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domingo, 26 de enero de 2020

Teoría de los naufragios - Almudena Grandes

https://elcultural.com/almudena-grandes-espana-es-una-democracia-fundada-en-el-aire

Almudena Grandes (Madrid, 1960), autora de trece novelas, dos libros de relatos y multitud de piezas varias, fué investida doctora honoris causa por la UNED (Universidad Nacional de Educación a Distancia) el pasado jueves, día 23 de enero. En la ceremonia, leyó este interesante y metafórico discurso, que se puede titular:


Una indagación muy personal sobre el proceso creativo de los novelistas, solitario y aislado como pocos, que evoca a Don Miguel, Don Miguel de Cervantes, claro, y a la Odisea. La conclusión es que el escritor es un náufrago y escribir una novela es inventarse una isla desierta. Lean, lean y verán.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 19 de enero de 2020

El estoicismo: una filosofía de vida - Massimo Pigliucci


Massimo Pigliucci (Monrovia, 1964), un filósofo nacido en la capital de Liberia, criado en Roma y que es profesor e la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY), explica en esta apasionante charla qué es el estoicismo y en qué ideas se basa.

Es una introducción buenísima, pero como dura 55 minutos y a lo mejor os da pereza verla, os voy a poner las cosas fáciles. Aquí hay un resumen de 7 minutos que también me parece excelente.


El estoicismo, la filosofía milenaria que te ayuda a vivir mejor hoy, aquí y ahora. Que aproveche.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 6 de octubre de 2019

Venceréis, pero no convenceréis - Unamuno

Karra Elejalde en el papel de Miguel de Unamuno (Mientras dure la guerra, 2019)

Aula Magna de la Universidad de Salamanca, 12 de octubre de 1936. Coincidiendo con el inicio del curso, se celebra el llamado Día de la Raza (hoy Día de la Hispanidad), en un acto muy especial, retransmitido po radio, al que asistían Carmen Polo, mujer de Franco, José MIllán-Astray, el fundador de la Legión, y Miguel de Unamuno, rector de la universidad y uno de los escritores más respetados entonces.

El 18 de julio de ese mismo año había estallado la insurrección militar contra la Segunda República que marcó el inicio de la Guerra Civil de España. Unamuno, que había apoyado el golpe de estado en un principio, estaba entonces completamente en desacuerdo con el desarrollo de los acontecimientos y protagonizó un enfrentamiento mítico con MIllán-Astray.

Miguel de Unamuno y José MIllán-Astray

A pesar de que había cientos de testigos, como suele ocurrir en estos casos, las versiones no coinciden exactamente y del discurso de Unamuno solo se conservan las notas previas, apresuradas y casi ilegibles, que escribió en el programa. Estos días se proyecta una película muy recomendable sobre el tema, «Mientras dure la guerra», dirigida por Alejandro Amenábar. No sigáis leyendo si  váis a ir a verla y no queréis que os la destripe. Porque a continuación viene la transcripción del historiador Núñez Florencio de aquella famosa intervención de Don Miguel, no se sabe si completamente fiel a la realidad, pero sí muy similar y ajustada a las ideas que sostenía.
                           
«Ya sé que estáis esperando mis palabras, porque me conocéis bien y sabéis que no soy capaz de permanecer en silencio ante lo que se está diciendo. Callar, a veces, significa asentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Había dicho que no quería hablar, porque me conozco. Pero se me ha tirado de la lengua y debo hacerlo. Se ha hablado aquí de una guerra internacional en defensa de la civilización cristiana. Yo mismo lo he hecho otras veces. Pero ésta, la nuestra, es sólo una guerra incivil. Nací arrullado por una guerra civil y sé lo que digo. Vencer es convencer, y hay que convencer sobre todo. Pero no puede convencer el odio que no deja lugar a la compasión, ese odio a la inteligencia, que es crítica y diferenciadora, inquisitiva (mas no de inquisición). Se ha hablado de catalanes y vascos, llamándoles la antiespaña. Pues bien, por la misma razón ellos pueden decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo [Plá y Deniel], catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer. Y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis. Ese sí es mi Imperio, el de la lengua española y no...

- ¡Mueran los intelectuales! ¡Viva la muerte! (Millán-Astray)

»Acabo de oír el grito de ¡viva la muerte! Esto suena lo mismo que ¡muera la vida! Y yo, que me he pasado toda mi vida creando paradojas que enojaban a los que no las comprendían, he de deciros como autoridad en la materia que esa paradoja me parece ridícula y repelente. De forma excesiva y tortuosa ha sido proclamada en homenaje al último orador, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. El general Millán-Astray es un inválido de guerra. No es preciso decirlo en un tono más bajo. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no se tocan ni nos sirven de norma. Por desgracia hoy tenemos demasiados inválidos en España y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Millán-Astray pueda dictar las normas de psicología a las masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes se sentirá aliviado al ver cómo aumentan los mutilados a su alrededor. El general Millán-Astray no es un espíritu selecto: quiere crear una España nueva, a su propia imagen. Por ello lo que desea es ver una España mutilada, como ha dado a entender.

»Este es el templo del intelecto y yo soy su supremo sacerdote. Vosotros estáis profanando su recinto sagrado. Diga lo que diga el proverbio, yo siempre he sido profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha, razón y derecho. Me parece inútil pediros que penséis en España».
               
Miguel de Unamuno a la salida del acto del 12 de octubre de 1936

Lo que pasó después es de todos conocido. Unamuno, de setenta y un años, estuvo a punto de ser linchado allí mismo, le salvó Doña Carmen Polo sacándole del brazo y el filósofo permaneció en arresto domiciliario hasta que murió de un ataque al corazón unos meses después.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 28 de abril de 2019

Ida Vitale, Premio Cervantes

https://es.wikipedia.org/wiki/Ida_Vitale

Ida Vitale (Montevideo, 1923) es esa viejecita alegre, vital, siempresonriente y joven, que lleva toda una vida escribiendo poesías. Poseedora de un lenguaje rico y poderoso, que hunde sus raíces en el modernismo, pertenece a la llamada Generación del 45 y ha recibido multitud de premios, el último, el Premio Cervantes 2019.

Vale la pena leer su discurso en la ceremonia de entrega del galardón:


Publicado por Antonio F. Rodríguez.

sábado, 20 de abril de 2019

Sabina y el sentido de las palabras


Comprenderán ustedes, que entre tanto poeta y erudito, me siento un poco impostor. Pero siempre me ha gustado sentirme impostor. Asistir a fiestas a las que se supone que no tendría que ser invitado.

No estoy en absoluto dotado para la teoría ni para la erudición, aunque con el auge de los pequeños nacionalismos que por desgracia estamos sufriendo en el mundo, yo me considero de una patria mucho más grande, que es mi lengua, la lengua española.

Creo que es un milagro que ustedes se hayan reunido hoy para oír poesías y oír palabras. Palabras que llenan de magia, porque la misma lengua que sirve para pelearse con alguien en algún bar o para cualquier cosa, sirve para darles una gotita de magia.

Así que como no teorizaré, leeré un trocito de prosa que explica un poco, y un par de poemas.

A los catorce, parece que fue ayer, el rey Melchor se lo hizo bien conmigo y me trajo, por fin, una guitarra. Aquel adolescente ensimismado que era yo, con granos y complejos, en lugar de empollar física y química, mataba las horas rimando, en un cuaderno a rayas, versos llenos de odio contra el mundo y los espejos.

El mundo, lejos de sentirse aludido, seguía girando, que es lo suyo, desdeñoso, sin importarle un carajo mi existencia. Y los espejos, cabrones, en vez de consolarme con mentiras más o menos piadosas, me sostenían cruelmente la mirada. Vivía en un sitio que se llamaba Úbeda.

Algunas noches, mientras mis padres dormían, me daban las diez y las once y las doce y la una practicando con sordina, en mi flamante guitarra, los acordes de Blanca y radiante va la novia, o iniciándome en el furtivo y noble arte de la masturbación.

O suspirando por mi vecina, una rubia de bote que suspiraba por un idiota moreno que tenía una bici de carreras y jugaba al baloncesto. Sólo se me ocurrían tres maneras de atraer su atención: triunfar en el toreo, atracar un banco o suicidarme. Lo malo es que las tres exigían una sobredosis de valor que yo -¡ay de mí!- no poseía.

Yo poseía mi cuaderno a rayas cada vez más lleno de ripios contra el mundo, mi guitarra, cada vez más desafinada… Y un plano del paraíso, que resultó ser falso. Y la vida, previsible y anodina, como una tarde de lluvia en blanco y negro.

Pero en la pantalla del Ideal Cinema, cuando no daban una de romanos, el viento golfo de Manhattan le subía la falda a Marilyn y era domingo, y no había clase, y los niños de provincias soñábamos despiertos y en technicolor con pájaros que volaban y se comían el mundo.

Y el mundo que quería comerse los pájaros que anidaban en mi cabeza, pongamos que se llamaba Madrid. Así que un día me subí, sin billete de vuelta, al vagón de tercera de uno de aquellos sucios trenes que iban hacia el Norte, me apeé en la estación de Atocha y aprendí que las malas compañías no son tan malas y que se puede crecer al revés de los adultos; y supe, al fin, a qué saben los aplausos y los besos y el alcohol y la resaca y el humo y la ceniza, y lo que queda después de los aplausos y los besos y el alcohol y la resaca y el humo y la ceniza.

Tal vez por eso mis canciones quieren ser un mapamundi del deseo, un inventario de la duda, siete crisantemos con espinas. Y cuando las cartas vienen malas y amenaza tormenta y los dioses se ponen intratables y los hoteles no son dulces y todas las calles se llaman Melancolía, todavía fantaseo con debutar sin picadores o con desvalijar sucursales de Banesto o con probar mi suerte a la ruleta rusa, pero ahora, en lugar de tirarme en Las Ventas de espontáneo, o de escribirle una carta póstuma a Garzón, o de ahorrar para una Smith & Wesson del Especial, escribo en technicolor la canción de las noches perdidas, para vengarme de tantas tardes de lluvia en blanco y negro, de tantos hombres de traje gris, de tantas rubias de bote que se van con idiotas morenos que juegan al baloncesto, de tantas bocas adorables que nunca fueron mías, que nunca serán mías.

Aquellos granos trajeron estas cicatrices y aquellos Mihuras que nunca toreé me cosieron a cornadas el alma. Pero no me quejo; tengo amigos y memoria y risas y trenes y bares y una salud de hierro y un puñado de canciones recién salidas del horno que me tienen (dejadme que os lo cuente) orgulloso como un padre primerizo que babea.

Y, de cuando en cuando, una rubia de bote me tira un beso, desde el público, aprovechando un despiste de su novio; ese idiota moreno que juega al baloncesto. Lo peor del amor, cuando termina, son las habitaciones ventiladas, el puré de reproches con sardinas, las golondrinas muertas en la almohada.

Lo malo del después son los despojo que embalsaman el humo de los sueños. Los teléfonos que hablan con los ojos. El sístole sin diástole ni dueño. Lo más ingrato es encalar la casa, remendar las virtudes veneales, condenar a la hoguera los archivos. Lo atroz de la pasión es cuando pasa. Cuando al punto final de los finales, no les quedan dos puntos suspensivos.

Mi amigo Javier Krahe decía que la superioridad de la canción sobre el teatro era que en el teatro la gente aplaudía después de dos horas y en la canción cada tres minutos. El moño, las pestañas, las pupilas, el peroné, la tibia, las narices, la frente, los tobillos, las axilas, el menisco, la aorta, las varices.

La garganta, los párpados, las cejas, las plantas de los pies, la comisura, los cabellos, el coxis, las orejas, los nervios, la matriz, la dentadura. Las encías, las nalgas, los tendones, la rabadilla, el vientre, las costillas, los húmeros, el pubis, los talones. La clavícula, el cráneo, la papada, el clítoris, el alma, las cosquillas Esa es mi patria, alrededor no hay nada.

– –
Este ya no camufla un hasta luego, esta manga no esconde un quinto as.

Este precinto no juega con fuego, este ciego no mira para atrás.

Este notario avala lo que escribo, estas vísperas son del que se fue.

Ahórrate el acuse de recibo, esta letra no la protestaré.  
A este escándalo huérfano de padre, no voy a consentirle que taladre un corazón falto de ajonjolí.

Este pez ya no muere por tu boca, este loco se va con otra loca. Este masoca no llora más por tí.
– –
Yo tenía un botón sin ojal, un gusano de seda, medio par de zapatos de clown y un alma en almoneda.

Una hispano olivetti con caries, un tren con retraso, un carné del Atleti, una cara de culo de vaso.

Un colegio de pago, un compás, una mesa camilla, una nuez, o bocado de Adán, menos una costilla.

Una bici diabética, un cúmulo, un cirro, un strato, un camello del rey Baltasar, 
una gata sin gato.

Mi Annie Hall, mi Gioconda,
mi Wendy, las damas primero, mi Cantinflas, mi Bola de Nieve, mis tres Mosqueteros.

Mi Tintín, mi yo-yo, mi azulete, mi siete de copas, el zaguán donde te desnudé sin quitarte la ropa.
Mi escondite,
mi clave de sol, mi reloj de pulsera, una lampara de Alí Babá dentro de una chistera.

No sabía que la primavera duraba un segundo, yo quería escribir la canción más hermosa del mundo.
Les presento a mi abuelo bastardo, a mi esposa soltera,
al padrino que me apadrinó en la legión extranjera.

A mi hermano gemelo, patrón de la merca ambulante, a Simbad el marino que tuvo un sobrino cantante.

Al putón de mi prima Carlota y su perro salchicha, a mi chupa de cota de mallas contra la desdicha.

Mariposas que cazan en sueños los niños con granos cuando sueñan que abrazan a Venus de Milo sin manos.

Me libré de los tontos por ciento, del cuento del ‘bisnes’, dando clases en una academia de cantos de cisne.

Con Simón de Cirene  hice un tour por el monte Calvario, ¿qué harías tú si Adelita se fuera con un comisario?
Frente al cabo de poca esperanza arrié mi bandera, si me pierdo de vista esperadme en la lista de espera, heredé una botella de ron de un clochard moribundo, olvidé la lección a la vuelta de un coma profundo.

Nunca pude cantar de un tirón la canción de las babas del mar, del relámpago en vena, de las lágrimas para llorar cuando valga la pena.

De la página encinta en el vientre de un bloc trotamundos, de la gota de tinta en el himno de los iracundos.

Yo quería escribir la canción más hermosa del mundo.


Si queréis saber dónde, cuándo, cómo y por qué Joaquín Sabina (Úbeda, 1949) leyó ese trozo de prosa y esos versos, lo mejor es que leáis esta crónica de mi amigo José María Ciampagna, más conocido como El profe José. Él estuvo allí y lo cuenta mucho mejor que yo.


Publicado por Antonio F. Rodríguez.