miércoles, 24 de julio de 2019

Sin novedad en el Orient Expréss - Magnus Mills


Título: Sin novedad en el Orient Expréss
Autor: Magnus Mills
 

Páginas: 224
 

Editorial: Mondadori
 

Precio: 15 euros 
 

Año de edición: 2000

Publicada en 1999 en inglés, ésta es la segunda novela de un interesante autor que sorprendió a toda la crítica por ser el primer conductor de autobús británico que con su primera novela ganaba premios y galardones. 

Después de una opera prima tan destacada como «El encierro de las bestias», en esta ocasión el tema se basa en las peripecias de un joven motorista mochilero que está de vacaciones veraniegas en un pequeño pueblo rural de Gran Bretaña, disfrutando de la tranquilidad de la vida provinciana. Sin darse cuenta se ve envuelto en un una serie de chapuzas y pequeños trabajos temporales que le encarga el factotum del pueblo, un caso raro de cacique amable y bienhechor que le envuelve, le manipula y al final no le deja con sus artimañas salir del pueblo.

En la zona, se organiza casi de manera imperceptible una inquietante y amable conspiración para que nuestro motorista se quede. Un entorno social muy curioso, en el que todos se conocen, son amables, tienen sus códigos, abundan los sobreentendidos y los tipos duros de pocas palabras, y todos le fían dinero, en una historia envolvente desarrollada con gran habilidad.

El lenguaje es sencillísimo, yo diría que minimalista, la narración está condimentada con unas pizcas de ironía y humor negro muy sabrosas, y la galería de personajes es inolvidable. el jefe Parker que domina todo el valle y cuyo lema parece ser «trabajo, trabajo y más trabajo», el tonto de la corona de cartón, el viejo cascarrabias, el dueño del pub... todo un fresco de los encantos de la vida en la campiña inglesa.

La novela parece planificada para potenciar dos clímax geniales, que se describen cada uno con una frase corta como un disparo. Uno en la página 160, cuando queda 1/3 de novela, y el otro en el desenlace, tan sorprendente como gamberro. No puedo contar más sin destripar la novela y quitarle toda la gracia; os recomiendo que la leáis porque no tiene desperdicio. 

Magnus Mills (Bimingan, 1954) es un escritor inglés. Creció en Bristol y se graduó en Economía en la Wolverhampton Polytechnic. Fué instalador itinerante de cercas en el norte de Inglaterra y durante doce años conductor de autobús en Londres. Ambas experiencias le sirvieron para escribir sendas novelas de gran éxito. Sobre todo la primera, «El encierro de las bestias» (1998), que fué firme candidata al  Book Prize, el galardón literario más importante para obras en inglés, y al Premio Whitbread. . 

Siendo conductor de autobús estuvo unos años publicando una columna en The Independient, que fué sustituida por «El diario de Bridget Jones».

Magnus Mills

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

martes, 23 de julio de 2019

Los grandes placeres - Giuseppe Scaraffia


Título: Los grandes placeres
Autor: Giuseppe Scaraffia
 

Páginas: 251
 

Editorial: Periférica
 

Precio: 18,50 euros 
 

Año de edición: 2015

Este libro ofrece un delicioso recorrido por 57 pequeños grandes placeres de la vida en otros tantos capítulos llenos de erudición, ligereza, citas e ideas felices. Es un texto ligero, chispeante y en apariencia, casi frívolo. Sin embargo ¿qué puede haber más importante que lograr la felicidad del lector por un rato, amenizándole un rato con la evocación placentera de cosas y actividades agradables.

Scaraffia salta de cita en cita y de autor en autor, no caprichosamente, sino con fundamento e ilación. Su imaginación va de placeres obvios como como el beso, la bicicleta o el chocolate, hasta otros menos evidentes, como el quedarse calvo, el sentimiento de culpa o el espiritismo, pero todo queda embellecido por la erudición y la emoción que pone el autor, un verdadero confitero de experiencias.

Lo extraño es que un libro así lo haya escrito un italiano y no un francés, refinado, culto y bon vivant a su manera. Pero bueno, parece que nuestro Giuseppe hizo la tesis sobre Diderot y es profesor de literatura francesa, así que es posible que se haya empapado a conciencia de cultura gala, incluso que piense en francés.

Esta obra me recuerda el plan de vida de Rafael Sánchez Ferlosio, que por oposición de contrarios a una definición de hombre que rechazaba («el hombre es portador de valores eternos», que dijo José Antonio), prefería autodefinirse como «disfrutador de placeres efímeros», algo mucho más humilde, humano y de andar por casa.

Pues eso, este libro es en realidad algo así como un manual para disfrutadores de placeres efímeros. En cualquier caso, nos recuerda dos cosas muy importantes: que todas nuestras experiencias y momentos se pueden embellecer por un simple acto de voluntad y que, dando un paso más allá, la felicidad es una cuestión de decisión personal. Se decide ser feliz y ya está. Hace tiempo que me dí cuenta de ello, pero lo malo es que me olvida a menudo.

No olvidéis comprar y leer este libro, os hará disfrutar una barbaridad. Salud y libros.

Giuseppe Scaraffia (Turín, 1950) es un escritor y profesor italiano. Estudió Filosofía en la Universidad de Milán y se doctoró con una tesis sobre la idea de felicidad en Diderot. Es profesor de literatura francesa en la Universidad de Roma La Sapienza desde 1976.

Se ha especializado en investigar las figuras de seducción a lo largo del siglo XIX, desde la mujer fatal hasta el extranjero oscuro y alto. Ha publicado 14 ensayos y 2 novelas. En el año 2000 fué nombrado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras, la máxima condecoración cultural concedida por el gobierno francés.

https://elpais.com/cultura/2019/04/12/babelia/1555086199_816252.html
Giuseppe Scaraffia (Foto Leonardo Cendamo, Getty Images)

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

lunes, 22 de julio de 2019

Célanire Cuellocortado - Maryse Condé


Título: Célanire Cuellocortado
Autora: Maryse Condé
 
Páginas: 260
 
Editorial: Ménades
 
Precio: 18,50 euros 
 
Año de edición: 2019

Esta novela está basada en un hecho real, el hallazgo por la policía en Guadalupe en 1995 de una bebé con el cuello cortado. La gente echó a volar su imaginación para inventar historias que explicasen tan extraño y cruel hallazgo, y Maryse Condé, también.

La historia se inicia con la llegada a Costa de Marfil de una joven negra oblata guadalupana, Célanire, negra como el carbón, bella y con el pelo lacio, para trabajar en el hospicio de la ciudad. La muerte del director la obligará a hacerse cargo del establecimiento y a partir de ahí, convertirá el orfanato en un edén y un lugar de refugio para mujeres maltratadas por sus maridos o por la vida en general.

Así se inicia la peripecia de la hermosa caribeña, que siempre lleva tapado el cuello con un pañuelo. Una mujer de mucha personalidad, hermosa e inteligente, independiente, capaz de seducir y convencer casi de cualquier cosa a casi todo el mundo. Su talento la llevará a triunfar socialmente y a interactuar con toda la sociedad marfileña.

Luego la acción se trasladará a Cayena, cuando uno de los personajes sea detenido, juzgado y desterrado  a ese paraíso tropical, a la isla de Guadalape y a Perú, siguiendo los pasos de la protagonista. La historia principal está preñada de otras historias encajadas una dentro de otras como muñecas rusas. El lenguaje es vertiginoso y sincopado, exuberante como el trópico y denso en significados, concentrado como los textos conceptistas.

Un libro escrito con extraordinaria habilidad, con un lenguaje rico en resonancias que recuerda a muchos autores latinoamericaos, incluso a Gabriel García Márquez si me apuráis y salvando las distancias. También juega a lo largo de toda la novela con la intriga de saber los motivos y porqué Célanire tiene una cicatriz en el cuello, y quiénes son sus padres. Un planteamiento que le hubiese encantado a Wilkie Collins.

Sin embargo, cada vez que parece que se van a resolver los enigmas que mueven la historia, la autora deja sin cerrar la trama, no completa el círculo y cambia el rumbo de la narración, lo que provoca un efecto literariamente curioso e interesante.

Por añadidura, esta novela presenta un dilema oiginal. Lo clásioco es que la protagonista de una novela sea una heroína o una malvada, pero en este caso el lector avanza página a página tratándo de decidir si la cuestión se va a inclinar por una u otra cosa hasta el final sin conseguirlo. Como los personajes que la conocen, uno no sabe si Célanire es un ángel bienhechor que llena elmundo de belleza y cosas positivas o una persona ambiciosa, manipladora y sin escrúpulos. Interesante. A lo mejor es que no hay que decidir nada alrespecto.

En cualquier caso, una historia de feminismo y supervivencia, bellamente escrita, con ligeros toques de realismo fantástico y la modernidad de una trama desarrollada en círculos que nunca llegan a cerrarse del todo y traicionan varias veces las expectativas del lector. 

El desenlace es desconcertante, abierto y surrealista. Una maravilla. 

Maryse Condé (Guadalupe, 1937) es una escritora francesa, activista feminista, defensora de la negritud, divulgadora de la cultura caribeña y autora tan polifacética que ha tocado prácticamente todos los géneros con éxito.

Nacida en una familia acomodada, fué la menor de ocho hermanos. Tuvo una cuidada educación y fué enviada por sua padres a la Sorbona de París, donde se licenció en Literatura Comparada. Fué profesora en Guinea, Ghana y Senegal. Obtuvo una beca Fullbright para estudiar en Estados Unidos y actualmente es profesora en la Universidad de Columbia.

Sus novelas de Condé exploran asuntos raciales, de género y culturales en una variedad de eras históricas. Ha publicado 16 libros y en 2018 recibió el Premio Nobel Alternativo de literatura
                        
Maryse Condé

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 21 de julio de 2019

Paulina y Gumersindo - Francisco Gª. Pavón

 
Francisco García Pavón (Tomelloso, 1919-1989) nos dejó, además de las inefables historias policiacas de Plinio, relatos extraordinarios, como éste, seguamente uno de los mejores que escribió.

Este año se cumple el centenario de su nacimiento, lo que puede se una buena excusa para recordarle y disfrutar una vez más de su arte. 


Paulina y Gumersindo

A Ignaco Aldecoa 
                                                   
            La fachada de la casa era una baja pared enjalbegada y un portón ancho. Nada más. Detrás del portón, un corralazo con higuera y parra, con pozo y macetas y, cosa rara, un bravo desmonte velloso de hierba, solaz de las gallinas. Refiriéndose a él decía Paulina: «Cuando hicieron la casa y la cueva, hace milenta años, quedó ese montón de tierra. Como le nació hierba y amapolas, mi padre dijo: “Lo dejaremos”. Y cuando nos casamos, Gumersindo dijo: “Pues vamos a dejarlo y así tenemos monte dentro de casa”». En el fondo del corralazo, en bajísima edificación, la cocina, la alcoba del matrimonio, la cuadra de Tancredo y un corralito para el cerdo.
Algunas tardes, muchas, íbamos con mamá o con la abuela a visitar a la hermana Paulina. Si era verano, la encontrábamos sentada entre sus macetas, junto al pozo, leyendo algún periódico atrasado de los que le traían las vecinas; o cosiendo.
Al vernos llegar se quitaba las gafas de plata, dejaba lo que tuviese entre manos y nos decía con aquella su sonrisa blanca:
—¿Qué dice esta familieja?
Siempre me cogía a mí primero. Me acariciaba los muslos y apretaba mi cara contra la suya. Recuerdo de aquellos abrazos de costado: su pelo blanquísimo, sus enormes pendientes de oro y la gran verruga rosada de su frente... Olía a arca con membrillos pasados, a aceite de oliva, a paisaje soñado. Y me miraba más con la sonrisa que con sus ojos claros, cansados, bordeados de arrugas rosadas.
Mientras los niños jugábamos en el corralazo o hacíamos alpinismo en el pequeño monte, ella hablaba con mamá. Gustaban de recordar cosas antiguas de gentes muertas, de calles que eran de otra manera, de viñas que ya se quitaron, de montes que ya eran viñas, de romerías a Vírgenes que ya no se estilaban. Y al hablar, con frecuencia levantaba una ceja, o el brazo, como señalando cosas distantes en el tiempo. Y al reír se tapaba la boca con la mano e inclinaba la cabeza («qué cosas aquellas, hija mía»). Si contaba cosas tristes, levantaba un dedo agorero y miraba muy fijamente a los ojos de mamá («... aquello tenía que ser así, tenía que morirse, como nos moriremos todicos»).
En invierno nos recibía en su cocina, bajo la campana de la chimenea, vigilando el cocer de sus pucheros. La llama, que era la única luz de la habitación si estaba sola, despegaba brillos mortecinos de los vasos gordos de la alacena, de un turbio espejo redondo, del cobre colgado. En el silencio de la cocina sólo vivía el latir del despertador, que acrecía hasta batirlo todo cuando había silencio, y llegaba a callarse si todos hablaban. «Si se para el despertador, lo “siento” aunque esté en la otra punta del corralazo o en casa de las vecinas» —decía la hermana Paulina—. En las noches más frías de invierno lo envolvía con una bufanda, no se escarchase. «Cuando no está Gumersindo, es mi única compaña. Me desvelo, lo oigo y quedo tranquila.»
Si hacía frío, jugábamos en la cocina sobre la banca, cubierta de recia tela roja del Bonillo, o en la cuadra de Tancredo.
Al concluir una de sus historias, quedaba unos instantes silenciosa, mirando al fuego, con las manos levemente hacia las llamas... Pero en seguida sonreía, porque le llegaban nuevos recuerdos y, meneando la cabeza y mirando a mamá, empezaba otra relación. Si era de gracias y dulzuras, nos decía: «Acercaros, familieja, y escuchar esto», y tomándonos de la cintura contaba aquello, mirando una vez a uno, otra a otro y otra a mamá... Y si era de sus muertos, concluía el relato en voz muy opaca. Se recogía una lágrima, suspiraba muy hondo —«¡Ay, Señor!»— y quedaba unos segundos mirándose las manos cruzadas sobre el halda... Mamá le decía: «¿Recuerda usted, Paulina?...». Ella sonreía, movía la cabeza y se adentraba con sus palabras añorantes en los azules fondos del recuerdo.
Como se hablaba tanto de república por aquellos días, una tarde nos contó cuando la primera República. Aquella en la que fue el tío abuelo Vicente Pueblas alcalde. Se reunió con sus concejales en el Ayuntamiento a tomar la vara, y lo primero que acordaron fue rezar un Tedéum de gracias por el advenimiento. «Te aseguro que si viene ahora, no cantarán un Tedéum.» Y a la salida de la iglesia, el abuelo Vicente echó un discurso desde el balcón del Ayuntamiento viejo, besó la bandera e invitó por su cuenta a un refresco en su posada.
También nos contaba la «revolución de los consumos». Desde las ventanas de la casa Panadería dispararon «al pueblo indefenso», que luego asaltó los despachos y tiró los papeles. Mataron a tres. Por la noche llegó la tropa desde Manzanares e hicieron hogueras en la calle de la Feria. Y los del Ayuntamiento y los consumistas huyeron entre pellejos de vino, e hicieron prisión en el Pósito Nuevo.
Otras veces contaba lo de la epidemia del cólera: «Los llevaban en carros (a los muertos), como si fueran árboles secos». O cuando mataron a Tajá o a don Francisco Martínez, el padre de las Lauras. O lo del año del hambre, cuando «las pobres gentes se comían los perros y los gatos».
Cuando llegaba la hora de marcharnos, abría la despensa, y mientras buscaba en ella, decía:
—Y ahora, el regalo de la hermana Paulina.
Y mamá:
—Pero Paulina, mujer...
—Tú, calla, muchacha.
Y según el tiempo, sacaba un plato de uvas, o de avellanas, o de altramuces, o de rosquillas de anís, o lo mejor de todo: cotufas, que llamaba rosetas. A veces tostones, que son trigo frito con sal. O cañamones. Si era verano y teníamos sed, nos hacía refrescos de vinagre muy ricos.
Y al vemos comer aquellas cosas con gusto, decía sonriendo:
—¿A que están buenos? ¿Eh, familieja?
Durante muchos años los abuelos, y luego nosotros, los lunes por la mañana presenciábamos el mismo espectáculo. Desde muy temprano y con mucha paciencia, Gumersindo comenzaba sus preparativos. En la puerta de la calle estaba el carrito con Tancredo enganchado. Tancredo era un burro entre pardo y negro, con las orejas horizontales y los ojos aguanosos. Lanas antiguas y grisantas le tapizaban la barriga. En su lomo, de siempre, llevaba grabado a tijera su nombre en mayúsculas: TANCREDO. Lo primero que colocaba Gumersindo en el fondo de las bolsas del carro era la varja. Luego las alforjas repletas, la bota de media arroba, el botijo, los sacos de pienso para Tancredo, las mantas. Cada una de estas cosas se las iba aparando Paulina. Él, silencioso y exacto, las colocaba en su lugar de siempre. Por último, ataba el arado a la trasera, revisaba el farol y quedaba pensativo.
—¿Llevas el vinagre?
—Sí, Paulina.
—¿Y el bicarbonato?
—Sí, Paulina.
—¿Y los puntilleros nuevos?
—Sí, cordera.
—¿Y las tozas?
—Sí, paloma.
Cuando estaba todo, Gumersindo miraba su reloj, se ceñía el pañuelo de hierbas a la cabeza y tomando de las manos a su mujer, le decía como cincuenta años antes:
—No dejes de echar el cerrojo por la noche, no vaya a ser que algún loco quiera abusar de tu soledad.
—Tú vete tranquilo —decía ella sonriendo—, que tu huerto queda a buen seguro.
Gumersindo se acercaba más, le daba dos besos anchos y sonoros y, sin atreverse a mirarla, nervioso, montaba en el carro.
—¡Arre, Tancredo!
Tancredo arrancaba, lerdísimo, calle de Martos abajo, y Paulina, acera adelante, echaba a andar tras él.
—Paulina, ya está bien —le decía él volviendo la cabeza.
Y la hermana Paulina, sonriendo, seguía.
—Paulina, vuélvete.
Pero Paulina continuaba hasta la calle de la Independencia. Todavía allí permanecía un buen rato, hasta que las voces de él —«Paulina, vuélvete»— ya no se oían.
El resto de la semana, hasta el sábado a media tarde que regresaba Gumersindo, Paulina esperaba. Esperaba y preparaba el regreso de Gumersindo. Esperaba y recibía a sus amistades.
Gumersindo, en la soledad de su viñote, a casi diez leguas del pueblo, esperaba también, sin amistades a quien recibir. («Allí solico, luchando contra la tierra, el pobre mío.»)
Cuando el cielo se oscurecía, Paulina, desde la puerta de su cocina, venteaba con los ojos preocupados —«¡Ay, Jesús!»—. Los días de tormenta, pegada a la lumbre, rezaba viejas oraciones entre católicas y saturnales.
Nunca imaginaba a su Gumersindo amenazado de otros enemigos que los atmosféricos. Al hablar del cieno, la nevasca, la helada, la tormenta o el granizo, los personalizaba como criaturas inmensas de bien troquelado carácter. El rayo, sobre todo, era, según Paulina, el gran Lucifer de los que andan perdidos por el campo. «Santa Bárbara, manda tus luces a un jaral sin nadie; / Santa Bárbara, líbralo de todo mal, / quita el rayo del aprisco y del candeal; / mándalo con los infieles / a la otra orilla del mar.» O aquella otra jaculatoria, entre tradicional y de su propia imaginativa: «San Isidro, ampara a mi Gumersindo; / que el agua moje la tierra / y no arrecie en temporal; / la nieve venga en domingo, / en lunes llegue el granizo / a poco de amañanar; / San Isidro, a los pedriscos / ordénalos jubilar...».
Los sábados, hacia las seis de la tarde, Gumersindo asomaba, llevando a Tancredo del diestro, por la calle de la Independencia. Mucho antes ya estaba Paulina en la esquina con los ojos hacia la plaza.
—¿Qué hay, Paulina? ¿Esperando a tu Gumersindo?
—¡Ea! —contestaba casi ruborosa.
—Mira a Paulina esperando a su galán.
—¡Ea!
Así que columbraba el carro, Paulina no contestaba a los saludos. Sus claros ojos, achicados por los años, por los sábados de espera y los lunes de despedida, miraban a lo que ella bien sabía, sin desviarse un punto.
Entre la polvareda que levantaban tantos carros en sábado, aparecía la silueta de Gumersindo, delgadito, enjuto, trayendo del diestro a Tancredo, que buen sabedor de sus destinos, andaba más liviano, con las orejas un poquito alzadas y diríase que una vaga sonrisa en su hocico húmedo.
Antes de que el carro llegase a la esquina de la calle de Martos, Paulina avanzaba por el centro de la carrilada hasta Gumersindo. Tomándole la cara entre las manos, lo besaba como a un niño.
—Vamos, Paulina, vamos. ¿Qué va a decir la gente? —decía él, tímido, empujándola con suavidad. (Él, que olía a aire suelto de otoño y a sol parado; a pámpanos y a mosto, si ya era vendimia.) Daba luego unas palmadas a Tancredo: «¡Ay, viejo!».
Se les veía venir calle de Martos adelante cogidos del bracete —como ella decía—, seguidos de Tancredo, ya confiado a su querencia. Siempre le traía él algún presente: las primeras muestras de la viña, unas amapolas adelantadas, un jilguero, espigas secas de trigo para hacer tostones, un nido de pájaros o un grillo bien guardado en la boina. Cierta vez —siempre lo recordaba ella— le trajo una avutarda, dorada como un águila, que apeó el propio Gumersindo de un majano con un solo tiro de escopeta.
Desuncido el carro y Tancredo en la cuadra, Paulina le sacaba a su hombre la jofaina, jabón y ropa limpia. Con el agua fría del pozo se atezaba y aseaba según su medida, mientras ella le tenía la toalla y se entraba la ropa sucia. Luego, si hacía buen tiempo, se sentaban los dos juntos a una mesita, bajo la parra, a comer los platos que ella pensó durante toda la semana. Y comiendo en amor y compaña, iniciaban la plática que duraría dos días. Él le contaba minuciosamente todos sus quehaceres y accidentes de la semana; en qué trozo de tierra laboró, cómo presentía la cosecha, quiénes pasaron junto a su haza, si le sobró o faltó algún companaje, si hizo frío, calor o humedad. Si tuvo noches claras o «escuras», si habló o no con los labradores de los cortes vecinos, qué le dijeron y cómo respondió él. Dedicaba un buen párrafo al comportamiento de Tancredo; si anduvo de buen talante o lo pasó mal con los tábanos y las avispas. Si se le curó o no aquella matadura que le hiciera la lanza la pasada semana. Si engrasó o no las tijeras de podar, y muy sobre todo, si le alcanzó el vino hasta la hora de la vuelta.
Luego le llegaba el turno a Paulina, que le daba las novedades del pueblo durante la semana. Qué visitas tuvo y de qué se habló. Repaso de enfermedades en curso, muertos y nacimientos entre la vecindad y conocidos. Los miedos que pasó ella el jueves, que se encirró el cielo o se vieron relámpagos por la parte de Alhambra. La preocupación por si le habría puesto poco tocino en el hato o si el vino se habría repuntado con la calina que hizo.
Durante los días que permanecía Gumersindo en el pueblo, nadie nos acercábamos por casa de Paulina: «Como está Gumersindo...». Se veía a la pareja sola, sentada en la puerta si era verano, trabada en sus pláticas. Si en invierno, en la cocina, al amparo del fuego, hablaban mirando las llamas. Las historias de Paulina y Gumersindo eran preferentemente de cosas sucedidas en otros años, relaciones de personas muertas y hechos apenas conservados en la memoria de los viejos. O cuentecillos dulces, pequeñas anécdotas, situaciones breves; a veces meras historias de una mirada o un gesto, de un breve ademán, de un secreto pensamiento que no afloró. Pero ella, por lo menudo y prolijo de su charla, les daba dimensiones imprevistas. (Ahora comprendo que en todas sus historias y pláticas había una sutil malicia, una delgada intención que entonces se me escapaba. Años después, cuando mamá me recordaba las cosas de Paulina, caí en la singular minerva de sus pláticas.)

            Entre la muerte de Gumersindo y Paulina mediaron pocas semanas. No podía ser de otra manera.
Un sábado, Paulina, desde la esquina de la calle de Martos, vio enfilar el carro por Independencia, como siempre, pero algo le extrañó. Gumersindo no venía a pie con Tancredo del diestro, según costumbre de cincuenta años. Impaciente, avanzó calle adelante. Se encontró con el carro a la altura de la casa de Flores. Detuvo a Tancredo. Gumersindo, liado en mantas, casi tumbado, asomaba una mano, en la que llevaba las ramaleras. Venía amarillo, quemado por la fiebre, con los ojos semicerrados.
—¿Qué te pasa?
—Que me llegó la mala, Paulina... El cierzo de ayer se me lió al riñón.
Lo tapó un poco mejor y tomó ella el diestro de Tancredo. Caminaba con sus ojos claros inmóviles. Los vecinos la preguntaban:
—¿Qué pasa, Paulina?
Ella seguía sin responder, mirando a lo lejos, bien sujeto el ronzal del viejo Tancredo.

            No permitió Paulina que nadie lo tocara. Ella lo lavó y amortajó. Ella, con ayuda de otras mujeres, lo echó en la caja. Ella, sin una lágrima, lo miró con sus viejos ojos claros desde que lo encamaron hasta cerrar la caja.
Fue un entierro sin llantos, sin palabras. En el corralazo aguardábamos los vecinos, mirando el pozo, la parra, la higuera, el desmonte cubierto de hierba tierna, el carro desuncido, descansando en las lanzas. Cuando sacaron la caja al coche que aguardaba en la calle, Paulina, ante el asombro de todos, echó a andar tras el féretro. Los curas la miraban embobados, sin dejar de cantar. Nadie se atrevió a disuadirla. Iba sola delante del duelo, con las manos cruzadas, pañuelo de seda negro a la cabeza y los ojos fijos en el arca de la muerte. Así llegó hasta la esquina de Martos con Independencia. Cuando el coche dobló hacia la plaza, ella quedó parada en la esquina y, como siempre, levantó el brazo.
Mamá y otras vecinas quedaron junto a la hermana Paulina, que seguía moviendo la mano, hasta que el entierro y su compaña desembocó en la plaza. Volvió entre los brazos de las vecinas completamente abandonada, llorando, al fin, con un solo gemido interminable, sordo, sin remedio, que acabó con su agonía muchos días después.
            No sé por qué lío de herederos, la casa de Paulina sigue abandonada. Alguna vez me he asomado por el ojo de la cerradura y he visto el corralazo lodado de malas hierbas y cardenchas. Y por más que esfuerzo mi memoria, no consigo rememorar en él la dulce vida de Paulina, sino el quejido sordo, interminable, de animal herido, que sonó en aquella casa hasta el ronquido final de la dulce.


Publicado por Antonio F. Rodríguez.

sábado, 20 de julio de 2019

Adiós, Andrea, adiós

https://es.wikipedia.org/wiki/Andrea_Camilleri

Andrea Camilleri (Porto Empedocle,1925-2019) dejó escrita hace tiempo la novela que cierra la saga del famoso comisario Montalbano, titulada «Riccardino», con el encargo de que no se publicara hasta después de su muerte.

Desgraciadamente, el genial escritor siciliano falleció el pasado miércoles a los 93 años en el hospital Santo Spiritu de Roma, de una parada cardíaca, después de permanecer 25 días ingresado por haber padecido un infarto. Fumaba como un cosaco, había perdido mucha visión, sus últimos libros se los había dictado a su secretaria, Valentina, y últimamente decía que lo último que le restaba por hacer era vivir los días que le quedaban y respirare el aire del puerto de su ciudad natal, Porto Empedocle.

Todos los lectores de novela negra nos hemos quedado un poco huérfanos. Ya no podremos verle en televisión, leer una nueva entrevista, ver su último vídeo o leer un nuevo libro más allá de los que ha dejado escritos. Eso hace que este mundo sea un lugar un poco menos lindo, menos interesante y atractivo desde que él no está.

Autor de más de 100 libros, de los que 38 forman la serie de aventuras de Montalbano, se ha convertido ya casi en habitante permanente de este blog, con nada menos que 39 entradas. Me he leído casi todo lo que ha publicado en España: los primeros títulos que aparecieron («Un mes con Montalbano» y «La concesión del teléfono»), los libros que parecen ser memorias personales y para mí gusto son los mejores de lo que escribió («Mujeres» y «Mis momentos»), los de tema puramente siciliano  (como «Gotas de Sicilia», «Vosotros no sabéis» y «La banda de los Sacco»), los de tema pictórico-histórico («El cielo robado», «El color del sol»), las novelas históricas («La moneda de Akragas») las obras en las que aparece el comisario y las obras en las que no (por ejemplo, «El movimiento del caballo»). El nivel medio de sus novelas es muy alto y hay muchas que son auténticas obras maestras.

Del inefable Salvo Montalbano, cuyo nombre es un homenaje a Manuel Vázquez Montalbán, ¿qué voy a decir? Su creador lo definía así: «Es sólo un hombre que tiene un criterio personal sobre lo que está bien y lo que está mal. Y por eso se pregunta si es mejor obrar de acuerdo con la justicia, la que figura escrita en los libros, o con la propia conciencia». Es además un cascarrabias, siempre está mosqueado por algo, un solitario qie vive solo, con una novia a distancia con la que se pelea continuamente y, según la mujer de Camilleri, tiene muy poco de Andrea y mucho de su padre.

Estatua del comisario Montalbano, en Porto Empedocle

Así que os recomiendo que leáis a este siciliano singular, que lo leáis todo lo que podáis. Nos queda el consuelo de que restan nueve títulos suyos sin traducir al español, de los que cinco son de su famoso comisario (incluyendo «Riccardino»), un número indeterminado de originales no editados aún en italiano y un libro de cuentos que escribió para sus bisnietos («La liebre que nos engañó») que acaba de salir de la imprenta. Tenemos entretenimiento para rato. Aquí os dejo su última entrevista.

Andrea Camiller con su buen amigo Manuel Vázquez Montalbán

Publicado por Antonio F. Rodríguez.