me turbaba en absoluto. Cuando la tuve delante, todavía jadeando por la carrera, me preguntó en seguida con voz tierna: 

-¿Qué? ¿Aún estás enfadado por lo de ayer? 

Contesté huraño: 

-Vamos, monta. 

Y ella, sin más, subió al sillín de la moto agarrándose a mí con las dos manos. Salimos. 

Una vez en la vía Cristoforo Colombo, entre los muchos automóviles y motos del día festivo, con el sol que ya quemaba, empecé a pensar sañudamente en lo que debía hacer. 

¿Cuándo tenía que decirle que la dejaba? Al principio pensé que se lo diría en cuanto llegásemos a la playa, para estropearle la excursión y a lo mejor traerla inmediatamente después a Roma: una idea vengativa. Pero después, pensándolo mejor, me dije que, a fin de cuentas, también me estropearía la excursión a mí mismo. Mejor, pensé, disfrutar de la vida y -¿por qué no?- de Matilde hasta cierto momento, digamos que hasta las dos, después de comer. O bien, incluso, esperar al final de la excursión y decírselo mientras regresábamos, por esta misma vía Cristoforo Colombo, sin volverme, así, como por azar. O incluso también esperar a llegar a Roma y decírselo en la puerta de su casa: “Adiós, Matilde. Te digo adiós porque hoy ha sido la última vez que hemos estado juntos”. Entre tantas ideas no sabía cuál escoger; al final me dije que no debía hacer planes; en el momento oportuno, no sabía cuál, se lo diría. Entre tanto Matilde, como si hubiera adivinado mis reflexiones, se apretaba fuerte a mí, e incluso me había cogido con la mano la piel del brazo, como pellizcándome, con ese pellizco que se llama mordisco del asno, y que en ella era una demostración de afecto. La oí, después, decirme al oído con una voz alegre y tierna: 

-¡Eh! ¿Sabes que tienes que ir al peluquero? Con tanto pelo ni hay sitio para un beso. 

Digo la verdad, esas palabras y el pellizco me hicieron cierto efecto. Pero de todas formas pensé: “Sigue, sigue… Ya es demasiado tarde”. 

Una vez en Castelfusano cogí hacia Torvaianica, donde sabía que no había balnearios, que sólo agradan a quienes van al mar a ponerse morenos, sino nada más que matorrales y la playa desierta. Al llegar a un sitio muy solitario, con un monte bajo que pululaba, verde e intrincado, por el declive hasta la tira blanca de la playa, dejé la moto en el borde del camino; y después corrimos juntos a más no poder por los senderos, rodeando los gruesos arbustos batidos por el viento, hasta el mar. La llevaba de la mano, pero este gesto cariñoso lo había impuesto ella; y yo la dejé hacer; así me sentí de nuevo enternecido, como en los buenos tiempos en que la quería. Pero me di cuenta de que seguía decidido a dejarla, y esto me devolvió la confianza. 

-Voy a desnudarme detrás de aquella mata -dijo ella-. No mires. 

Y yo me pregunté si no sería cosa de decírselo ahora; recibiría la ducha fría justo en el momento en que estaba desnuda, llena de la felicidad que le daba aquel sitio tan bonito y la excursión al mar. Pero cuando me volví hacia ella y vi asomar por la mata sus hombros delicados, con los brazos levantados, y quitarse la falda por la cabeza, se me fueron las ganas. Tanto más cuanto que ella decía, siempre con su voz cariñosa: 

-Giulio, no te creas que no me doy cuenta; me estás mirando.

Así fuimos a tumbarnos en la arena, yo boca abajo y ella hacia arriba, con la cabeza en mi espalda como en un cojín. El sol quemaba mi espalda, la arena me quemaba el pecho y su cabeza me pesaba en la espalda, pero era un dulce peso. Ella dijo, tras un largo silencio: 

-¿Por qué estás tan callado? ¿En qué piensas? 

Y yo contesté espontáneamente: 

-Pienso en lo que tengo que decirte.

-Pues dilo. 

Estaba a punto de decirlo de veras cuando ella, voluble como las mariposas que vuelan de una flor a otra y nunca se dejan coger, dijo de pronto: 

-Mira, mientras tanto úntame los hombros, que no quiero quemarme. 

Renuncié una vez más a hablar y, cogiendo el frasquito de aceite, le unté la espalda desde el cuello a la cintura. Al final ella anunció: 

-Me duermo. ¡No me molestes! 

Y me quedé turulato de nuevo, pensando que, en el fondo, no le importaba nada saber lo que quería decirle. 

Matilde durmió quizás una hora; después se despertó y propuso: 

Caminemos a lo largo del mar. Es pronto para bañarse, pero al menos quiero mojarme los pies en el agua. 

Volvió a cogerme de la mano y juntos corrimos a través de la playa hacia la orilla. Las olas eran grandes y ella, siempre de mi mano, empezó a dar carreritas hacia adelante y hacia atrás, según las olas avanzaran o refluyeran, entre un viento que soplaba con fuerza, gritando de alegría cada vez que una ola, más rápida que ella, la embestía y le subía hasta media pierna. No sé por qué, al verla tan feliz, me dieron unas ganas crueles de estropearle la felicidad y grité fuerte, para superar con la voz el estruendo de mar: “Ahora te digo esa cosa”. Pero ella, de forma imprevista, me abrazó repentinamente con fuerza, diciéndome: “Cógeme en brazos y llévame al medio del agua, inténtalo, pero no me dejes caer”. De modo que la cogí en brazos, que pesaba mucho aunque era pequeña, y avancé un poco entre toda aquella confusión de olas que se cruzaban, montaban unas sobre otras y refluían. Mientras tanto me preguntaba por qué ella había hecho este gesto; y concluí diciéndome que, con su intuición femenina, había adivinado que lo que quería decirle no le iba a gustar. Ahora, desvanecido el peligro de oírme decir aquella cosa, me invitaba a volver a la orilla. Volví y la dejé con delicadeza en la arena; me dio un beso en la mejilla, diciendo: 

-Y ahora comemos. 

Abrimos el paquete del almuerzo y comimos los bocadillos de ternera que mi madre me había preparado. Después, durante dos horas, siempre la misma canción. Yo tenía en la punta de la lengua lo que quería decirle, pensaba decírselo porque el momento me parecía favorable, estaba a punto de decirlo cuando ella, de pronto, me hablaba de forma cariñosa o hacía un gesto imprevisto, o incluso me quitaba la palabra de la boca. Varias veces me volvió la idea de una de esas mariposas blancas de la col, que en primavera son las primeras y las más inasibles, feliz de quien consigue echarles mano. Después, cuando ya desesperaba de llegar a mi declaración, me propuso de golpe y porrazo: 

-Bueno, dime ahora esa cosa. 

Estaba a punto de abrir la boca cuando ella gritó:

-No, no me la digas, espera, déjamela adivinar. Veamos: ¿quieres decirme que me quieres mucho? 

-No -respondí. 

-¿Entonces quieres decirme que soy muy mona y te gusto?

-No. 

-Entonces, ¿que nos casaremos pronto? 

-No. 

-Estas son las tres únicas cosas que me interesan -dijo ella sacudiendo la cabeza-. Basta, no quiero saber nada. 

-No, tengo que decirte que… 

Pero ella, tapándome la boca con la mano: 

-Chitón, si quieres que te dé un beso. 

¿Qué podía hacer yo? Me quedé callado; y ella quitó la mano y puso sus labios, en un beso largo que me pareció sincero. 

Al final habíamos hecho de todo: tomado el sol, dormido, un semibaño, habíamos hablado; pero no le había dicho aquella cosa y ya sólo nos quedaba irnos. De modo que nos vestimos cada uno detrás de su mata y yo una vez más, mientras me metía los pantalones, pensé que ese era el momento adecuado. Me levanté y dije con voz natural: 

-Lo que quería decirte, Matilde, es esto: he decidido dejarte. 

Pronunciadas estas palabras miré hacia la mata tras la que ella se ocultaba, pero no vi nada. El viento ahora soplaba más fuerte que nunca y sólo se oían, en aquel lugar desierto, la voz del viento, baja y modulada, y el estruendo del mar. Matilde parecía que no estaba, como si mis palabras la hubieran hecho desvanecerse en el aire, como los torbellinos de arena que el viento levantaba sin tregua de las dunas blancas y empujaba hacia arriba, hacia el monte bajo. Dije: “Matilde”, pero no obtuve respuesta. Grité entonces: ¡Matilde!”, y tampoco contestó. Inquieto, incluso un poco asustado, pensando que, quién sabe, estuviera llorando de dolor, o quizá se hubiera desmayado, me puse a toda prisa la camisa y corrí hacia la mata detrás de la cual debería estar. No estaba: en la arena no vi más que su bolso y sus zapatitos rojos. Pero justo en el momento en que me volvía llamándola, la sentí que se me echaba encima, con violencia hasta el punto de que no pude aguantar en pie y caí boca arriba, con ella. Matilde ahora se sentaba a horcajadas en mi pecho y me decía: 

-Repite lo que has dicho. Vamos, repítelo. 

La arena me soplaba en la cara, punzante; ella reía sin parar y yo por fin contesté flojo: 

-Bueno, no lo repito, pero déjame en paz. 

Pero ella no se levantó en seguida y dijo: 

-¿Y eso era todo? Te digo la verdad, creía que era algo más importante. 

Después me soltó; me levanté yo también y, de repente, advertí que estaba contento de habérselo dicho y de que no lo hubiera tomado en serio y se lo tomara como una de las muchas bobadas que se pueden decir entre enamorados. En resumen, volvimos a subir la pendiente cogidos de la cintura. Y yo le dije que la quería mucho; y ella me contestó ya un poco reservada, porque no se temía que la dejara: “También yo”. Poco después corríamos de nuevo por la vía Cristoforo Colombo. 

Pero al llegar a su casa me dijo, cogiéndome la mano:

-Giulio, ahora es mejor que no nos veamos unos días.

Me sentí casi desfallecer y consternado, exclamé:

-Pero, ¿por qué? 

Y ella, con una buena carcajada: 

-He querido hacer una prueba. Querías dejarme, ¿eh? Y luego, sólo ante la idea de no verme unos días, pones una cara así de triste. Está bien, nos vemos mañana. 

Corrió hacia arriba y yo me quedé como un bobo, mirándola alejarse.


Publicado por Antonio F. Rodríguez.

viernes, 2 de agosto de 2019

Verano, verano


Llegó agosto, mes de nombre rotundo e imperial, y con él las vacaciones para la mayoría de la gente. Mes de calores, plata, montaña y viento. Uno de mis favoritos. No hace mucho tiempo Madrid se quedaba desierto; recuerdo cuando las avenidas se quedaban sin coches, vacías  y maravillosamente tranquilas hasta que, a lo lejos, se oían los coches en rebaño venir. Se había abierto el semáforo, pasaban los automóviles como una estampida y volvía el silencio.

Todo se ralentiza, la tensión baja, la prisa se va de vacaciones, el aire invita a sestear y no hacer nada (el dolce far niente) o casi nada, leer mucho, pasear e ir a la filmoteca. Cuando cae el sol noche se hace difícil dormir, pero en la calle, parece que la noche está llena de posibilidades y de vida, se siente un cosquilleo y excitación especiales. En agosto hay noches que son para vivirlas y días hechos para dormir. Hace tiempo que me gusta quedarme en la capital, disfrutar de su tranquilidad y del aire acondicionado. 

Veamos un poco de etimología. Parece que verano viene del latín ver, veris que denotaba la estación más larga del año, compuesta, tal y como dice Cervantes en El Quijote, de la primavera (primer verano), el verano y el estío (la época de máximo calor), del griego hesta, fuego. A la estación más corta se le llamaba invierno.

En cualquier caso, como siempre, me dedicaré este mes a holgazanear un poco, escribiré menos entradas, leeré algo más y disfrutaré de la vida. Para acabar, aquí os dejo un poema veraniego de Antonio Machado que me gusta, junto a una versión cantada de Paco Ibáñez
    
Feliz verano y felices lecturas.


Tus ojos me recuerdan

Tus ojos me recuerdan
las noches de verano,
negra noche sin luna,
orilla al mar salado,
y un chispear de estrellas
de un cielo negro y bajo.
Tus ojos me recuerdan
las noches de verano.
Y tu morena cara,
los trigos requemados
de un suspirar de fuego
de los maduros campos.

    
Tus ojos me recuerdan
las noches de verano.

    
De tu morena cara,
de tu soñar gitano,
de tu mirar de sombra
quiero llenar mi vaso.
Me embriagaré una noche
de un cielo negro y bajo,
para cantar contigo,
orilla al mar salado,
una canción que deje
cenizas en los labios...
De tu mirar de sombra
quiero llenar mi vaso.

        
Tus ojos me recuerdan
las noches de verano.

                        
Antonio Machado 



Publicado por Antonio F. Rodríguez.

jueves, 1 de agosto de 2019

Los sueños de Einstein - Alan Lightman


Título: Los sueños de Einstein
Autor: Alan Lightman
 

Páginas: 148
 
Editorial: Libros del Asteroide
 

Precio: 17,95 euros 
 

Año de edición: 2019

La editorial Libros del Asteroide ha tenido el acierto de reeditar este título publicado en inglés en 1993 y en español ese mismo año en Tusquets, en un volumen de bolsillo, manejable y cómodo. Un verdadero objeto de deseo para buenos lectores.

El libro se sitúa en 1905, el año durante el cual Albert Einstein estuvo trabajando en la Oficina de Patentes de Berna, en Suiza, y al mismo tiempo público una serie de artículos del máximo nivel, que revolucionarían la Física del siglo XX: un texto sobre el movimiento browniano, un artículo sobre el efecto fotoeléctrico que sería uno de los cimientos de la Mecánica Cuántica al demostrar que en algunas circunstancias la luz tiene un comportamiento corpuscular y parece estar constituida por fotones y su primera contribución a la Teoría de la Relatividad.

El autor se imagina qué soñaría Einstein durante esos días en los que andaba dándole vueltas a la naturaleza y comportamiento del tiempo y nos ofrece treinta sueños enloquecidos sobre el tiempo. Treinta fantasías maravillosas, llenas de imaginación, colorido y poesía; treinta visiones juguetonas, ingeniosas y bellamente escritas sobre otros tantos mundos imaginarios en los que el tiempo funciona de maneras muy peculiares.

El lector avispado sabrá distinguir en qué capítulo nos habla del tiempo clásico, el tiempo newtoniano que el genial físico alemán demostraría que no es el tiempo real, aunque estamos tan acostumbrados a él que cuesta trabajo hacerse a la idea de que el tiempo no es así.

También se puede jugar a tratar de identificar cuál es el tiempo relativista, el que parece que realmente se da en la naturaleza por lo que sabemos hasta ahora, de entre esos treinta tiempos de circo. No os daré pistas, pero puedo deciros que es uno de los que parece a primera vista más disparatados.

Uno de los aspectos más interesantes de estas fantasías temporales de ayer y hoy es que el autor analiza el impacto social de cada comportamiento temporal en la vida de la gente. En fin, una colección de historias curiosísimas y  uy atractivas, que resultan muy entretenidas y constituyen uno de los mejores divertimentos físicos que conozco. Un libro genial que le hubiese encantado leer a Einstein.

Alan Lightman (Memphis, 1948) nació en una familia judía. Su bisabuelo paterno emigró de Hungría a Estados Unidos y fué constructor y cantero; su abuelo fué un empresario pionero de cine y llegó a tener un circuito considerable de salas, que heredó su padre, uno de los primeros que suprimió la segregación en los cines. Su madre fué profesora de baile de salón y mecanógrafa braille.

Lightman se interesó desde muy pequeño por la ciencia y por la literatura. Ganó concursos estatales escolares de las dos cosas. Estudió Física en la Universidad de Princeton y se doctoró en física teórica del Instituto de California de Tecnología, bajo la dirección de Kip Thorne. Ha sido investigador en la Universidad de Cornelll, profesor de Astronomía en Harvard, y docente en el MIT de ciencia y literatura. Allí ha introducido las humanidades en el programa de estudios y es actualmente profesor de Humanidades.

Ha investigado de manera brillante en temas relacionados con la Astrofísica, los Agujeros negros, la gravitación y los plasmas. Como escritor ha publicado ensayos, artículos, relatos y ha alcanzado la fama con este libro, «Los sueños de Einstein», un verdadero superventas en 30 idiomas.

Colabora con la Fundación Harpswell que promueve el liderazgo social de las mujeres en el sureste asiático.

Alan Lightman

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

miércoles, 31 de julio de 2019

Cómo aprendí a leer - Agnès Desarthe


Título: Cómo aprendí a leer
Autor: Agnés Desarthe
 

Páginas: 165
 
Editorial: Periférica
 

Precio: 16,50 euros 
 

Año de edición: 2014

Este curioso y original ensayo, en forma de libro de memorias, cuenta los recuerdos de infancia de la autora. Una niña francesa que no quiere ir al colegio, no quiere aprender a leer porque le aburre, pero si desea escribir porque ve cómo lo hace su hermano y quiere imitarle.

A partir de ahí se van desgranando una serie de recuerdos, poéticos, primigenios y fascinantes de la primerísima primera infancia de Agnés, tan antiguos que el lector duda si serán realmente recuerdos, si estarán inventados o si serán una sabia mezcla de ambas cosas.

El resultado es fascinante, me gustaría conocer la opinión de un psicólogo infantil, porque me parece un texto de indagación en la memoria y los recuerdos infantiles fascinante, que abre la puerta a un mundo mágico y olvidado que todos llevamos encerrado dentro. La capacidad de evocación de este libro es maravillosa y más de uno se encontrará con recuerdos insospechados que se le vienen a la cabeza. Así que también sirve este libro para leer sobre la propia infancia.

Efectos colaterales aparte, el tema del libro es la paradójica relación de la autora con la lectura. Ella dice que aparentemente y a un nivel superficial, aprendió a leer muy rápido, en unas semanas. Pero que luego inició un largo y tortuoso proceso, porque casi nada de lo que leía le interesaba, un lento avanzar lleno de retrocesos que duró décadas y que acabó por descubrirle su vocación de traductora.

Una historia curiosísima, de una niña que no soporta leer libros sobre personas que no existen, pero fingen existir, y prefiere la fantasía desbocada de lo que sabe desde el principio que es imaginario. «Mejor lo verdadero falso que lo falso verdader, llega a decir.

Pero no quiero desvelar nada más del contenido de este libro maravilloso, mágico diría yo, en el que late la infancia con todo su esplendor, son sus terrores y sus milagros cotidianos, con su felicidad plena y sus terribles desgracias. El arco de su evolución personal llega hasta cómo empezó a trabajar como traductora y proporciona claves interesantísimas sobre ese difícil, por no decir imposible, trabajo.

Una obra fantástica, formidable y muy impresionante, que parece estar a otro nivel diferente de todos los ensayos que hemos leído hasta ahora. Un prodigio de memoria y sinceridad, que habría hecho las delicias de Jean Piaget y que me tenido fascinado desde la primera página.

Una amiga librera me ha contado que lo ha leído varias veces y que en cada ocasión ha encontrado ecos y significados nuevos. No me extraña. Agnés Desarthe, hechicera de la infancia, en este libro cuenta con una lucidez asombrosa todo el proceso que le ha llevado a ser una mala lectora y a la vez una excelente traductora y finalmente, explica por qué. Un libro extraordinario, más allá de lo normal.

Agnés Desarthe (París, 1966) es una escrtora y editora francesa. Hija de judíos procedentes del Líbano y Rusia, su padre era pediatra. Está casada con le cineasta Gérard Desarthe y su hermano es cantante de ópera. 

Comenzó a trabajar como traductora, hasta que una editora la convenció para que publicase sus propias obras. Con su primera novela, titulada «Quelques minutes de bonheur absolu» (1993) deslumbró a la crítica. Con la segunda, «Un secreto sin importancia», ganó el premio Livre Inter 1996 y vendió 50 000 ejemplares en el primer mes.

Ha escrito una larga lista de cuentos para niños, seis novelas y cinco ensayos. En el 2015 entró como miembro de la Orden de la Legion de Honor.

Agnés Desarthe

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

martes, 30 de julio de 2019

El reino de las mujeres - Anton Chéjov


Título: El reino de las mujeres
Autor: Anton Chéjov
 
Páginas: 91
 
Editorial: Ediciones invisibles

 
Precio: 12 euros 
 
Año de edición: 2019

En esta deliciosa novela corta, o relato largo según se vea, se muestra el talento de Chéjov en todo su esplendor: con una escritura sencilla, casi elemental en apariencia, realista y humilde, dibuja un retrato de una profundidad sobrecogedora de una sociedad y unos personajes en unas pocas páginas. 

Estamos en la Rusia decimonónica y las protagonistas de esta historia son las mujeres, representadas por Anna Akímovna, una joven que ha heredado la fábrica familiar y durante la cena de Navidad no encuentra su sitio ni en el piso de arriba, donde recibe a la clase alta, los aristócratas y los viejos amigos de la familia, que hace con ella casi lo que quieren dialécticamente hablando, y no la toman en serio, ni en el piso de abajo, donde los trabajadores y la clase baja de la ciudad la ve como una extraña y tampoco la acepta.

Un orden viejo y tradicional para la mujer está muriendo, sí, pero todaviía pesa demasiado que una mujer no se haya casado pronto y sea una solterona, y un orden nuevo está naciendo, pero todavía hay demasiado temor al cambio. La protagonista se debate entre la libertad y las convenciones sociales, y no consigue tomar las riendas de su vida. Un símbolo del cambio de siglo.

Anna, hija de un obrero, se siente parte de ellos, pero educada para otro destino se encuentra a medio camino entre dos clases y ninguna la acepta del todo, y en ninguna se encuentra a gusto completamente. Tampoco le sirven las soluciones que le ofrecen, ni dedicarse al libertinaje y vivir la vida alegremente, ni un apresurado casamiento. Por otro lado, hay también una crítica encubierta a las convenciones sociales que encasillan a la mujer de manera terrible («El tiempo de la mujer es corto», «Su soledad era natural porque no se había casado y nunca se casaría») y establecen una frontera impermeable entre clases («Los pobres deben respetar los derechos de los ricos», «Las personas decentes siempre son ricas»).

Las descripciones están hechas con cuatro trazos, de manera que Chéjov consigue en cien páginas lo que a otros autores les lleva una novela larga completa. Una píldora de alta literatura, en la que curiosamente el autor tiene tiempo además de mostrar su admiración por Maupassant y Turguéniev, dos grandes autores de relatos, como él, con los que comparte la habilidad de contar historias realistas, en las que insinúa todo un trasfondo psicológico.

Una novelita deliciosa, breve y llena de matices como toda la obra de este genial médico ruso, que no sabemos si era un buen galeno o no, pero sí que es uno de los grandes de la literatura universal.. 

Antón Chéjov (1860-1904) nació en Taganrog, el principal puerto del Mar de Azov, hijo de un cristiano ortodoxo muy estricto y nieto de un siervo que consiguió comprar su libertad, es posible que ambas cosas hiciesen que amase la libertad por encima de todo a lo largo de su vida. Su madre era una gran contadora de cuentos, que entretenía a los seis hermanos con sus historias.
   
Para ayudar a la quebrantada economía familiar comenzó a escribir para la prensa artículos y cuentos. Se hizo médico y siguió publicando relatos, con los que ganó varios premios y llegó a convertirse en un gran maestro. Está considerado uno de los mejores cuentistas de la historia. También escribió obras de teatro muy notables.
    
Fué una de las grandes figuras del naturalismo; consiguió escribir de manera completamente natural, sin artificios, con una fluidez y una cercanía envidiables. Falleció muy joven, a los 44 años, de una tuberculosis que arrastró casi toda su vida. Compatibilizó su profesión de médico con su afición a escribir, de manera que llegó a decir: «La medicina es mi esposa legal; la literatura, sólo mi amante».

Anton Chéjov

Publicado por Antonio F. Rodríguez.