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domingo, 3 de diciembre de 2017

Ganador del XII Premio de Traducción Esther Benítez

https://www.megustaleer.com/libro/la-noche-de-los-ninos/ES0140731

El ganador del XII Premio de Traducción Esther Benítez, cuyos finalistas reseñábamos aquí, ha resultado ser Carlos Mayor, por la traducción de La noche de los niños de Toni Morrison.

La entrega del premio tendrá lugar el próximo 15 de diciembre viernes, a las 19:00 en el aula 6.11 de la Casa del Lector en el Matadero (Paseo de la Chopera, 11, Madrid). ¡Estamos todos invitados!

Nuestra más calurosa enhorabuena al ganador, Carlos Mayor, un especialista que traduce al español del catálan, inglés e italiano, con un impresionante currículum de traducciones en su haber.

Nunca dejará de asombrarnos la pericia que tienen los que son capaces de trasladar una obra de ficción o de pensamiento de un idioma a otro. Si alguna vez tenéis que hacer algún pequeño trabajo de traducción, como me ha tocado hacer a mí, os daréis cuenta de la enorme dificultad que entraña ese tipo de trabajos. 

Como nunca estaremos los lectores empedernidos suficientemente agradecidos a los que nos abren las puerta delas  literaturas escritas en otras lenguas. Siempre gracias.

Ahora solo queda leer el libro. En cuanto le pueda echar el guante, os contaré.

Salud y libros.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

sábado, 22 de abril de 2017

Discurso de Eduardo Mendoza al recibir el Premio Cervantes

 https://es.wikipedia.org/wiki/Eduardo_Mendoza

Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) es uno de los escritores actuales en español más divertidos y se dice de él que nunca ha utilizado un tópico, ni siquiera en familia. Ha estado como invitado varias veces en La antigua Biblos y, la verdad, nos encanta y creemos que es uno de los autores indiscutibles de esta época..

Es el flamante ganador del Premio Cervantes de este año y en la ceremonia de entrega del premio, el jueves pasado, pronunció un discurso que vale la pena leer. Aquí lo tenéis.

Majestades, autoridades, señoras y señores:

No creo equivocarme si digo que la posición que ocupo, aquí, en este mismo momento, es envidiable para todo el mundo, excepto para mí.

Han transcurrido varios meses desde que me llamó el señor Ministro para comunicarme que me había sido concedido el Premio Cervantes y todavía no sé cómo debo reaccionar. Espero no haber quedado mal entonces, ni quedar mal ahora, ni en el futuro.

Porque un premio de esta importancia, tanto por lo que representa como por las personas que lo han recibido a lo largo de los años, no es fácil de asimilar adecuadamente, sin orgullo ni modestia. No peco de insincero al decir que nunca esperé recibirlo.

En mis escritos he practicado con reincidencia el género humorístico y estaba convencido de que eso me pondría a salvo de muchas responsabilidades. Ya veo que me equivoqué. Quiero pensar que al premiarme a mí, el jurado ha querido premiar este género, el del humor, que ha dado nombres tan ilustres a la literatura española, pero que a menudo y de un modo tácito se considera un género menor. Yo no lo veo así. Y aunque fuera un género menor, igualmente habría que buscar y reconocer en él la excelencia.

Pero no soy yo quien ha de explicar las razones del jurado ni menos aún justificar su decisión. Tan sólo expresarle mi más profundo agradecimiento y decirles, plagiando una frase ajena, que me considero un invitado entre los grandes.

En el acta que nos acaba de ser leída, se me honra mencionando mi vinculación con la obra de Cervantes. Es una vinculación que admito con especial satisfacción. He sido y sigo siendo un fiel lector de Cervantes y, como es lógico, un asiduo lector del Quijote. Con mucha frecuencia acudo a sus páginas como quien visita a un buen amigo, a sabiendas de que siempre pasará un rato agradable y enriquecedor. Y así es: con cada relectura el libro mejora y, de paso, mejora el lector.

Pero en mi memoria quedan cuatro lecturas cabales del Quijote, que ahora me gustaría recordar.

Leí por primera vez el Quijote por obligación, en la escuela. En algún sitio he leído que la presencia obligatoria del Quijote en la enseñanza no pasa de ser una leyenda urbana. Es cierto, pero toda regla tiene su excepción. En nuestro copioso surtido de planes de enseñanza, hubo, tiempo atrás, un curso llamado preuniversitario, coloquialmente “el preu”, cuyo programa era monográfico, es decir: un solo tema por cada materia. A los que hicimos preuniversitario el año académico de 1959/60 nos tocó leer y comentar el Quijote, tanto a los que habíamos optado por el bachillerato de letras como por el de ciencias. A diferencia de lo que ocurre hoy, en la enseñanza de aquella época prevalecía la educación humanística, en detrimento del conocimiento científico, de conformidad con el lema entonces vigente: que inventen ellos.

Las cosas cambian de nombre en función de la distancia. El suelo que ahora piso se llama paisaje cuando está lejos. Y cuando ya no está, se llama Geografía.

Del mismo modo, la pomposa abstracción que hoy llamamos Humanidades, antes se llamaba, humildemente, Curso de Lengua y Literatura. Y para mis compañeros de curso y para mí, aún más humildemente, la clase del Hermano Anselmo.

El colegio donde se encontraba esta clase era un edificio vetusto, de ladrillo oscuro, frío en invierno, en una Barcelona muy distinta de la que es hoy. Por las ventanas se veían las cuatro torres de la Sagrada Familia tal como las dejó Gaudí, negras de hollín y felizmente dejadas de la mano de Dios. En la clase de Literatura nos enseñaban algunas cosas que luego no me han servido de mucho, pero que me gustó aprender y me gusta recordar. Por ejemplo, la diferencia entre sinécdoque, metonimia y epanadiplosis. O que un soneto es una composición de catorce versos a la que siempre le sobran diez.

Y allí, contra aquel fiero rebaño compuesto por treinta adolescentes sin chicas que era la clase del Hermano Anselmo, arremetió lanza en ristre don Alonso Quijano el Bueno, no sé si en la edición de Riquer o en la de Zamora Vicente para la lectura, y en la desmesurada edición de Rodríguez Marín para ir por nota. Porque de esto hace mucho y el Profesor don Francisco Rico aún no había alcanzado el uso de razón.

La verdad es que don Quijote y Sancho no fueron bien recibidos. Nuestra imaginación literaria se nutría de El Coyote y Hazañas Bélicas y las sesiones dobles del cine de barrio eran nuestro Shangri-La. Pero el Siglo de Oro, francamente, no.

Hay que decir, en nuestro descargo, que en aquellos años, que Juan Marsé llamó de incienso y plomo, la figura de don Quijote había sido secuestrada por la retórica oficial para convertirla en el arquetipo de nuestra raza y el adalid de un imperio de fanfarria y cartón piedra. También, solo o con Sancho, a pie o a caballo, se vendía a la gruesa en estaciones y aeropuertos, y en muchos hogares estaba presente como cenicero, pisapapeles o apoyalibros. Malas tarjetas de visita para un aspirante a superhéroe.

Pero entonces no se iba a la escuela a jugar, sino a estudiar y a obedecer. Tampoco nos apetecía aprender de memoria los afluentes del Ebro. Y con el mismo entusiasmo emprendimos la lectura de lo que parecía ser una tortura dividida en dos partes. Como es de suponer de inmediato y casi contra mi voluntad me rendí a su encanto.

Curiosamente, lo que me fascinó entonces no fue la figura de don Quijote, ni sus empresas y sus infortunios, sino el lenguaje cervantino. Desde niño yo quería ser escritor. Pero hasta ese momento los resultados no se correspondían ni con el entusiasmo ni con el empeño. Las vocaciones tempranas son árboles con muchas hojas, poco tronco y ninguna raíz. Yo estaba empeñado en escribir, pero no sabía ni cómo ni sobre qué. 

La lectura del Quijote fue un bálsamo y una revelación. De Cervantes aprendí que se podía cualquier cosa: relatar una acción, plantear una situación, describir un paisaje, transcribir un diálogo, intercalar un discurso o hacer un comentario, sin forzar la prosa, con claridad, sencillez, musicalidad y elegancia.

“Apeáronse don Quijote y Sancho y, dejando al jumento y a Rocinante a sus anchuras pacer de la mucha yerba que allí había, dieron saco a las alforjas y, sin ceremonia alguna, en buena paz y compañía, amo y mozo comieron lo que ellas hallaron”. No se puede dar una información más expresiva con palabras más sencillas y una sintaxis más limpia.

Cuál no sería mi entusiasmo que traté de compartirlo con mi padre, hombre aficionado a la literatura. Mi padre me escuchó y me respondió que sí, que bueno, pero que era mejor Lope de Vega. Hasta en eso teníamos que disentir.

Leí el Quijote de cabo a rabo por segunda vez una década más tarde. Yo ya era lo que en tiempos de Cervantes se llamaba un bachiller, quizá un licenciado, lo que hoy se llama un joven cualificado, y lo que en todas las épocas se ha llamado un tonto.

Llevaba el pelo revuelto y lucía un fiero bigote. Era ignorante, inexperto y pretencioso. Pero no había perdido el entusiasmo. Seguía escribiendo con perseverancia, todavía con pasos aún inciertos, en busca una voz propia.

Como tenía otros modelos literarios, de mayor graduación alcohólica, por decirlo de algún modo, como Dostoievski, Kafka, Proust y Joyce, en esa ocasión me atrajo sobre todo el Caballero de la Triste Figura, su tenacidad y su arrojo. Porque, salvando todas las distancias, yo aspiraba a lo mismo que don Alonso Quijano: correr mundo, tener amores imposibles y deshacer entuertos.

Algo conseguí de lo primero; en lo segundo me llevé bastantes chascos, y en lugar de deshacer entuertos, causé algunos, más por irreflexión que por mala voluntad.

Tampoco a don Quijote le salen bien las cosas. También él se equivoca en el planteamiento. Cree seguir las normas de la Caballería andante pero es un hijo de Erasmo y de la Reforma. Para él no son las leyes humanas o divinas las que determinan su conducta, sino la ética personal. Cree defender a los débiles pero defiende a los rebeldes y a los que luchan por la libertad, aunque sean delincuentes. Antepone sus deseos a la realidad, y es, en definitiva, el paradigma del idealismo desencaminado, si esta expresión no es una redundancia. Poco importa, porque “la gloria de haber emprendido esta hazaña no la podrá oscurecer malicia alguna”.

Y por eso me gustaba. Porque si Cervantes es hijo de Erasmo, yo era hijo del Romanticismo, y no me atraían los héroes épicos sino los héroes trágicos. Un héroe épico se vuelve un pelma cuando ya ha hecho lo suyo. En cambio un héroe trágico nunca deja de ser un héroe, porque es un héroe que se equivoca. Y en eso a don Quijote, como a mí, no nos ganaba nadie.

La tercera vez que leí el Quijote ya era, al menos nominalmente, lo que nuestro código civil llama “un buen padre de familia”.

Cuando emprendí esta nueva lectura del Quijote no tenía motivos de queja. Como don Quijote, había recibido algunos palos, ni muchos ni muy fuertes. Como Sancho Panza, me había apeado muchas veces del burro. Pero había conseguido publicar algunos libros que habían recibido un trato benévolo de la crítica y una buena acogida del público. Hago un paréntesis para decir que, sin quitarme el mérito que me pueda corresponder, mucho debo al apoyo y, sobre todo, al cariño de algunas personas. Y creo que sería injusto silenciar, a este respecto, la contribución especial de dos personas a mi carrera literaria. Una es Pere Gimferrer, que me dio la primera oportunidad y es mi editor vitalicio y mi amigo incondicional. La otra es, por supuesto, Carmen Balcells, cuya ausencia empaña la alegría de este acto.

En aquella tercera lectura del Quijote, descubrí y admiré el humor que preside la novela. Lo que digo puede parecer una obviedad, pero a mi juicio no lo es. Cuando el Quijote vio la luz sin duda fue recibido y leído como un libro cómico. Pero los tiempos cambian y aunque el humor es el mismo, nuestra percepción de lo cómico ha cambiado. En este sentido, en la actualidad el Quijote ha perdido buena parte de su comicidad. Visto desde mi perspectiva, los episodios jocosos no son muchos ni muy variados. Hay alguno espléndido, como el de los molinos de viento, pero el resto repiten un patrón convencional: confusión y paliza. Una parodia del estilo artificioso de las novelas de caballerías y varias intervenciones divertidas de Sancho completan el panorama. Nada de esto desmerecía a mis ojos la calidad de la obra ni rebajaba mi admiración, pero así pensaba yo.

Lo que descubrí en la lectura de madurez fue que había otro tipo de humor en la obra de Cervantes. Un humor que no está tanto en las situaciones ni en los diálogos, como en la mirada del autor sobre el mundo. Un humor que camina en paralelo al relato y que reclama la complicidad entre el autor y el lector. Una vez establecido el vínculo, pase lo que pase y se diga lo que se diga, el humor lo impregna todo y todo lo transforma.

Es precisamente el Quijote el que crea e impone este tipo de relación secreta. Una relación que se establece por medio del libro, pero fuera del libro, y que a partir de ese momento constituirá la esencia de lo que denominamos la novela moderna. Una forma de escritura en la cual el lector no disfruta tanto de la intriga propia del relato como de la compañía de la persona que lo ha escrito.

Aunque raro es el año en que no vuelva a picotear en el Quijote, con la única finalidad de pasar un rato agradable y levantarme el ánimo, lo cierto es que no lo había vuelto a releer de un tirón, hasta que la cordial e inesperada llamada del señor Ministro me notificó que me había sido concedido este premio, y por añadidura en el cuarto centenario de la muerte de Cervantes. Así las cosas, pensé que tenía el deber moral y la excusa perfecta para volver, literalmente, a las andadas.

En esta ocasión seguía y sigo estando, en términos generales, satisfecho de la vida. De nada me puedo quejar e incluso ha mejorado mi estado de salud: antes padecía pequeños desarreglos impropios de mi edad y ahora estos desarreglos se han vuelto propios de mi edad.

Sin embargo, cuando se lee el Quijote, uno nunca sabe lo que le puede pasar. En lecturas anteriores yo había seguido al caballero y a su escudero tratando de adivinar la dirección que llevaba su peregrinaje. Esta vez, y sin que en ello interviniera de ningún modo la melancolía, me encontré acompañando al caballero en su camino de vuelta a un lugar de la Mancha cuyo nombre nunca hemos olvidado, aunque a menudo lo hayamos intentado.

Alguna vez me he preguntado si don Quijote estaba loco o si fingía estarlo para transgredir las normas de una sociedad pequeña, zafia y encerrada en sí misma. Aunque ésta es una incógnita que nunca despejaremos, mi conclusión es que don Quijote está realmente loco, pero sabe que lo está, y también sabe que los demás están cuerdos y, en consecuencia, le dejarán hacer cualquier disparate que le pase por la cabeza. Es justo lo contrario de lo que me ocurre a mí. Yo creo ser un modelo de sensatez y creo que los demás están como una regadera, y por este motivo vivo perplejo, atemorizado y descontento de cómo va el mundo.

Pero en una cosa le llevo ventaja a don Quijote: en que yo soy de verdad y él un personaje de ficción.

Una novela es lo que es: ni la verdad ni la mentira. El que lee una obra de ficción y no se cree nada de lo que allí se cuenta, va mal; pero el que se lo cree todo, va peor. Hoy esto es de conocimiento general. Pero el Quijote es la primera novela moderna y el pobre don Quijote no ha tenido tiempo de asimilar los cambios que él mismo trae al mundo. Al contrario, él es el primer caso certificado de lector demasiado crédulo. No es raro que se haga un lío. Y así va, hasta que un mal día, en la misma ciudad de Barcelona, donde yo habría de descubrirlo unos cuantos siglos más tarde, don Quijote visita una imprenta y allí descubre que en realidad es el protagonista de una novela. Y como ya no sabe qué hacer a continuación, da media vuelta y regresa a casa.

Lo que tampoco sabe es que su breve periplo, de poco más de un mes, no ha sido en balde.

Todo personaje de ficción es transversal. Va de lector en lector, sin detenerse en ninguno. Eso mismo hace don Quijote. Exceptuando a Sancho, todos los personajes del libro están donde Dios los puso. Don Quijote es lo contario: va de paso y atraviesa fugazmente por sus vidas. Generalmente les causa un pequeño trastorno, pero les paga con creces. Sin la incidencia atropellada de don Quijote, hidalgos, venteros, labriegos, curas y mozas del partido reposarían en la fosa común de la 9antropología cultural. Gracias a don Quijote hoy están aquí, con nosotros, tan reales como nosotros mismos y, en algunos casos, quizás un poco más.

Ésta es, a mi juicio, la función de la ficción. No dar noticia de unos hechos, sino dar vida a lo que, de otro modo, acabaría convertido en mero dato, en prototipo y en estadística. Por eso la novela cuenta las cosas de un modo ameno, aunque no necesariamente fácil: para que las personas, a lo largo del tiempo, la consuman y la recuerden sin pensar, como los insectos que polinizan sin saber que lo hacen. 

Recalco estas cosas bien sabidas porque vivimos tiempos confusos e inciertos. No me refiero a la política y la economía. Ahí los tiempos siempre son inciertos, porque somos una especie atolondrada y agresiva y quizá mala, si hubiera otra especie con la que nos pudiéramos comparar.

La incertidumbre y la confusión a las que yo me refiero son de otro tipo. Un cambio radical que afecta al conocimiento a la cultura, a las relaciones humanas, en definitiva, a nuestra manera de estar en el mundo. Pero al decir esto no pretendo ser alarmista. Este cambio está ahí, pero no tiene por qué ser nocivo, ni brusco, ni traumático.

En este sentido, ahora que los dos vamos de vuelta a casa, me gustaría discrepar de don Quijote cuando afirma que no hay pájaros en los nidos de antaño. Sí que los hay, pero son otros pájaros.

Ocasiones como la presente entrañan para el premiado un riesgo inverso al que corrió don Quijote: creerse protagonista de un relato más bonito que la realidad. Prometo hacer todo lo posible para que no me ocurra tal cosa.

Para los que tratamos de crear algo, el enemigo es la vanidad. La vanidad es una forma de llegar a necio dando un rodeo. Es un peligro que no debería existir: mal puede ser vanidoso el que a solas va escribiendo una palabra tras otra, con mimo y con afán y con la esperanza de que al final algo parezca tener sentido. La tecnología ha cambiado el soporte de la famosa página en blanco, pero no ha eliminado el terror que suscita ni el esfuerzo que hace falta para acometerla.

Por lo demás, al que se echa a los caminos la vida le ofrece recordatorios de su insignificancia. Hace muchos años, cuando yo vivía en Nueva York, quedé en un bar con un amigo, ilustre poeta leonés. Como vimos que la camarera que nos atendía era hispanohablante, probablemente portorriqueña, cuando vino a tomarnos la comanda nos dirigimos a ella en castellano. La camarera tomó nota y luego nos preguntó si éramos franceses. Le respondimos que no. ¿Qué le había hecho pensar eso? Oh, dijo ella, como habláis tan mal el español... En su momento, esta anécdota nimia me produjo una gran alegría que nunca se ha disipado. Porque comprendí que habitaba un mundo diverso, rico, divertido y con un amplísimo horizonte. Y que todas las lenguas del mundo son amables y generosas para quien las quiere bien y las trabaja.

Y aquí termino, repitiendo lo que dije al principio. Que recojo este premio con profunda gratitud y alegría, y que seguiré siendo el que siempre he sido: Eduardo Mendoza, de profesión, sus labores.

Muchas gracias.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Marta Sánchez-Nieves, XI Premio Esther Benítez de Traducción


Esta tarde, a las 19:00 y en el Aula 6 de la Casa del Lector - Matadero de Madrid, situado en el Paseo de la Chopera nº 14, tendrá lugar la entrega del XI Premio Esther Benítez de Traducción, otorgado por ACE Traductores a Marta Sánchez-Nieves por su brillante traducción de «Noches blancas» de Fiódor Dostoievski, que ha publicado la editorial Nórdica.

Los traductores siempre tendrán la sincera admiración y profunda gratitud del colectivo de lectores devoralibros, entre los que me cuento, por la dificultad de su tarea y el enorme favor que nos hacen al facilitar que podamos leer en castellano a autores que escriben en otras lenguas.

He tenido la fortuna de que la flamante ganadora me conceda una entrevista, que podéis leer a continuación. 

Como introducción, diremos que Marta Sánchez-Nieves ha sido profesora de lengua rusa y redactora de pruebas de acceso a certificación de Escuelas Oficiales de Idiomas en Zaragoza y la Laguna. Ha traducido obras al español de más de veinte autores rusos, incluyendo los más grandes (Bulgákov, Dostoievski, Gógol, Lérmontov, Pushkin, Tolstói, Turguénev...), manteniendo un ritmo altísimo de publicación. Es por tanto, una de nuestras mejores especialistas en traducción del ruso al castellano. El XI Premio de Traducción Esther Benítez viene a confirmar una brillante trayectoria profesional.


¿Cómo empezaste a dedicarte a la traducción de obras literarias? 
Mientras estaba en el doctorado una compañera de universidad me comentó que andaban buscando traductores del ruso para la Biblioteca Universal Gredos. Hice una prueba, les gustó y así hice Los relatos de Sebastopol de Lev Tolstói. 

Cuéntanos, por favor, qué método utilizas para traducir una novela ¿primero la lees entera? ¿luego haces un primer borrador de traducción? ¿cuántas correcciones o versiones, sueles hacer hasta la definitiva? 
Cuando empecé sí me daba por leerla un poco antes, pero después descarté esta fase. Primero irreflexivamente, solo por falta de tiempo. Pero ahora cada vez creo más firmemente que, cuando traduces una novela, relato, cuento… sin haberlos leído antes, te aproximas al texto igual de ignorante que el lector que lo lee por primera vez. Y esto te permite trabajar sin condicionantes. 
Me cuesta mucho dejar un borrador sin pulir a la primera, intento que sea lo más definitivo posible, para no quedarme con la sensación de que tengo trabajo pendiente. Pero, por supuesto, esta primera versión no es ni mucho menos la definitiva. Suele haber mínimo dos lecturas más completas. Y sería imposible llevar la cuenta de las relecturas parciales. 
Últimamente hago una última revisión bien con un audiolibro del original, si existe. Bien con otra persona que lee la traducción en voz alta y yo voy releyendo a la vez el original. 

¿Qué supone para ti la experiencia? ¿disfrutas del texto mientras lo traduces?¿o es un trabajo agotador y estresante? 
Lógicamente si el relato o la novela te gusta, disfrutas más. Sobre todo en la parte de investigación cultural, histórica… Últimamente he traducido bastante literatura contemporánea y ha sido todo un placer, porque siento que la literatura rusa contemporánea está demasiado eclipsada por los clásicos rusos. 
Preferencias aparte, quiero creer que la dedicación y la profesionalidad es la misma. 
A veces es agotador, claro, porque hay libros que exigen búsquedas continuas de referencias, o precisamente por lo contrario y entonces piensas que a lo mejor hay referencias que no estás viendo. Vivir en la permanente sospecha es estresante, no te voy a engañar. 
Luego está la presión de traducir una obra clásica de la literatura universal. Sabes que hay un montón de gente pendiente del resultado, algo así como ser seleccionador de fútbol, con mucha gente opinando sobre tu trabajo, pero con menos sueldo y menos glamour. 

¿Qué autor te ha costado más traducir al castellano? 
Gógol, sin duda alguna. Por su léxico plagado de expresiones populares, de palabras que en vida del autor eran ucranianismos pero que en la actualidad están integradas en el ruso habitual. El autor ofrece un glosario de dichas palabras y, gracias a los consejos de una buena colega, pude jugar con el glosario para adaptarlo a un lector español del siglo XXI. 

¿Y qué obra te ha gustado más de las que has traducido y porqué? 
Huy, es tan difícil elegir. A algunos relatos de clásicos (La reina de picas de Pushkin o Noches blancas de Dostoievski) les tengo un cariño especial porque fueron los primeros relatos que leí en ruso para hacer trabajos en la facultad. Pero las obras de autores contemporáneos me acercan tanto a la Rusia que conozco y que visito casi anualmente, que los recomiendo siempre que puedo. 

¿Cuánto tiempo te puede llevar, si no es indiscreción, por término medio traducir una novela de unas 250 páginas? 
No hay una regla matemática clara. Dicen los cálculos que lo normal es traducir unas 2500 palabras al día, pero depende siempre de la complejidad del texto. 
Con Gógol pensaba que no avanzaba, que no tenía ni idea y que debía cambiar de profesión. Sin embargo, justo después hice Anna Starobinets, un libro bastante más largo, en mucho menos tiempo. Confieso que reconocí a la primera todos los rasgos del folclore ruso porque acaba de lidiar con Gógol. 
Creo que podemos compararlo con el trabajo de un cirujano: no se tarda lo mismo en un transplante que en una operación de almorranas, por poner un ejemplo. 

¿Cómo se puede mantener un ritmo de siete traducciones publicadas al año?
Hay que tener en cuenta que una cosa es cuándo se traduce el libro y otra cuándo se publica. Además, no todos los he hecho yo sola. De todas formas, los colegas más experimentados y que llevan más tiempo que yo dedicados en exclusiva a traducir publican a un ritmo mucho más alto que yo, algunos han llegado a traducir hasta once libros al año. Aún me queda mucho que aprender de ellos.

Se dice siempre que la traducción es un trabajo poco reconocido y mal pagado ¿cuál es tu opinión y cuál ha sido tu experiencia?
Se dice porque es cierto, poco a poco se consiguieron avances. Pero la crisis económica también nos ha afectado, lógicamente, en forma de bajada de tarifas o de plazos más ajustados.
Pero reconozco que soy afortunada porque desde que soy socia de ACE Traductores he podido averiguar con tiempo con qué editoriales mejor no trabajar, por eso de que nos consideran un mal trago que hay que pasar.
Los traductores del ruso somos menos, por lo que también el intercambio de información es más rápido, y quiero creer que efectivo.
En general he tenido suerte, trabajo con editoriales dispuestas a negociar, que incluso me han preguntado directamente cuál es mi tarifa. Y cuando la tarifa era más baja de lo habitual, lo he podido compensar en plazo o en otro tipo de condiciones.

¿Podrías resumirnos algunos rasgos comunes de la manera de ver el mundo de los escritores rusos que has traducido?
Huy, aquí me pillas, no soy muy buena «crítica» literaria. Y aunque he repetido autores, las historias son tan diferentes que no sé si puedo enumerar rasgos comunes a todos.
Sí que me viene a la cabeza la inmensidad de la geografía rusa, los paisajes que parecen no caber en los libros, así como la majestuosidad de las historias ambientadas en San Petersburgo. Y, por supuesto, el duro papel de la mujer, adorada a la vez que olvidada. 

¿Qué nivel de traductores, en tu opinión, tenemos en España en relación con otos países? ¿se traduce bien en nuestro país?
 Sin duda alguna el nivel de los traductores en España es muy pero que muy bueno. Y creo que muy profesionalizado y consciente de cuál es su papel en el proceso de edición de un libro: no se plantea mejorar el resultado ni adaptarlo por miedo a que el lector no entienda. 

¿Qué cualidades crees que hay que tener para ser un buen traductor/a?
Pues primero dominar el idioma de destino, que en mi caso es el castellano. Es el arma imprescindible. Y, luego, conocer muy bien la cultura de la lengua de origen. Y la lengua de origen, claro. Pero no hay que perder de vista que no estamos trasladando una palabra de una lengua a otra, sino que estamos llevando a un lector a un mundo que, en teoría, desconoce.

¿Qué le aconsejarías a alguien a quien le gustaría dedicarse a esta profesión?
Que lea, mucho y todo tipo de géneros. Y de todas las épocas. Y que salga en busca de los colegas.

Y por último ¿hay alguna otra cosa interesante o curiosa que creas que vale la pena que se conozca de tu trabajo? 
Que lo creáis o no, los traductores editoriales no vivimos en torres de marfil alejados de la realidad escribiendo con tinta y pluma en papiros.Y que aunque solo aparezca un nombre, o dos, en la cubierta, tiene mucho de trabajo colectivo. Siempre hay un colega que te echa una mano con un vocablo que no te sale, o te ayuda con un juego de palabras. O se lee un párrafo por ti y te dice si se entiende como tú crees que se entiende.

Muchas gracias, Marta.

Marta Sánchez-Nieves
             
Publicado por Antonio F. Rodríguez.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Finalistas del XI Premio Esther Benítez


Recientemente se han dado a conocer los cuatro finalistas del XI Premio Esther Benítez, el premio de traducción que convoca anualmente ACE Traductores, que se fallará a finales de noviembre y en el que los propios socios proponen a los candidatos y escogen después la obra ganadora. Los cuatro finalistas son: 
  • Concha Cardeñoso por su traducción de Las cuatro Gracias, de D. E. Stevenson (Alba Editorial) 
  • Itziar Hernández Rodilla por su traducción de Los novios, de Alessandro Manzoni (Akal) 
  • Carmen Montes por su traducción de Aniara, de Harry Martinson (Gallo Nero) 
  • Marta Sánchez-Nieves por su traducción de Noches Blancas, de Fiódor Dostoievski (Nórdica Libros) 

La lista completa de obras propuestas a la edición de este año, que puede verse como una cartografía de las mejores traducciones publicadas a lo largo del año pasado, puede consultarse aquí. Para conocer más detalles del premio, dedicado a la gran traductora Esther Benítez, y de los galardonados en las diez convocatorias anteriores, puedes visitar esta página.

ACE Traductores es una asociación que desde 1983 vela por los derechos e intereses de los traductores de libros y que promueve actividades e iniciativas para contribuir a la mejora de su situación social y profesional, al debate y la reflexión sobre la traducción y al reconocimiento de la importancia cultural de la figura del traductor. Aquí podéis ver su blog de actividades.

Como ya sabéis, la traducción es una actividad creativa que entraña una dificultad, un mérito y un volumen de trabajo enormes. Puede decirse sin exagerar que a menudo consiste en recrear una obra en otra lengua y nunca estaremos suficientemente agradecidos los lectores contumaces como nosotros a este colectivo, por otra parte habitualmente mal pagado, poco considerado y muy frecuentemente olvidado.

Así que creo que es de justicia romper una lanza en favor de los que traducen obras literarias y dedican su esfuerzo a hacer posible que podamos disfrutar de lo escrito en otro idioma. ¡Viva los traductores!


Publicado por Antonio F. Rodríguez.

sábado, 29 de octubre de 2016

Discurso de Pablo Neruda al recibir el Nobel

 

Me he encontrado por casualidad con el discurso que pronunció Pablo Neruda (Parral, 1904-1973) al recibir el Premio Nobel de Literatura en 1971 y no he podido resistir la tentación de publicarlo aquí. Es muy bueno.

«Mi discurso será una larga travesía, un viaje mío por regiones, lejanas y antípodas, no por eso menos semejantes al paisaje y a las soledades del norte. Hablo del extremo sur de mi país. Tanto y tanto nos alejamos los chilenos hasta tocar con nuestros limites el Polo Sur, que nos parecemos a la geografía de Suecia, que roza con su cabeza el norte nevado del planeta. 
           
Por allí, por aquellas extensiones de mi patria adonde me condujeron acontecimientos ya olvidados en sí mismos, hay que atravesar, tuve que atravesar los Andes buscando la frontera de mi país con Argentina. Grandes bosques cubren como un túnel las regiones inaccesibles y como nuestro camino era oculto y vedado, aceptábamos tan sólo los signos más débiles de la orientación. No había huellas, no existían senderos y con mis cuatro compañeros a caballo buscábamos en ondulante cabalgata -eliminando los obstáculos de poderosos árboles, imposibles ríos, roqueríos inmensos, desoladas nieves, adivinando mas bien el derrotero de mi propia libertad. Los que me acompañaban conocían la orientación, la posibilidad entre los grandes follajes, pero para saberse más seguros montados en sus caballos marcaban de un machetazo aquí y allá las cortezas de los grandes árboles dejando huellas que los guiarían en el regreso, cuando me dejaran solo con mi destino. Cada uno avanzaba embargado en aquella soledad sin márgenes, en aquel silencio verde y blanco, los árboles, las grandes enredaderas, el humus depositado por centenares de años, los troncos semi-derribados que de pronto eran una barrera más en nuestra marcha. Todo era a la vez una naturaleza deslumbradora y secreta y a la vez una creciente amenaza de frío, nieve, persecución. Todo se mezclaba: la soledad, el peligro, el silencio y la urgencia de mi misión. A veces seguíamos una huella delgadísima, dejada quizás por contrabandistas o delincuentes comunes fugitivos, e ignorábamos si muchos de ellos habían perecido, sorprendidos de repente por las glaciales manos del invierno, por las tormentas tremendas de nieve que, cuando en los Andes se descargan, envuelven al viajero, lo hunden bajo siete pisos de blancura. 
                 
A cada lado de la huella contemplé, en aquella salvaje desolación, algo como una construcción humana. Eran trozos de ramas acumulados que habían soportado muchos inviernos, vegetal ofrenda de centenares de viajeros, altos cúmulos de madera para recordar a los caídos, para hacer pensar en los que no pudieron seguir y quedaron allí para siempre debajo de las nieves. También mis compañeros cortaron con sus machetes las ramas que nos tocaban las cabezas y que descendían sobre nosotros desde la altura de las coníferas inmensas, desde los robles cuyo último follaje palpitaba antes de las tempestades del invierno. Y también yo fui dejando en cada túmulo un recuerdo, una tarjeta de madera, una rama cortada del bosque para adornar las tumbas de uno y otro de los viajeros desconocidos. 
                            
Teníamos que cruzar un río. Esas pequeñas vertientes nacidas en las cumbres de los Andes se precipitan, descargan su fuerza vertiginosa y atropelladora, se tornan en cascadas, rompen tierras y rocas con la energía y la velocidad que trajeron de las alturas insignes: pero esa vez encontramos un remanso, un gran espejo de agua, un vado. Los caballos entraron, perdieron pie y nadaron hacia la otra ribera. Pronto mi caballo fue sobrepasado casi totalmente por las aguas, yo comencé a mecerme sin sostén, mis pies se afanaban al garete mientras la bestia pugnaba por mantener la cabeza al aire libre. Así cruzamos. Y apenas llegados a la otra orilla, los baqueanos, los campesinos que me acompañaban me preguntaron con cierta sonrisa: 
                  
-¿Tuvo mucho miedo?
-Mucho. Creí que había llegado mi última hora, dije.
-Íbamos detrás de usted con el lazo en la mano me respondieron. -Ahí mismo –agregó uno de ellos– cayó mi padre y lo arrastró la corriente. No iba a pasar lo mismo con usted. Seguimos hasta entrar en un túnel natural que tal vez abrió en las rocas imponentes un caudaloso río perdido, o un estremecimiento del planeta que dispuso en las alturas aquella obra, aquel canal rupestre de piedra socavada, de granito, en el cual penetramos. A los pocos pasos las cabalgaduras resbalaban, trataban de afincarse en los desniveles de piedra, se doblegaban sus patas, estallaban chispas en las herraduras: más de una vez me vi arrojado del caballo y tendido sobre las rocas. La cabalgadura sangraba de narices y patas, pero proseguimos empecinados el vasto, el espléndido, el difícil camino. 
                          
Algo nos esperaba en medio de aquella selva salvaje. Súbitamente, como singular visión, llegamos a una pequeña y esmerada pradera acurrucada en el regazo de las montañas: agua clara, prado verde, flores silvestres, rumor de rios y el cielo azul arriba, generosa luz ininterrumpida por ningún follaje. 
                    
Allí nos detuvimos como dentro de un círculo mágico, como huéspedes de un recinto sagrado: y mayor condición de sagrada tuvo aun la ceremonia en la que participé. Los vaqueros bajaron de sus cabalgaduras. En el centro del recinto estaba colocada, como en un rito, una calavera de buey. Mis compañeros se acercaron silenciosamente, uno por uno, para dejar unas monedas y algunos alimentos en los agujeros de hueso. Me uní a ellos en aquella ofrenda destinada a toscos Ulises extraviados, a fugitivos de todas las raleas que encontrarían pan y auxilio en las órbitas del toro muerto. Pero no se detuvo en este punto la inolvidable ceremonia. Mis rústicos amigos se despojaron de sus sombreros e iniciaron una extraña danza, saltando sobre un solo pie alrededor de la calavera abandonada, repasando la huella circular dejada por tantos bailes de otros que por allí cruzaron antes. Comprendí entonces de una manera imprecisa, al lado de mis impenetrables compañeros, que existía una comunicación de desconocido a desconocido, que había una solicitud, una petición y una respuesta aún en las más lejanas y apartadas soledades de este mundo. 
                     
Más lejos, ya a punto de cruzar las fronteras que me alejarían por muchos años de mi patria, llegamos de noche a las últimas gargantas de las montañas. Vimos de pronto una luz encendida que era indicio cierto de habitación humana y, al acercarnos, hallamos unas desvencijadas construcciones, unos destartalados galpones al parecer vacíos. Entramos a uno de ellos y vimos, al calor de la lumbre, grandes troncos encendidos en el centro de la habitación, cuerpos de árboles gigantes que allí ardían de día y de noche y que dejaban escapar por las hendiduras del techo ml humo que vagaba en medio de las tinieblas como un profundo velo azul. Vimos montones de quesos acumulados por quienes los cuajaron a aquellas alturas. Cerca del fuego, agrupados como sacos, yacían algunos hombres. Distinguimos en el silencio las cuerdas de una guitarra y las palabras de una canción que, naciendo de las brasas y la oscuridad, nos traía la primera voz humana que habíamos topado en el camino. Era una canción de amor y de distancia, un lamento de amor y de nostalgia dirigido hacia la primavera lejana, hacia las ciudades de donde veníamos, hacia la infinita extensión de la vida. 
                          
Ellos ignoraban quienes éramos, ellos nada sabían del fugitivo, ellos no conocían mi poesía ni mi nombre. O lo conocían, nos conocían? El hecho real fue que junto a aquel fuego cantamos y comimos, y luego caminamos dentro de la oscuridad hacia unos cuartos elementales. A través de ellos pasaba una corriente termal, agua volcánica donde nos sumergimos, calor que se desprendía de las cordilleras y nos acogió en su seno.

Chapoteamos gozosos, cavándonos, limpiándonos el peso de la inmensa cabalgata. Nos sentimos frescos, renacidos, bautizados, cuando al amanecer emprendimos los últimos kilómetros de jornadas que me separarían de aquel eclipse de mi patria. Nos alejamos cantando sobre nuestras cabalgaduras, plenos de un aire nuevo, de un aliento que nos empujaba al gran camino del mundo que me estaba esperando. Cuando quisimos dar (lo recuerdo vivamente) a los montañeses algunas monedas de recompensa por las canciones, por los alimentos, por las aguas termales, por el techo y los lechos, vale decir, por el inesperado amparo que nos salió al encuentro, ellos rechazaron nuestro ofrecimiento sin un ademán. Nos habían servido y nada más. Y en ese "nada más" en ese silencioso nada más había muchas cosas subentendidas, tal vez el reconocimiento, tal vez los mismos sueños. 
                    
Señoras y señores:
Yo no aprendí en los libros ninguna receta para la composición de un poema: y no dejaré impreso a mi vez ni siquiera un consejo, modo o estilo para que los nuevos poetas reciban de mí alguna gota de supuesta sabiduría. Si he narrado en este discurso ciertos sucesos del pasado, si he revivido un nunca olvidado relato en esta ocasión y en este sitio tan diferentes a lo acontecido, es porque en el curso de mi vida he encontrado siempre en alguna parte la aseveración necesaria, la fórmula que me aguardaba, no para endurecerse en mis palabras sino para explicarme a mí mismo. 
                         
En aquella larga jornada encontré las dosis necesarias a la formación del poema. Allí me fueron dadas las aportaciones de la tierra y del alma. Y pienso que la poesía es una acción pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza. Y pienso con no menor fe que todo esta sostenido -el hombre y su sombra, el hombre y su actitud, el hombre y su poesia en una comunidad cada vez más extensa, en un ejercicio que integrará para siempre en nosotros la realidad y los sueños, porque de tal manera los une y los confunde. Y digo de igual modo que no sé, después de tantos años, si aquellas lecciones que recibí al cruzar un vertiginoso río, al bailar alrededor del cráneo de una vaca, al bañar mi piel en el agua purificadora de las más altas regiones, digo que no sé si aquello salía de mí mismo para comunicarse después con muchos otros seres, o era el mensaje que los demás hombres me enviaban como exigencia o emplazamiento. No sé si aquello lo viví o lo escribí, no sé si fueron verdad o poesía, transición o eternidad los versos que experimenté en aquel momento, las experiencias que canté más tarde. 
          
De todo ello, amigos, surge una enseñanza que el poeta debe aprender de los demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía; mas en esa danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia de ser hombres y de creer en un destino común. 
                 
En verdad, si bien alguna o mucha gente me consideró un sectario, sin posible participación en la mesa común de la amistad y de la responsabilidad, no quiero justificarme, no creo que las acusaciones ni las justificaciones tengan cabida entre los deberes del poeta. Después de todo, ningún poeta administró la poesía, y si alguno de ellos se detuvo a acusar a sus semejantes, o si otro pensó que podría gastarse la vida defendiéndose de recriminaciones razonables o absurdas, mi convicción es que sólo la vanidad es capaz de desviarnos hasta tales extremos. Digo que los enemigos de la poesía no están entre quienes la profesan o resguardan, sino en la falta de concordancia del poeta. De ahí que ningún poeta tenga más enemigo esencial que su propia incapacidad para entenderse con los más ignorados y explotados de sus contemporáneos; y esto rige para todas las épocas y para todas las tierras. 

El poeta no es un "pequeño dios". No, no es un "pequeño dios". No está signado por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios. A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios. Él cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, con una obligación comunitaria. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía, de una construcción simple o complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de la mercadería: pan, verdad, vino, sueños. Si el poeta se incorpora a esa nunca gastada lucha por consignar cada uno en manos de los otros su ración de compromiso, su dedicación y su ternura al trabajo común de cada día y de todos los hombres, el poeta tomará parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sueño de la humanidad entera. Sólo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a restituirle a la poesía el anchuroso espacio que le van recortando en cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros mismos. 
               
Los errores que me llevaron a una relativa verdad, y las verdades que repetidas veces me condujeron al error, unos y otras no me permitieron -ni yo lo pretendí nunca- orientar, dirigir, enseñar lo que se llama el proceso creador, los vericuetos de la literatura. Pero sí me di cuenta de una cosa: de que nosotros mismos vamos creando los fantasmas de nuestra propia mitificacion. De la argamasa de lo que hacemos, o queremos hacer, surgen más tarde los impedimentos de nuestro propio y futuro desarrollo. Nos vemos indefectiblemente conducidos a la realidad y al realismo, es decir, a tomar una conciencia directa de lo que nos rodea y de los caminos de la transformación, y luego comprendemos, cuando parece tarde, que hemos construido una limitación tan exagerada que matamos lo vivo en vez de conducir la vida a desenvolverse y florecer. Nos imponemos un realismo que posteriormente nos resulta más pesado que el ladrillo de las construcciones, sin que por ello hayamos erigido el edificio que contemplábamos como parte integral de nuestro deber. Y en sentido contrario, si alcanzamos a crear el fetiche de lo incomprensible (o de lo comprensible para unos pocos), el fetiche de lo selecto y de lo secreto, si suprimimos la realidad y sus degeneraciones realistas, nos veremos de pronto rodeados de un terreno imposible, de un tembladeral de hojas, de barro, de libros, en que se hunden nuestros pies y nos ahoga una incomunicación opresiva. 
             
En cuanto a nosotros en particular, escritores de la vasta extensión americana, escuchamos sin tregua el llamado para llenar ese espacio enorme con seres de carne y hueso. Somos conscientes de nuestra obligación de pobladores y -al mismo tiempo que nos resulta esencial el deber de una comunicación critica en un mundo deshabitado y, no por deshabitado menos lleno de injusticias, castigos y dolores, sentimos también el compromiso de recobrar los antiguos sueños que duermen en las estatuas de piedra, en los antiguos monumentos destruidos, en los anchos silencios de pampas planetarias, de selvas espesas, de ríos que cantan como sueños. Necesitamos colmar de palabras los confines de un continente mudo y nos embriaga esta tarea de fabular y de nombrar. Tal vez ésa sea la razón determinante de mi humilde caso individual: y en esa circunstancia mis excesos, o mi abundancia, o mi retórica, no vendrían a ser sino actos, los más simples, del menester americano de cada día. Cada uno de mis versos quiso instalarse como un objeto palpable: cada uno de mis poemas pretendió ser un instrumento útil de trabajo: cada uno de mis cantos aspiró a servir en el espacio como signos de reunión donde se cruzaron los caminos, o como fragmento de piedra o de madera con que alguien, otros que vendrán, pudieran depositar los nuevos signos. 
          
Extendiendo estos deberes del poeta, en la verdad o en el error, hasta sus últimas consecuencias, decidí que mi actitud dentro de la sociedad y ante la vida debía ser también humildemente partidaria. Lo decidí viendo gloriosos fracasos, solitarias victorias, derrotas deslumbrantes. Comprendí, metido en el escenario de las luchas de América, que mi misión humana no era otra sino agregarme a la extensa fuerza del pueblo organizado, agregarme con sangre y alma, con pasión y esperanza, porque sólo de esa henchida torrentera pueden nacer los cambios necesarios a los escritores y a los pueblos. Y aunque mi posición levantara o levante objeciones amargas o amables, lo cierto es que no hallo otro camino para el escritor de nuestros anchos y crueles países, si queremos que florezca la oscuridad, si pretendemos que los millones de hombres que aún no han aprendido a leernos ni a leer, que todavía no saben escribir ni escribirnos, se establezcan en el terreno de la dignidad sin la cual no es posible ser hombres integrales. 
                
Heredamos la vida lacerada de los pueblos que arrastran un castigo de siglos, pueblos los más edénicos, los más puros, los que construyeron con piedras y metales torres milagrosas, alhajas de fulgor deslumbrante: pueblos que de pronto fueron arrasados y enmudecidos por las épocas terribles del colonialismo que aún existe. 

Nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza. Pero no hay lucha ni esperanza solitarias. En todo hombre se juntan las épocas remotas, la inercia, los errores, las pasiones, las urgencias de nuestro tiempo, la velocidad de la historia. Pero, qué sería de mí si yo, por ejemplo, hubiera contribuido en cualquiera forma al pasado feudal del gran continente americano? Cómo podría yo levantar la frente, iluminada por el honor que Suecia me ha otorgado, si no me sintiera orgulloso de haber tomado una mínima parte en la transformación actual de mi país? Hay que mirar el mapa de América, enfrentarse a la grandiosa diversidad, a la generosidad cósmica del espacio que nos rodea, para entender que muchos escritores se niegan a compartir el pasado de oprobio y de saqueo que oscuros dioses destinaron a los pueblos americanos. 
              
Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes de reiterar la adoración hacia el individuo como sol central del sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza cada día enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes como a los infatuados impacientes. Porque creo que mis deberes de poeta no sólo me indicaban la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita, sino también con las ásperas tareas humanas que incorporé a mi poesía. 
                         
Hace hoy cien años exactos, un pobre y espléndido poeta, el más atroz de los desesperados, escribió esta profecía: A l’aurore, armés d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides Villes. (Al amanecer, armados de una ardiente paciencia entraremos en las espléndidas ciudades).

Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el vidente. Yo vengo de una oscura provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante geografía. Fui el más abandonado de los poetas y mi poesía fue regional, dolorosa y lluviosa. Pero tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera. 
               
En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas, que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres. 
               
Así la poesía no habrá cantado en vano».  
             
Publicado por Antonio F. Rodríguez.

lunes, 17 de octubre de 2016

Los planetas de este año


Hablando del Nobel se nos ha pasado el Planeta. Este fin de semana se ha fallado el premio mejor dotado de las letras españolas y en este caso sí que los galardonados son indiscutibles. 

Como ya sabéis, la ganadora ha sido Dolores Redondo, autora de la trilogía del Baztán que arranca con «El guardían invisible», con la novela «Todo esto te daré», y el finalista Marcos Chicot, del que hace poco reseñábamos aquí «El asesinato de Pitágoras», ahora con «El asesinato de Sócrates». Esperamos que siga «asesinando» filosofos griegos.

Dos autores que saben perfectamente cómo escribir superventas de alta calidad. Con estos premios, quienes ganan son los lectores. Nuestra más cálida enhorabuena.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.