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viernes, 25 de enero de 2019

El diablo en la cruz - Ngugi wa Thiong'o


Título: El diablo en la cruz
Autor: Ngugi wa Thiong'o

Páginas: 335

Editorial: Debolsillo

Precio: 10,95 euros

Año de edición: 2017

     
Escrita en la cárcel, cuando estuvo el autor en prisión debido a sus ideas, en rollos de papel higiénico porque no tenía papel para escribir, esta novela es un verdadero libro de culto que defiende la lengua y la cultura africanas frente a la explotación colonial y sus cómplices interiores dentro de Kenia.

Se trata de una narración de una calidad altísima, una buena muestra de cómo se puede escribir una novela de ideas con elegancia y amenidad. Un retrato veraz y auténtico de la sociedad keniata y una feroz crítica, llena de ironía, de una sociedad víctima del neocolonialismo, la ignorancia y la corrupción, dominada por la hipocresía y el acoso sexual endémico.

Un canto a la libertad y a la esperanza que resulta emocionante, dedicado «A todos los keniatas en lucha contra la etapa neocolonial del imperialismo». A través de la historia de la bella Wariinga, que sufre acoso sexual casi a diario, el autor construye una narración llena de imaginación e ironía, una fábula en la que un diablo muy particular, un viaje en un autobús renqueante que es una reliquia, el congreso de ladrones y rateros, y la más variopinta galería de personajes encajan perfectamente en un hilo narrativo muy divertido, salpicado de la más fina de las ironías.

El texto está trufado de sabrosos refranes africanos («Imitar el paso de ortos le cuesta el culo a la rana», «No se puede cocinar en dos pucheros a la vez sin que la comida se queme en alguno»), de costumbres locales y del espíritu del continente. Y a la vez formula sin piedad una crítica llena de ironía al comportamiento de Occidente en la región. 
               
Los principios del congreso internacional de ladrones, lleno de extranjeros y keniatas, no tiene desperdicio, y bien puede servir como metáfora de cualquier encuentro de organismos de carácter económico. El lema del evento es «La Santísima Trinidad del robo: Robar, Extorsionar y Confiscar». Se declara solemnemente que «La astucia es más rentable que el trabajo duro»,se  sostiene que «Nunca hay que regar con el sudor propio el pan que se come» y proclama su fé «en la libertad que permite a cada uno robar y atracar según sus habilidades»
           
Un ingenuo aborigen que proclama que «Cada ladrón debe ir a su propia casa y robar a su propia madre», en alusión a que África debe ser expoliada y robada solo por sinvergüenzas y trapisondistas africanos, acaba por ser casi linchado por los hampones internacionales, escandalizados por ser tratados con tan poco respeto y consideración, cuando han acudido al congreso demanera altruista, para compartir toda su experiencia y exponer buenas prácticas.
          
En resumen, un libro delicioso que es a la vez un verdadero ejemplo de cómo escribir una novela de ideas y una narración de muchos quilates literarios, una verdadera novela de premio que ningún buen lector debería dejar pasar.
       
Ngugi wa Thiong'o (Limuru, Kenia, 1938) es uno de los grandes escritores africanos actuales. Asistió una escuela presbiteriana de la iglesia escocesa antes de entrar en 1949 en la escuela independiente, religiosa y nacionalista Karing'a. Luego estudió en la Universidad Makerere, en Uganda. Conoció en su juventud el movimiento Mau Mau, lo que le marcó profundamente.
        
Publicó su primera novela a los 24 años, poco antes de la independencia de Kenia, sobre la tensión entre blancos y negros y los contrastes entre las culturas europea y africana. Empezó a trabajar como periodista y en paralelo inició una carrera literaria publicando poesía y novela.
       
Pasó un año en prisión, con lo que se radicalizaron sus ideas contra el régimen keniano y tuvo que exiliarse, primero a Londres, luego a California y Nueva York. Ha sido profesor en las universidades de Nairobi, Irvine y Nueva York. Desgraciadamente, cuando volvió a su país después de 25 años de exilio, se vió envuelto en un suceso terrible: entraron en su casa, violaron a su mujer y le quemaron la cara cuando intentó defenderla.
     
Autor prolífico que ha tocado prácticamente todos los géneros, ha sido nombrado doctor honoris causa en diez universidades y ha sido varias veces candidato al Premio Nobel de Literatura  Es uno de los intelectuales africanos más respetados.
    
Ngugi wa Thiong'o
      
Publicado por Antonio F. Rodríguez.

viernes, 11 de enero de 2019

Tótem y tabú - Sigmund Freud

    
Título: Tótem y tabú
Autor: Sigmund Freud

Páginas: 203

Editorial: Alianza

Precio: 20 euros

Año de edición: 2005 (6ª edición)


Publicado en 1912, este interesantísimo libro, tan atractivo como fácil de leer, se apoya en todo el material recopilado por J. G. Frazer en «La rama dorada» y otros antropólogos sobre tribus primitivas y poco evolucionadas, para estudiar los fenómenos de las religiones totémicas y los tabús, y establecer un paralelismo con algunos comportamientos neuróticos.

El planteamiento es muy prometedor, porque es de suponer que en las sociedades más ancestrales y menos civilizadas deben aflorar los comportamientos y pulsiones más genuinamente humanos, casi puros y sin contaminar por nuestra cultura, construida durante siglos. 

En realidad, ambas ideas, tótem y tabú están muy relacionados. El tótem es una construcción conceptual que se repite en varias culturas con algunas variaciones y consiste en un animal, planta o lugar que es sagrado para una familia, está ligado a sus orígenes de manera legendaria, a veces incluso puede estar emparentado con ella y no se puede ni cazar ni comer, salvo en ceremonias rituales muy sofisticadas. Habitualmente, el tótem se transmite solo por vía materna y es obligatorio unirse en matrimonio con alguien de otro tótem, con lo que aparece el tabú más universal y antiguo: el del incesto.

Un tabú (palabra de origen polinesio) es una prohibición que no es moral, ni racional, resulta incomprensible y a la vez indiscutible. Es una prohibición muy atávica. Freud la compara con las autoprohibiciones obsesivas del neurótico. En ambos casos hay un deseo inconsciente muy fuerte de transgresión y un regla férrea que mantiene el consciente y sirve de barrera.

Esa analogía entre tabús y manía obsesiva da lugar a conclusiones muy interesantes y permite establecer un continuum  entre costumbres, supersticiones, manías y la omnipotencia de ideas, en la que el neurótico cree realmente que sus pensamientos pueden cambiar el mundo. De manera parecida se puede hablar de una evolución desde la creencia en la magia (yo soy omnipotente y mediante un rito puedo modificar la realidad), el pensamiento religioso (al menos puedo rezar para pedir a un ser omnipotente que modifique la realidad) y el científico (ya no hay omnipotencia, pero queda una ilimitada confianza en el intelecto humano).

A continuación se analizan las distintas teorías que han tratado hasta ese momento de explicar la generación de los tótems y el autor confiesa no encontrar ninguna explicación convincente para la fobia al incesto. La verdad, es que a mí me parece suficiente explicación el que ante el fuerte atractivo que ejerce la madre sobre el hijo (y el padre sobre la hija), un instinto inconsciente de supervivencia puede ser el evitar la posible venganza o desafección del padre (o de la madre), teniendo en cuenta que el ser humano tiene un ciclo de crecimiento y maduración muy lento y necesita la protección de ambos progenitores. Por supuesto, también tenemos la cuestión de los riesgos genéticos de la endogamia.

Por último, se relaciona el totemismo con el mito de Edipo, en el que se violan los dos grandes tabúes: matar al padre/tótem y acostarse con la madre.

En fin una obra interesantísima, escrita de manera tan clara y accesible que parece un libro de divulgación, que invita a la reflexión sobre aspectos esenciales de nuestra cultura, como la religión, los tabús, los sacrificios rituales, las fiestas... un texto apasionante que ofrece multitud de ideas iluminadoras. Muy recomendable. 

Sigmund Freud (Príbor, 1856-1939) fué un psicólogo austríaco de origen judío, padre de psicoanálisis y autor de una larga lista de libros de psicología escritos con una prosa sencilla, directa, precisa como un bisturí y de gran claridad. 
   
Estudió en París con el neurólogo Charcot la aplicación de la hipnosis en los casos de histeria, luego se estableció en Viena y utilizó la catarsis, la asociación libre y la interpretación de los sueños, expuesta en un famoso libro del mismo título, publicado en 1899 y considerada la obra fundacional del psicoanálisis. Aunque clínicamente no fué muy eficaz, se dice que no curó ni a un solo paciente de los que psicoanalizó, y el psicoanálisis como terapia es muy discutible, sus teorías han tenido una influencia enorme y han definido los conceptos que utilizan desde entonces odos los psicólogos: el subconsciente, la represión, los traumas infantiles, el complejo de Edipo, el superyo...

Fué un pionero en el uso terapéutico de la cocaína como analgésico y estimulante, él mismo fué adicto durante algunos años. Como detalles curiosos, parece que en la Luna hay un cráter con su nombre, y que cuando tuvo que declarar por escrito que los nazis le habían tratado bien para poder huir a Londres, añadió irónicamente «Recomiendo calurosamente la Gestapo a cualquiera». Está considerado uno de los grandes pensadores del siglo XX.
   
Sigmund Freud hacia 1890,cuando todavía no era Freud
 
Publicado por Antonio F. Rodríguez.

jueves, 3 de enero de 2019

Lugares fuera de sitio - Sergio del Molino

                  
Título: Lugares fuera de sitio
Autor: Sergio del Molino

Páginas: 224

Editorial: Espasa


Precio: 19,90 euros

Año de edición: 2018


Sergio del Molino ha vuelto al género del ensayo para dejarnos esta estupenda obra, ganadora con todo merecimiento del Premio Espasa de ensayo 2018. En esta ocasión, el tema es el de los territorios fronterizos; el autor ha viajado a los confines de España, a sus fronteras actuales y algunos enclaves autonómicos, y nos regala una reflexión larga, profunda y erudita sobre sus características y peculiaridades. Un tema que da mucho de sí.

Pasa por Gibraltar, Melilla, Ceuta, Olivenza, Llivia, Andorra, el Condado de Treviño, el Valle de Villaverde, el Rincón de Ademuz y la Petilla de Aragón, con una mirada siempre inteligente y perspicaz, haciendo referencias históricas, reflexiones curiosas y un estilo ligero y ameno que sorprende a menudo al lector por la originalidad de lo que cuenta.

Curiosamente, antes de la Primera Guerra Mundial, Europa era un continente de imperios cosmopolitas y naciones difusas en el que no estaban nítidamente definidas las fronteras ni física ni administrativamente. Un árbol, una torre o una cadena montañosa podían marcar el paso de un país a otro y no siempre era necesario un pasaporte para viajar de uno a otro. La caída del imperio austrohúngaro y el auge de los nacionlismos cambió la situación para siempre.

Las fronteras son territorios ambiguos, de alguna manera entre dos aguas, cicatrices de la Historia no siempre bien digeridas que muestran su singularidad y rareza a quien se detiene a observarlas con atención. Dos hipótesis animan el iniico del periplo: que las fronteras son artificiales y convencionales, y por lo tanto deben dar lugar a todo tipo de fenómenos peculiares; y que en esas esquinas del mapa, en sus costurones, puede ser posible ver mejor que en oros lugares la esencia de un país.

Llivia, por ejemplo, es un municipio español completamente rodeado de territorio francés, situado al otro lado de los Pirineos y unido a nuestro país por una carretera por la que los españoles han tenido derecho de paso desde 1659. Antes del Acuerdo de Schengen (1995), podíamos viajar en nuestro coche por ella, pero si se nos pinchaba una rueda y nos bajábamos a cambiarla, al menos en teoría, un gendarme podía pedirnos el pasaporte. 

La conclusión es que hay mil formas de entender qué es España y qué es eso de ser español, pero nos han contado solamente una, dos a lo sumo y habitualmente no nos detenemos a pensar sobre ello. Ver cómo es nuestro país en sus límites y cómo son sus habitantes híbridos y mestizos culturalmente hablando, los musulmanes de Ceuta y Melilla, los andorranos, los lusófilos de Olivenza, los llivienses, los llanitos de Gibraltar, etcétera, nos puede ayudar a pensar en una España no basada en etnicismos ni esencias históricas, sino abierta y fuerte, más porosa y flexible, fundamentada en una constitución común y en un patriotismo como el de Jürgen Habermas, que basa la pertenencia a un país en la aceptación de unos valores democráticos e ilustrados.

Es cierto, como se dice, que del Molino sabe ser al mismo tiempo divulgativo, crítico y emocional, también que ofrece punto de vista e ideas novodosas e interesantes, y que resulta agudo y creativo a la vez. Se ha convertido ya en uno de mis ensayistas favoritos y creo que es buena idea seguirle y leer todo lo que publique a partir de ahora.

En fin, un ensayo interesantísimo en el que se aprenden muchas cosas de cartografía antigua, historia, relaciones internacionales, geografía y, sobre todo, a pensar por uno mismo y repensar los tópicos e ideas que hemos oído cientos de veces sin cuestionarnos su relatividad. Una reflexión muy interesante que invita a pensar sobre esa realidad, España, tan a menudo vivida y sentida como un problema.

Sergio del Molino (Madrid, 1979), periodista y escritor, se hizo famoso con su novela «La hora violeta», en la que cuenta la enfermedad y muerte de su hijo Pablo, novela con la que ganó varios premios, como el Premio Tigre Juan 2013. En el 2016 dió la campanada con un ensayo brillante sobre la despoblación de la España interior: «La España vacía».

Ha sido reportero en el «Heraldo de Aragón» y actualmente colabora en varios diarios y revistas. Tiene un blog muy interesante, tuitea muy bien (véase @sergiodelmolino) y en este enlace os dejo una jugosa entrevista que le hizo el «Huffington Post».

Sergio del Molino

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 23 de diciembre de 2018

Insultario - José Antonio Ruiz Gracia y Ángel María Fenández Pascual


Título: Insultario
 Autores: José Antonio Ruiz Gracia y Ángel María Fenández Pascual

Páginas: 108

Editorial: Pepitas de calabaza

Precio: 12 euros

Año de edición: 2018


Que el español es una lengua especialmente dotada para el insulto y la injuria ya se ha dicho varias veces. Todos recordamos a la popular filóloga inglesa encantada en redes sociales con el «Me cago en tu puta madre», toda una escalera de énfasis y ofensa; o la soltura con que José Antonio Camacho, al ver que habían eliminado a España de un mundial, espetó en directo aquel contundente «A tomar por culo»

Pero tras algunos antecedentes ilustres y algo escatológicos como Francisco de Quevedo y Camilo José Cela, apenas si se ha cultivado el insulto en español como género literario. No la injuria soez y faltona, sino el improperio inteligente e irónico, elaborado y con clase.

Menos mal que ha surgido esta pareja de amigos riojanos, que empezaron enviándose lindezas, primero por SMS y luego por WhatsApp, que para algo bueno tenían que servir los móviles, con la sana intención de cultivar el noble arte del dicterio florido e ingenioso, del exabrupto con humor, de la puñalada por la espalda dada son respeto, en suma, del insulto elegante a inteligente.

Y de esa costumbre, ya cotidiana, ha surgido este libro, primero elaborado artesanalmente y ahora editado con inteligencia por la editorial Pepitas de calabaza, que recoge más de 300 insultos originales, que mueven a risa y despiertan simpatía. Un verdadero tesoro que pone en práctica aquello de injuriar con cariño. Valgan unos cuantos ejemplos para calibrar la calidad del material:

La ignorancia es el menor de tus defectos.

Eres como lo amarillo de la mahonesa.

Espera un momento, que me emborracho y luego te atiendo.

Eres lo peor que te ha pasado.

Ojalá te levantes a las cinco a coger olivas, trabajes sin descanso hasta las once y cuando abras el almuerzo sea tofu.


Felicitarte la Navidad no, pero una corona de espinas sí te ponía.

Eres una persona encantadora, pero te fallan dos cosas: el cuerpo y la personalidad.
 

En fin, un librito encantador, algo surrealista, que no debería faltar en ningún hogar, imprescindible en la oficina, la cátedra y al volante, una obra que os hará pasar un buen rato. Los autores ya están pensando en publicar un segundo tomo y también un piropario, para compensar.

José Antonio Ruiz Gracia y Ángel María Fenández Pascual, albañil y filólogo respectivamente, son de Arnedo (La Rioja), un pueblo precioso, y de la quinta del 73. Este es su primer libro en colaboración. 

Practican el arte del insulto como afición, y lo entienden como una variante del aforismo a medio camino entre la filosofía, la poesía y el costumbrismo. Siguen en ello, ya no pueden parar estos jornaleros del improperio, así que vale la pena seguirles en en entrevistas y reportajes..

https://www.larioja.com/comarcas/arnedo/insulto-forma-halago-20180225002200-ntvo.html
 Los autores,  Ángel María Fenández Pascual y José Antonio Ruiz Gracia (E. Pascual.)

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Las catorce características de los fascismos - Umberto Eco


Umberto Eco (Alessandria, 1932-2016), intelectual, novelista y filósofo italiano vivió en primera persona los efectos del fascismo italiano. En abril de 1995 impartió una conferencia titulada «El fascismo eterno» en un Congreso de Filología italiana y francesa en la Universidad Columbia, que luego se transformaría en un artículo publicado en «The New YorkReview of Books». En ella identificó catorce características del fascismo que nos pueden ayudar a identificar esa amenaza contra la libertad, frente a la banalización del término que a veces se usa con excesiva ligereza.     
              
Benito Mussolini


El fascismo eterno  

En 1942, con 10 años de edad gané el premio en los Ludi Juveniles (un concurso con libre participación obligatoria para jóvenes fascistas italianos, lo que equivale a decir, para todos los jóvenes italianos). Había trabajado con virtuosismo retórico sobre el tema: «¿Debemos morir por la gloria de Mussolini y por el destino inmortal de Italia?» Mi respuesta fue afirmativa. Yo era un muchacho despierto.

Después, en 1943, descubrí el significado de la palabra libertade. Voy a contar esa historia al final de mi discurso. En aquel momento «libertad» todavía no significaba «liberación».

Pasé dos de mis primeros años entre SS, fascistas y resistentes, que disparaban unos contra otros, y aprendí a esquivar las balas. No fue un mal ejercicio.

En  abril de 1945, la Resistencia tomó Milán. Dos días después los resistentes llegaron a la pequeña ciudad en la que yo vivía, Fue un momento de alegría. La plaza principal estaba llena de gente que cantaba y enarbolaba banderitas, invocando a Mimo, el líder de la resistencia en el área, por un altavoz. Mimo, exsuboficial de los carabineros, se involucró con los partidarios del mariscal Badoglio y  perdió una pierna en los primeros combates. Apareció en el balcón de la Municipalidad, apoyado en muletas, pálido; intentó calmar la multitud con una mano. Yo estaba allí, esperando su discurso, una vez que toda mi infancia había sido marcada por los grandes discursos históricos de Mussolini, cuyos pasajes más significativos aprendíamos de memoria en la escuela. Silencio. Mimo habló con voz ronca, casi no se le oía. Dijo: «Ciudadanos, amigos. Después de tantos sacrificios dolorosos… aquí estamos. Gloria a los que cayeron por la libertad» y eso fue todo. Volvió a entrar. La multitud gritaba, los miembros de la resistencia levantaron las armas y dispararon al aire, festivamente. Nosotros, muchachos, nos precipitamos para recoger los cartuchos, preciosos objetos de colección, pero yo había aprendido que libertad de palabra significa también libertad de retórica.

Algunos días después, vi los primeros soldados norteamericanos. Eran afroamericanos. El primer yanqui que encontré era un negro, Joseph, que me presentó las maravillas de Dick Tracy y Li’l Abner. Sus historietas eran coloridas y tenían un buen olor.

Uno de los oficiales (el mayor o capitán Muddy) era huésped en la casa de la familia de dos de mis compañeros de escuela. Yo me sentía en casa en aquel jardín en que algunos señores se amontonaban alrededor del capitán Muddy, hablando un francés aproximativo. El capitán Muddy tenía una buena educación y conocía un poco de francés. Así, mi primera imagen de los libertadores norteamericanos, después de tantos caras-pálidas de camisa negra, era la de un negro culto en uniforme caqui que decía: «Oui, merci beaucoup Madame, moi aussi j’aime le champagne…». Desgraciadamente, faltaba el champagne, pero obtuve del capitán Muddy mi primer chicle y empecé a masticar  el día entero. Por la noche, ponía el chicle en un vaso de agua para que estuviera fresco al día siguiente.

En mayo, oímos decir que la guerra había acabado. La paz me provocó una sensación curiosa. Me habían dicho que la guerra permanente era la condición normal de un joven italiano. En los meses siguientes descubrí que la Resistencia no era solamente un fenómeno local, sino europeo. Aprendí nuevas y excitantes palabras como «reseau», «armée secrète», «Rote Kapelle», «gueto de Varsóvia». Ví las primeras fotos del holocausto y así comprendí su significado aún antes de conocer la palabra. Percibí que habíamos sido liberados.

Si pensamos aún en los gobiernos totalitarios que dominaron Europa antes de la Segunda Guerra Mundial, podemos decir con tranquilidad que sería muy difícil que retornasen bajo la misma forma, en circunstancias históricas diversas.

Sin embargo, aunque los regímenes políticos puedan ser derrocados y las ideologías criticadas y destituidas de su legitimidad, detrás de un régimen y su ideología hay siempre un modo de pensar y de sentir, una serie de hábitos culturales, una nebulosa de instintos obscuros y de pulsiones insondables.

El fascismo fue seguramente una dictadura, pero no era completamente totalitario, no tanto por su blandura como por la debilidad filosófica de su ideología. Al contrario de lo que se piensa comúnmente, el fascismo italiano no tenía una filosofía propia. El artículo sobre el fascismo firmado por Mussolini para la Enciclopedia Treccani fue escrito o se inspiró fundamentalmente en Giovanni Gentile, pero reflejaba una noción hegeliana tardía del «Estado ético absoluto», que Mussolini nunca realizó completamente. Mussolini no tenía cualquier filosofía: tenía apenas una retórica.

El fascismo era un totalitarismo fuzzy (borroso). No era una ideología monolítica, sino un collage de diversas ideas políticas y filosóficas, una colmena de contradicciones. ¿Es posible concebir un movimiento totalitario que logre aunar monarquía y revolución, ejército real y milicia personal de Mussolini, los privilegios concedidos a la Iglesia y una educación estatal que exaltaba la violencia y el libre mercado?

Gramsci fue mantenido en prisión hasta su muerte, Matteotti y los hermanos Rosselli fueron asesinados, la libertad de prensa suspendida, los sindicatos desmantelados, los disidentes políticos confinados en islas remotas, el poder legislativo se volvió pura ficción y del ejecutivo (que controlaba al judicial, así como los medios) emanaban directamente las nuevas leyes, entre las cuales la de defensa de la raza (apoyo formal italiano al Holocausto).

La imagen incoherente que he descrito no era debida a la tolerancia; era un ejemplo de descoyuntamiento político e ideológico. Pero era un «descoyuntamiento ordenado», una confusión estructurada. El fascismo no tenía bases filosóficas, pero desde el punto de vista emocional estaba firmemente articulado en torno a algunos arquetipos.

El término «fascismo» se adapta a todo porque es posible eliminar de un régimen fascista uno o más aspectos y continuará siempre siendo reconocido como fascista. Si le quitan al fascismo el imperialismo y tendremos a Franco o Salazar; quiten el colonialismo y tendremos el fascismo balcánico. Agreguen al fascismo italiano un anticapitalismo radical (que nunca fascinó Mussolini) y tendremos Ezra Pound. Agreguen el culto a la mitología céltica y el misticismo del Graal (completamente ajeno al fascismo oficial) y tendremos uno de los más respetados gurús fascistas, Julios Evola.

A pesar de esa confusión, considero posible indicar un conjunto de características típicas de aquello que me gustaría llamar «Ur-fascismo» o «fascismo eterno». Tales características no pueden encontrarse en un único sistema; varias se contradicen entre sí y son típicas de otras formas de despotismo o fanatismo. Pero es suficiente que una de ellas se presente para hacer que se forme una nebulosa fascista.

1. El culto a la tradición

El tradicionalismo es más viejo que el fascismo. No sólo fue típico del pensamiento contra reformista católico después de la Revolución Francesa, sino que nació en el final de la edad helenística como una reacción al racionalismo griego clásico.

Como consecuencia, no puede existir avance del saber. La verdad ya fue anunciada definitivamente y solamente podemos seguir interpretando su obscuro mensaje. Es suficiente observar el ideario de cualquier movimiento fascista para encontrar a os principales pensadores tradicionalistas. La gnosis nazi fue alimentada por elementos tradicionalistas, sincretistas y ocultos..

2. El rechazo a lo moderno

Tanto los fascistas como los nazis adoraban la tecnología, mientras los tradicionalistas en general rechazan la tecnología como negación de los valores espirituales tradicionales. Con todo, aunque el nazismo sintiera orgullo de sus éxitos industriales, su elogio de la modernidad era tan sólo el aspecto superficial de una ideología basada en «la sangre» y «la tierra» (blut und boden). El rechazo del mundo moderno era camuflado como condena del modo de vida capitalista, pero se refería principalmente al rechazo al espíritu de 1789 (o 1776, obviamente). La ilustración, la edad de la razón eran vistos como el inicio de la depravación moderna. En ese sentido, el fascismo se puede definir como un irracionalismo.

3. El culto de la acción por acción

La acción es hermosa en sí misma, por lo tanto, debe realizarse antes de y sin cualquier reflexión. Pensar es una forma de castración. Por eso, la cultura es sospechosa en la medida en que es identificada con actitudes críticas. De la declaración atribuida a Goebbels («Cuando oigo hablar en cultura, cojo en seguida la pistola») al uso frecuente de expresiones como «cerdos intelectuales», «cabezas huecas», «esnobs radicales», «las universidades son un nido de comunistas», la sospecha del mundo intelectual siempre ha sido un síntoma de fascismo. Los intelectuales fascistas oficiales estaban empeñados principalmente en acusar a la cultura moderna y a la inteligencia liberal de abandono de los valores tradicionales.

4. El desacuerdo es traición

El espíritu crítico introduce distinciones y distinguir es una señal de modernidad. En la cultura moderna, la comunidad científica percibe el desacuerdo como instrumento de avance de los conocimientos. Para el fascismo, el desacuerdo es traición.

5. Miedo a lo diferente

El desacuerdo es, además, una señal de diversidad. El fascismo fomenta y busca el consenso disfrutando y exacerbando el miedo natural a la diferencia. El primer llamamiento de un movimiento fascista o que se está volviendo fascista es contra los intrusos. El fascismo es, por lo tanto, racista por definición.

6. Apelación a la frustración social

El fascismo proviene de la frustración individual o social. Lo que explica por qué una de las características de los fascismos históricos ha sido apelar a las clases medias frustradas, desvalorizadas por alguna crisis económica o humillación política, asustadas por la presión de los grupos sociales inferiores. En nuestro tiempo, en que los viejos «proletarios» se están transformando en pequeña burguesía (y el lumpen se autoexcluye de la escena política), el fascismo encontrará en esa nueva mayoría su público.

7. La obsesión con una conspiración

Para los que se ven privados de cualquier identidad social, el fascismo dice que su único privilegio es el más común de todos: haber nacido en un mismo país. Ese es el origen del nacionalismo. Además, los únicos que pueden proveer una identidad a las naciones son los enemigos. Así, en la raíz de la psicología fascista está la obsesión por la conspiración, posiblemente internacional. Los seguidores tienen que sentirse sitiados. El modo más fácil de hacer emerger un complot es hacer una llamada a la xenofobia. Pero la conspiración tiene que venir también del interior: los judíos son, en general, el mejor objetivo porque ofrecen la ventaja de estar, al mismo tiempo, dentro y fuera. En Estados Unidos, el último ejemplo de obsesión por el complot fue el libro «The New World Order» de Pat Robertson.

8. La humillación por la riqueza y la fuerza de los enemigos

Los adeptos deben sentirse humillados por la riqueza ostensiva y por la fuerza del enemigo. Cuando yo era niño me enseñaban que los ingleses eran el «pueblo de las cinco comidas»: comían más frecuentemente que los italianos, pobres pero sobrios. Los judíos son ricos y se ayudan unos a los otros gracias a una red secreta de mutua asistencia. Con todo, los adeptos deben estar convencidos de que pueden derrotar al enemigo. Así, gracias a un continuo dislocamiento de registro histórico, los enemigos son, a la vez, demasiado fuertes y demasiado débiles. Los fascismos están condenados a perder sus guerras, pues son constitutivamente incapaces de evaluar con objetividad la fuerza del enemigo.

9. El pacifismo es aliarse con el enemigo

Para el fascismo no hay lucha por vida, sino vida para la lucha. Luego, el pacifismo es connivencia con el enemigo; el pacifismo es malo porque la vida es una guerra permanente. Sin embargo, eso trae con ello un complejo de Armagedón: a partir del momento en que los enemigos pueden y deben ser derrotados, tiene que haber una batalla final y, seguidamente, el movimiento asumirá el control del mundo. Una solución final similar implica una sucesiva era de paz, una edad de oro que se opondría al principio de la guerra permanente. Ningún líder fascista logró resolver esa contradicción.

10. Desprecio de los débiles

El elitismo es un aspecto típico de cualquiera ideología reaccionaria, en cuanto fundamentalmente aristocrática. En el decurso de la historia, todos los elitismos aristocráticos y militaristas han implicado el desprecio de los débiles. El fascismo no puede dejar de predicar un «elitismo popular». Todos los ciudadanos pertenecen al mejor pueblo del mundo, los miembros del partidos son los mejores ciudadanos, todo ciudadano puede (o debe) volverse miembro del partido.

11. Todo el mundo es educado para convertirse en un héroe.

Se educa a cada persona para que se convierta en un héroe. En cualquier mitología, el héroe es un ser excepcional, pero en la ideología fascista el heroísmo es la norma. Ese culto al heroísmo está estrechamente ligado con el culto de la muerte: ¿acaso el lema de los falangistas no era ¡Viva la muerte!? A la gente normal se le dice que la muerte es desagradable, pero es preciso afrontarla con dignidad; a los creyentes, se les dice que es un modo doloroso de alcanzar la felicidad sobrenatural. El héroe fascista, por el contrario, aspira a la muerte, anunciada como recompensa por una vida heroica. El héroe fascista espera impacientemente la muerte. Y su impaciencia, hay que resaltar, logra en la mayor parte de las ocasiones llevar a otros hasta la muerte.

12. Machismo y armamento

Como tanto la guerra permanente como el heroísmo son juegos difíciles de jugar, el fascista transfiere su voluntad de poder a cuestiones sexuales. Ese es el origen del machismo (que implica desdén por las mujeres y una condenación intolerante de hábitos sexuales no conformistas, de la castidad a la homosexualidad). Como el sexo también es un juego difícil de jugar, el héroe fascista juega con las armas, que son su sucedáneo fálico: sus juegos de guerra son debidos a una envidia del pene permanente.

13. El populismo cualitativo

El fascismo se basa en un «populismo cualitativo». En una democracia, los ciudadanos tienen derechos individuales, pero el conjunto de los ciudadanos solamente es dotado de impacto político desde el punto de vista cuantitativo (las decisiones de la mayoría son acatadas). Para el fascismo los individuos en cuanto individuos no tienen derechos y «el pueblo» es concebido como una calidad, una entidad monolítica que expresa «la voluntad común». Como cualquier cantidad de seres humanos puede tener una voluntad común, el líder se presenta como su intérprete. Habiendo perdido su poder de delegar, los ciudadanos no actúan, son llamados apenas como parte del todo, para asumir el papel de pueblo. El pueblo es, así, solamente una ficción teatral. Para tener un buen ejemplo de populismo cualitativo, no necesitamos más que la Piazza Venezia o el estadio de Nuremberg.

En nuestro futuro se dibuja un populismo cualitativo de la mano de la televisión e internet, en el cual la respuesta emocional de un grupo seleccionado de ciudadanos puede ser presentada y aceptada como la «voz del pueblo». En virtud de su populismo cualitativo, el fascismo debe oponerse a los «pútridos» gobiernos parlamentarios. Una de las primeras frases pronunciadas por Mussolini en el parlamento italiano fue: «Yo podría haber transformado esta asamblea sorda y gris en un campamento para mis regimientos». De hecho, luego, encontró un alojamiento mejor para sus regimientos y poco después liquidó el parlamento. Cada vez que un político pone en duda la legitimidad del parlamento por no representar ya la «voz del pueblo», se puede sentir el olor del fascismo.

14. El fascismo habla en una neolengua

La idea de neolengua fue inventada por Orwell en 1984, como lengua oficial del Ingsoc, el Socialismo Inglés, pero ciertos elementos del fascismo son comunes a diversas formas de dictadura. Todos los textos escolares nazis o fascistas eran de un léxico pobre y una sintaxis elemental, con el fin de limitar los instrumentos para un razonamiento complejo y crítico. Debemos, sin embargo, estar preparados para identificar otras formas de neolengua, aún cuando tomen la forma inocente de un talk-show popular.


Publicado por Antonio F. Rodríguez.